Nos preparamos para la jornada de las familias.- Del cap. 4: “El amor en el matrimonio”, de Amoris Laetitia (lunes 5-VI-2017)

Sanando la envidia

95. Luego se rechaza como contraria al amor una actitud expresada como zeloi (celos, envidia). Significa que en el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cf. Hch 7,9; 17,5). La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar.

Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.

96. En definitiva, se trata de cumplir aquello que pedían los dos últimos mandamientos de la Ley de Dios: «No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él» (Ex 20,17). El amor nos lleva a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa persona, la miro con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17), y entonces acepto en mi interior que pueda disfrutar de un buen momento. Esta misma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada, o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero eso no es envidia, sino deseos de equidad.

EL BIEN DE LOS CONYUGES

No olvidemos que la envidia está catalogada entre los siete pecados capitales, esto es, principales. Como antídoto a  este sentimiento doloroso y triste que impulsa en definitiva a desear y querer el mal al otro, no cabe más que valorar a la persona en cuanto tal y querer su bien, su felicidad. En la alianza matrimonial cada esposo compromete la propia libertad y su vida a favor del bien y progreso personal del otro. Eso no significa que mediante esa entrega cada esposo se convierta en esclavo del otro,  obligado a satisfacer todos sus posibles caprichos.  Aun roto el pacto conyugal, la dignidad de la persona pide y exige siempre buscar su bien en todo. La persona es un «ser en relación», un «ser para el otro» y en el don de sí misma, la persona no se pierde, sino que se realiza plenamente.  

Juan José Toral