Tras las huellas de Sor San José, la dominica mártir de Huéscar

El Monasterio de las Madres Dominicas de Baza ha celebrado este domingo 6 de noviembre, por primera vez, a su nueva beata Sor Ascensión de San José, que fue beatificada el pasado mes de junio, en Sevilla. Sor Ascensión de San José era religiosa dominica del convento de Huéscar y fue martirizada en los inicios de la Guerra Civil. La beatificación tuvo lugar el sábado 18 de junio, en la Catedral de Sevilla, junto a otros 26 dominicos más. La beata Ascensión de San José era la única mujer del grupo.

La fiesta litúrgica de esta mártir beata es el 6 de noviembre y hoy habrá sido para las religiosas de Baza, pero también para la ciudad y para Huéscar, un día de acción de gracias por su beatificación y de intercesión a la nueva beata, que se venera de manera especial en el Monasterio de la Santísima Trinidad, de Baza, donde están sus restos.

Ofrecemos aquí una semblanza de la vida de Sor Ascensión de San José, escrita por José Gabriel Concepción y que fue publicado recientemente en la revista de Cáritas Interparroquial de Baza:

TRAS LAS HUELLAS DE SOR SAN JOSÉ, LA DOMINICA MÁRTIR DE HUÉSCAR

En la capilla del convento de Baza hay una urna con sus restos, para la veneración de los fieles

 

Las religiosas dominicas de Baza están felices, pues una hermana dominica, como ellas, está ya en los altares. Se llama Sor Ascensión de San José, aunque es más conocida como “Sor San José”. Murió mártir en Huéscar, cuando estaba a punto de cumplir 76 años. Sus

restos reposan ya en la capilla del convento de la Santísima Trinidad de Baza. Están una bellísima urna-relicario de plata, realizada por orfebres de Sevilla, la ciudad donde fue beatificada el pasado 18 de junio. Muy cerca del altar, donde está el Señor sacramentado,

que fue durante toda su vida su consuelo y su fortaleza.

Es un inmenso regalo del Cielo tener en Baza estas sagradas reliquias. Es un don y una fuerte llamada a la conversión. A “Sor San José” la tenemos ya de intercesora en el Cielo y acogerá sin duda nuestras peticiones, penas y dolores. Acudamos a esta humilde hija de

Santo Domingo. Más de mil quinientas estampas han repartido ya las monjas dominicas por medio mundo, desde México hasta Polonia. Nosotros hemos querido realizar un recorrido por los lugares donde vivió y murió esta santa religiosa, recogiendo sus palabras

que estas hijas de Santo Domingo guardan como un tesoro.

 

MI ESPOSO ES CRISTO CRUCIFICADO

Sor San José nació en Huéscar el 9 de mayo de 1861 en la cueva-cortijo de sus padres. Penúltima de una familia de ocho hijos. Fue Bautizada tres días después de su nacimiento. El 11 de noviembre fue confirmada. Profesó el 10 de octubre de 1885, con 24 años, en el

Convento de la Madre de Dios de Huéscar, en la actualidad, cerrado. Antes de hacer su Profesión solemne, alguno de sus pretendientes se atrevió a presentarse en el convento para hacer una última tentativa, engañando a la tornera, pues se hizo pasar por un familiar

de Sor San José. Tan pronto como ella salió al locutorio y le reconoció, descubrió el engaño. Con gran entereza volvió a rechazarle con estas palabras. “No quiero nada de la tierra, ni más amor ni más esposo que a Jesucristo Crucificado. Por tanto, márchate de

aquí”. El Cielo escuchó aquellas palabras. Siempre lo hace. Y fue hasta el final Esposa de Cristo Crucificado. Primero, en el silencio y en la oscuridad, haciendo suya esa vida oculta del hogar de Nazaret.

Así, en el día a día, en las tareas ordinarias y también en las más ingratas fue encontrándose con el Señor, que fue preparando su alma, como hace el mejor jardinero en el más hermoso jardín. Dios mismo quiso probarla también con una cruel enfermedad, Su cuerpo llegaba a ser una llaga viva desde los pies a la cabeza, No podía ni echarse. Era un suplicio ponerse la túnica. Todo los soportaba con paciencia y amor. Como los escrúpulos que también atormentaron sin consuelo su alma delicada con las cosas santas. Fue avanzando así en esa escuela de la Cruz., Así pasaron los días como las cuentas de un Rosario, que ella rezaba con tanta devoción. El momento de la prueba llegó al cumplir 51 años de vida religiosa.

 

LA ACEPTACIÓN DEL MARTIRIO

En la última quincena del mes de julio del año 36 la comunidad de 14 religiosas realizó unos Ejercicios Espirituales, predicados por el padre José del Cerro. España vivía unos momentos de división y suma violencia, que presagiaban la Guerra Civil. Las monjas comprendieron que su convento podía convertirse en una cárcel, tal vez, en su tumba, si las turbas lo asaltaban. Lo dispusieron todo para una posible salida, buscando refugio entre las familias amigas, que acogiéndolas no tenían miedo de exponer así sus vidas.

“Nos hicimos trajes seglares para que pudiéramos pasar desapercibidas…Influidas por este ambiente de malestar- aseguraban- solíamos hablar muchas veces de lo que podía pasar, y en más de una ocasión, llegamos a pensar e incluso a hablar de algún posible martirio”. En esas conversaciones francas intervino Sor San José “Dios mío, si a mí me matan, que sea de un tiro y por detrás, que yo no me dé cuenta”. Sus hermanas preguntaron por qué quería morir así. “Porque tengo miedo de no ser lo suficientemente valiente para sufrir el martirio cara a cara y faltándome la fe, fuera capaz de renegar”. Así era Sor San José, tan humilde que no se veía merecedora de la gracia del martirio. Dios tenía otros planes.

