Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 6 de noviembre de 2022

El relato de hoy es un diálogo entre Jesús y los saduceos, el otro grupo social judío que, junto al grupo de los fariseos, eran enemigos declarados de Jesús. Los saduceos eran personas y familias adineradas y poderosas, de casta sacerdotal y de donde provenían los sumos sacerdotes que servían en el templo. Eran famosos por tener una fe materialista, por no creer en la resurrección y por dar culto a Dios mediante la muerte de sacrificios de animales.

Después de que Jesús ha respondido a los ataques de los fariseos y los ha enmudecido, los saduceos quieren entran en la confrontación y lo hacen ridiculizando a Jesús y su mensaje en cuanto a la resurrección de los muertos, para lo cual le plantean el caso de una mujer que se casa con siete hermanos cada vez que quedaba viuda de uno de ellos; de ahí la pregunta lógica que plantean es: “cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si lo ha sido de los siete?”. Esta cuestión la aprovecha Jesús para hablar del tema de la resurrección, no tanto de la suya personal sino de la nuestra. Y al hacerlo, nos va a hablar también de Dios.

Lo primero que responde Jesús es que no es comparable esta vida terrena con la vida eterna, ni podemos proyectar las realidades de este mundo en las realidades espirituales. Se trata de categorías diferentes, porque no seremos tal y como somos ahora, sino que nuestra vida futura será transfigurada (siendo hijos de Dios, semejantes a ángeles, y viviendo en su presencia). Se trata de una vida nueva donde no existe la muerte, ni los hombres y las mujeres se casan, etc., porque la resurrección no es una mera continuidad o prolongación de esta vida finita.

Lo segundo que nos dice Cristo es que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es un Dios de vivos y no de muertos. Dios ama la vida y no la muerte, porque Dios para los cristianos no es un ídolo ni se le da culto con la muerte de sacrificios.

Los hombres hemos hecho de todo con Dios, hasta ridiculizarlo y banalizarlo, tratándolo como si fuera un teorema que hay que estudiar, ecuación que hay que descifrar o un talismán que hay que tener para que todo nos vaya bien. Jesús a penas nos da explicaciones de su concepción de Dios, más bien lo invoca, confía en Él, lo ama como Padre y lo obedece fielmente. Él nos lo revela desde el conocimiento y la experiencia de relacionarse con Él. Por eso nos lo muestra como el Dios de la vida, que genera vida, que ama la vida y que da la vida por amor. Dios es fuente y origen de la vida, y se hace presente donde hay vida y existe el deseo de vivir, no en la muerte y donde hay muerte.

Nosotros tenemos que amar la vida, cuidarla, defenderla y esperar en la resurrección, no desde un optimismo en un final feliz, sino desde la certeza de saber que tenemos un Padre que nos ama apasionadamente y que lo que más desea es llenarnos de vida junto a Él para siempre.

Emilio José Fernández, sacerdote
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