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Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 17 de enero de 2021

 

Terminado el tiempo litúrgico de la Navidad, la Iglesia comienza el Tiempo Ordinario, durante el cual acompañaremos a Jesús en los últimos años de su vida y de su ministerio de anuncio del reino de Dios, que se inicia tras su bautismo en el río Jordán.

La Palabra de Dios que nos propone la liturgia de este domingo tiene como tema central la vocación, la llamada que Dios hace a determinadas personas para que colaboren con Él en el anuncio y construcción de su reino. Observamos cómo a partir de la llegada de Jesucristo esa llamada Dios la hace a través de su Hijo. A diferencia de como sucedía en aquel tiempo, en el que los discípulos elegían a sus maestros o rabinos (y la reputación de los maestros dependía mucho del número de discípulos que tenían), Jesús es el que elije e invita a sus discípulos para que le sigan y se unan a él de una forma que implicará todas las dimensiones de sus vidas, y que marcará un antes y un después en estas personas tras el encuentro personal con el Maestro.

Es precioso cómo ese encuentro y esa llamada de Cristo a sus primeros discípulos es un momento tan fundamental para ellos, que nunca lo olvidarán con el paso de los años, ni siquiera el tiempo preciso en que acontece: “era la hora décima”. Sus palabras y su mirada les sedujeron de tal manera que, haciendo un gran cambio en sus vidas y en sus proyectos personales, comenzaron una nueva experiencia que conllevó una relación de amor y de convivencia entre ellos y, a su vez, con el Hijo de Dios.

La vocación cristiana no es una iniciativa de la persona, que elije un determinado camino o una determinada forma de vida, o que se hace así misma protagonista de su misión y de su destino. La vocación del bautizado es una respuesta, desde el corazón y en plena confianza, a una llamada que te hace quien te ha amado y ha pensado en ti primero y antes que tú. Es un abandono, a veces arriesgado, a seguir las huellas de quien va por delante haciendo un camino nuevo del que te hace partícipe. Al Señor le llegarás a amar como se llega amar al mejor de los amigos; y lo conocerás de tal de modo, que te convertirás en un testigo suyo.

Hay una vocación común a todos los bautizados: la de vivir y anunciar el Evangelio. Pero luego hay vocaciones distintas como ministerios y formas de vida concretas hay en la Iglesia. Lo importante no es sólo el comienzo de la vocación, sino la perseverancia en el día a día para alcanzar la santidad; y la fidelidad de acabar tu vida, habiendo superado todo tipo de heridas y de dificultades, sin dejar de ser el discípulo y el amigo del Señor.

 

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com 

Domingo 2º Tiermpo ordinario B