Mons. Francisco Jesús Orozco: Sombras y retos de la fe en tiempos de especial fragilidad

 

Hemos vivido un gran contraste, que nos sitúa en las grandes claves de la cuaresma cristiana, en el camino de la muerte a la Vida, del pecado a la Gracia, de la noche al amanecer Pascual:

1.- Entre las sombras que han cubierto a la humanidad, tenemos la experiencia radical de la vulnerabilidad y experiencia de límite: el miércoles de ceniza volvemos a oír la llamada a la conversión – “conviértete y cree en el Evangelio”, “polvo eres y en polvo te convertirás”-, a recordar que somos barro y que la memoria de la muerte nos devuelve a la experiencia de sentirnos limitados, necesitados y muy frágiles. Hemos experimentando la “injusticia” de tantas muertes “solas”, viendo, en el rostro de muchas personas, tambalearse el sentido de la existencia humana, la búsqueda de la comprensión del dolor y la mirada “cara a cara” de la experiencia de la finitud de la vida ante la cercanía del final de la existencia en la tierra. Sin duda que el miedo y la incertidumbre han hecho diana en el corazón del ser humano y de la convivencia. Me vienen a la mente aquellas palabras de San Juan Pablo II, que transmitían al mundo la esperanza de Cristo resucitado, que ha vencido la muerte: “No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo”. Frente a la convivencia con el miedo, tan ajena al espíritu cristiano, recuperemos la esperanza siempre en la prudencia. Es bueno recordar aquellas palabras de San Pablo que nos incrustan en el mismo Corazón de Cristo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra Gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8 35-39). El Señor Jesús ha venido para destruir nuestros miedos y hacernos vivir en la libertad de los Hijos de Dios (cf. Mt 14,27).

Llevemos al corazón las palabras del Papa Francisco en el encuentro de oración, al que he hecho referencia anteriormente: “«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela, se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

 

El Papa Francisco, en su mensaje para esta cuaresma, vuelve a recordarnos la necesidad de la conversión y a encontrar en el ayuno, la oración y la limosna, las condiciones y la mejor expresión de nuestra conversión: “ La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”.

 

2.- Unida a esta experiencia de finitud, también hemos experimentado el reto de la fraternidad y la comunión. Junto a la verdad desgarradora de la muerte, de la vulnerabilidad y. la soledad, que sólo se sustenta desde la fe, al mismo tiempo, junto a la cizaña ha crecido la buena semilla. Hemos sido testigos de una riada de fraternidad y de comunión, de entrega y de una solidaridad magnánima y especial por parte de muchas personas. “Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”.

 

Estas palabras del Papa nos ayudan a elevar nuestra acción de gracias en medio de la noche que atraviesa la humanidad y a descubrir en el calvario, el camino precioso para la Vida. Vivir este tiempo desgarrador como un verdadero reto a la esperanza se convierte en un camino fundamental para la Iglesia y todos los cristianos en esta cuaresma.

 

Qué gran actualidad cobran las palabras del Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Os invito a releer este documento que pareciera escrito para este momento histórico que vivimos y que sigue llamándonos a ser una Iglesia que testimonia alegría y esperanza en medio de la situación de crisis que vive nuestro mundo.

De la Carta Pastoral del obispo de Guadix. D. Francisco Jesús Orozco, para esta cuaresma