 

TOCANDO EL CIELO

En aquellos momentos inciertos, al comienzo de la guerra civil, las religiosas tomaron una decisión heroica, consumir las sagradas formas y evitar así que fueran arrojadas al suelo y pisoteadas, como ocurrió en la Iglesia Mayor de Huéscar. Sabían que esa comunión podía costarles la vida. Por todas partes iban grupos armados, sin ninguna autoridad que los contuvieran. Sus blasfemias y amenazas contra las monjas debían llegar hasta el más apartado rincón del convento. Las llamaban unas “brujas muy malas”, a las que pensaban matar. Nos sobrecoge esa última comunión, que llegó a las dos o tres de la madrugada. Las religiosas, ya con ropas seglares, se encontraban de rodillas ante el altar. Siguiendo las instrucciones del padre José del Cerro, la priora abrió el sagrario. Todas temblaban y lloraban. Se fueron pasando el copón unas a otras. Con la lengua fueron tomando las sagradas formas hasta consumirlas. Aceptaban la voluntad de Dios. Que las protegió en todo momento. De las bombas de la aviación y del infierno desatado en Huéscar. Y por último, gracias a un miliciano, al que llamaron su ángel protector, pudieron salir del convento antes de que fuera asaltado por las turbas. El 4 de agosto de 1936 encontraron refugio en la casa de Laureano Díaz Morenilla, hermano de “Sor Inés”. Un día después las 14 monjas se fueron repartiendo por casas de familiares y conocidos. Sor San José fue acogida por una sobrina, llamada Ascensión Reche, esposa de Alfredo Motos, en una casa que todavía existe en la calle Ángel. 

 

DETENIDA POR LLEVAR UNA CRUZ

La persecución se recrudeció en Huéscar a principios de febrero de 1937, coincidiendo con la llegada de una columna de milicianos, que impusieron un estado de terror. Detenciones indiscriminadas. Registros arbitrarios y destrucción de todos los símbolos religiosos que encontraban. Sor San José estaba entre los detenidos. Le delató una cruz que siempre llevaba al cuello. Pese a sus ropas seglares, su forma de andar también revelaba su condición de religiosa, acostumbrada al hábito durante toda su vida. Fue conducida como un peligroso delincuente al calabozo, un cuartucho lóbrego en los bajos del Ayuntamiento. Antes de llegar a ese lugar, “Sor San José” vio por última vez la imponente iglesia de Santa María la Mayor de Huéscar. Fue su último consuelo ante el suplicio que le esperaba. Era el día 15 de febrero de 1937, por la tarde.

 

LA ROMPIERON TODOS LOS HUESOS

Sor San José se encontraba sola ante una jauría de hombres, que solo quería que blasfemara. Su determinación les encorajinó aún más, sobre todo, porque estaban ante una anciana de 76 años.” Si no renuncias a tu dios te mataremos”. “Jamás diré una blasfemia”, repetía Sor San José, que no dejaba de repetir sus jaculatorias más queridas, “Alabado sea el Santísimo Sacramento” o “Viva Cristo Rey”. Al ver sus captores que no podían doblegarla, la golpearon una y otra vez. No contentos con eso la arrojaban una y otra vez contra la pared del calabozo, rompiéndole brazos y piernas. A “Sor San José” no conseguían que cediera, pues le asistía la gracia de Dios. Finalmente, le cortaron los pechos y hasta introdujeron pedazos de su propia carne en la boca, en un remedo sacrílego de la comunión.

 

ENTREGA SU VIDA AL SEÑOR

Al amanecer del día 16, Sor San José fue conducida al cementerio de Huéscar, junto con otros presos. Como un fardo fue arrojada a la plataforma de un camión. No podía tenerse en pie. El traslado al cementerio fue otra tortura. Sabía que pronto llegaría el final. Volvieron las amenazas de muerte. Al ver la determinación de Sor San José, sus verdugos idearon un último tormento. Ver cómo fusilaban una a uno a todos los detenidos; el último su sobrino Florentino. Cuando terminaron, volvieron sobre San José. Murió gritando un sobrecogedor “Viva Cristo Rey”, mientras perdonaba con gestos inequívocos a sus verdugos, que acabaron aplastándole la cabeza con una gran piedra “por testaruda”. No lograron que renegara de su fe. Solo “Sor San José” murió, salvándose milagrosamente la priora y otras 12 hermanas

 

SON YA MÁS DE DOS MIL MÁRTIRES

Sor San José forma parte de una lista de 2.096 mártires, reconocidos por la Iglesia. Un caso singular y único en la historia de la Iglesia, pues estos testimonios martiriales ocurrieron en apenas cinco años, desde el año 1934, la Revolución de Asturias, y el final de la Guerra Civil. Hay laicos, religiosos, sacerdotes y hasta obispos, como Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix. Todos murieron perdonando a sus verdugos, como recordó el Papa un día después de la beatificación de Sor San José y otros 26 miembros de la Orden de Santo Domingo. Su fiesta será el día 6 noviembre, que está dedicada a todos los mártires del siglo XX.

“Todos asesinados por odio a la fe en la persecución religiosa que ocurrió en España en el contexto de la guerra civil del siglo pasado. Su testimonio de adhesión a Cristo y el perdón para sus asesinos nos muestran el camino de la santidad y nos animan a hacer de la vida una ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Un aplauso a los nuevos beatos”

(Ángelus del día 19 de junio de 2022)

Un aplauso que habrá llegado sin duda hasta el Cielo.