Solemnidad de la Ascensión del Señor. Ciclo B. 16 de mayo de 2021

Este final del Evangelio de Marcos no formaba parte de la obra primitiva, sino que es un añadido del siglo segundo, aceptado por la Iglesia como canónico y de inspiración divina, cerrando así la vida terrenal de Jesús.

En este relato nos encontramos con lo que se consideraría la última aparición del Resucitado, que reprocha a los Once su falta de fe y de confianza en los testimonios de quienes les anunciaron que había resucitado, lo cual denota la falta de preparación y de madurez por parte de estos discípulos para recibir una misión de tanta responsabilidad: el anuncio del Evangelio a toda la humanidad, con la intención de ofrecer la salvación a quienes quieran acogerla. Y unido al envío o misión, tenemos la ascensión del Señor al cielo. Antes de marcharse, Jesús deja el encargo a los suyos, a pesar de dar signos de que no son los mejores para continuar la misión comenzada por él.

Hoy el Señor nos pide mirar al cielo, tener y cuidar como creyentes nuestra dimensión espiritual, pero nos invita a no vivir lo espiritual como una evasión del mundo, un aislamiento personal o vivir de forma pasiva como cristianos, sino que nos envía a implicarnos de manera activa en nuestra sociedad y en nuestro tiempo, en sus problemas y desafíos, para que seamos nosotros los que hagamos llegar a los demás los valores del reino de Dios. Nos advierte que los bautizados podemos vencer el mal y las tentaciones de cada día, que podremos hacer el bien devolviendo, en nombre de Jesús, la paz y la alegría a los que sufren y a los que son débiles, pero no quiere que nuestra fe se apoye y se base solamente en hechos extraordinarios ni que se alimente de ellos, sino que en todo momento sepamos descubrir la presencia del Resucitado en medio de nosotros y a través del bien que se hace patente a nuestro alrededor.

Los cristianos no nos implicamos lo suficiente en la vida y en la misión de la Iglesia, y reducimos nuestra acción a lo mínimo, nos conformamos con nuestra asistencia a las celebraciones litúrgicas, nuestra vida de piedad y poco más. Siempre tenemos la excusa de que no estamos lo suficientemente preparados, de que no valemos para determinadas tareas, de que los hay mejores y más capacitados… Pero no se trata de eso, porque Jesús te ha elegido y se ha fijado en ti, y ahora él, que te ha dado tanto, te pide colaboración y no protagonismo. Quien te eligió y te envía nunca te va a dejar solo, será tu compañero principal fortaleciéndote, iluminándote, consolándote y amándote. 

Cristo no se ha ido y nos ha dejado solos en un mundo revuelto y con mucha tera por delante. Él no se desentiende de nosotros ni de nuestra misión. Él permanece de otra manera a nuestro lado y desea que nosotros también permanezcamos junto a él como amigos y colaboradores. El Señor confía en nosotros, confía en ti, a pesar de saber bien cómo somos y cómo eres, y de conocer bien nuestras carencias y limitaciones. 

Vivimos en un mundo de decepciones y desengaños, de individualismos y de interesarnos únicamente por nuestro presente. Tenemos que mirar cada día al cielo para sentir que hay un futuro mejor, una esperanza, una nueva forma de vida, la del Evangelio: que merece la pena y que formamos parte de un mundo que entre todos podemos hacer mejor. 

La fe me ayuda a vivir apasionadamente mi presente a la espera de un futuro mejor, a no caer en un pesimismo y en un conformismo. La fe me hace disfrutar de mi familia, de mi trabajo. La fe me humaniza cuando soy solidario, me hace crecer como cristiano cuando siento la necesidad de un Dios que me ama, de despierta la necesidad de amar y darme sin que me lo tengan en cuenta o gratifiquen. 

Al final de la vida seré juzgado por lo vivido, por lo que he hecho y por mis omisiones, pero, ante todo, seré compensado por un amor tan grande, el amor de Dios, que desborda la profundidad de todo corazón humano. Al final de mi vida espero poder encontrarme con el cielo de ese amor inmenso e inmerecido.

Emilio José Fernández, sacerdote

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