Fiesta de la Presentación del Señor. Domingo 2 de febrero de 2020

Celebramos en este domingo, la fiesta de la Presentación del Señor; y la liturgia nos regala un evangelio que nos centra en este misterio de la vida de Cristo. La ley de Moisés prescribía a los padres, que cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subieran al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre. María y José cumplen con este rito, ofreciendo, según la ley, dos tórtolas o dos pichones. Y, es que el Hijo de Dios quiso “parecerse en todo a nosotros” menos en el pecado.


Sirviéndose de este rito, Dios mismo es quien, en ese momento, presenta a su Hijo a los hombres, mediante las palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Simeón proclama que Jesús es la “salvación” de la humanidad, la “luz” de todas las naciones y “signo de contradicción”, porque desvelará las intenciones de los corazones.
Es, pues, la fiesta del encuentro y de la luz. Del encuentro porque, Simeón y Ana encuentran a Jesús en el Templo y reconocen en él al Mesías tan esperado. Simeón y Ana representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Pero es, también, la fiesta de la luz porque, con la Iglesia, queremos encontrar en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres”.
Tenemos que abrir el corazón, como Simeón o Ana, para ver en Jesús, la respuesta de Dios a la milenaria búsqueda de los hombres: a su búsqueda de sentido, de amor, de vida y de felicidad, a su deseo del Infinito. Y ¡es aquí donde se encuentra!
En nuestros intentos de buscar la felicidad, la vida y la propia realización, los humanos vivimos con miedo al fracaso. En la raíz de todos nuestros miedos está una falsa imagen de Dios y el temor a no alcanzar la vida y la felicidad. Eso nos lleva tantas veces a mendigar seguridades fuera de Dios y a buscar vida fuera de Él que acabamos siendo esclavos de todo aquello que pretende darnos una seguridad imposible. Nos cerramos a Dios y a su amor, y nos lleva a cerrarnos al que tenemos al lado, al hermano. Así, nos vamos aferrando a nuestros horizontes limitados y a nuestros egoísmos, a nuestro afán desordenado de autonomía personal al margen de Dios, al goce efímero de nuestro cuerpo o a la posesión insaciable de bienes materiales. A partir de esta esclavitud se comprenden las demás esclavitudes humanas. Los intentos de liberación que no vayan a esta raíz, de encontrarnos con el Dios del amor que quita el miedo y nos da la felicidad, no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud.
Es el Señor quien viene a liberarnos. Es la luz que viene a quitar nuestras tinieblas pues Él es la “Luz para alumbrar a las naciones”. Luz que, al igual que Simeón y Ana, solo la encontraremos si estamos en comunión con la Iglesia. Al margen de ella no se puede realizar ese encuentro. La Iglesia no es para los cristianos una opción sino condición indispensable para nuestra fe. Y, a pesar de estar manchada por el pecado a lo largo de la historia, es la que, como buena madre, nos engendra en la fe y nos da la gran luz de nuestras vidas. Todo y cuanto sabemos de Cristo se lo debemos a la Iglesia. Ya lo decía José Luis Martin descalzo en su libro “Razones” y yo parafraseo: a la Iglesia, mala, mediocre, buena o regular o todo junto, más que criticarla, debemos darle gracias; Gracias porque nos regala cada día el gran tesoro que nos libera de nuestros miedos e infelicidades: a Jesucristo que se consagró a Dios por completo. Ese es el camino: encontrarnos con él y consagrarnos a él. En el número 1 de la encíclica Deus caritas est se dice: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Esto lo saben bien todos los religiosos y religiosas por quienes tenemos un recuerdo y una oración especial el día de hoy en la jornada mundial de la vida consagrada. Ellos están llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, esa consagración con “los rasgos de Jesús virgen, pobre y obediente” (VC 1), mediante los consejos evangélicos. Ellos, por su encuentro con Cristo han de ser testigos de Dios en un mundo que sufre pero que lo quiere aparcar para vivir de espaldas a él que es esperanza. Han de ser testigos de Jesucristo, la luz de los hombres, para que se disipen las tinieblas que eclipsan a Dios en la vida de los hombres. Pues como dice el lema de este año: “La vida consagrada, con María, son esperanza de un mundo que sufre”.
Renovemos nuestro compromiso con Dios. Compromiso de buscarlo y encontrarnos con él cada día para seguir creciendo en su amor. Hagámoslo como lo hizo la Virgen María: ella es la primera y perfecta consagrada; Virgen, pobre y obediente, totalmente entregada a Dios y siempre dispuesta a acoger en su regazo al hijo necesitado.
Antonio Travé