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La metáfora de Pablo Rodríguez Cantos, párroco de Darro y Diezma, es una alegoría

Le gusta la rima, y esta, domeñada, le obedece y se le oferta grácil y sencilla, como si fuera fácil… ¡que no lo es!. Pablo Rodríguez Cantos, de saberes y sabores filosóficos y teológicos, un tanto matemáticos… ha resultado poeta y no pequeño. Posee el don del talento para decir con palabras más de lo que las palabras dicen: ese don es la literatura cuando puede servir a la oración.


Han caído en mis manos, por su envío cuyo agradecer nunca será bastante, dos cuadernos que a fuer de humildes, caben en un bolsillo: uno en clave de tragedia revestida de auto sacramental con mucho más que dignidad y otro, al modo del romancero, para envidia de los que hacen romances. En el primero, “La cara oculta de la luna”, pisa pablo los prados vedados con una naturalidad espantosa, acaso vestida de sobrenaturalidad y, por tanto, con una pisada de huella sacramental. Se adentra en el drama de la pederastia en un seminario… mira si no habrá asuntos menos audaces… aquí la osadía se convierte en poema sacro en honor de Dios, en medio del Corpus granadino: el verso se encadena sutil en eslabones rotos de hermosura. En el segundo cuaderno, aún breve como un soplo, el mundo de la Grecia Clásica reúne, sin diferencia y distinción posible, la belleza de Corinto y la reciedumbre de La Peza, pasando por la devoción de Motril a la Virgen María, para llegar a una loa agradecida a la Guardia Civil…
La poética, en manos de este cura, es más que la retórica y mucho más que el pensamiento histórico, moral o teológico. Aquí hay una luz no usada que busca y encuentra. No sé si estar más admirado que agradecido, pero, en todo caso, me siento orgulloso y hasta algo envanecido: hay en esta Diócesis de Guadix, como siempre, tesoros de la armonía de Dios en el alma de sus sacerdotes. He dicho, escrito y proclamado que este de Guadix es el mejor clero de España, abocado, por la naturaleza de las cosas creadas y divinas al mismo tiempo, a no aspirar a nada que no sea el servicio y ello en total carencia de fulgores humanos y en pequeñas parroquias despobladas y pobres. Aquí ser cura humilde es lo cotidiano y, cada día, mis hermanos curas me curan la soberbia. Pues bien, hoy Pablo Rodríguez Cantos me vuelve a curar orgullos malos pero me llena de la mejor estimación por sentir como siente, pensar como piensa y escribir como escribe… versos de esperanza.
A todo el sacerdocio de la diócesis alcanza honra por el que en buena hora nació escribidor, escribiente, escriturista, escribano, escritor… Un ruego Pablo: no nos cierres la fuente de un agua tan limpia y tan refrescante. Tuyo en Cristo:
Manuel Amezcua