Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 30 de octubre de 2022

El relato evangélico de este domingo es la conocida historia de Zaqueo, hombre rico y jefe de recaudadores de impuestos. También conocido por su baja estatura física, que simboliza su poca altura moral, social y a los ojos de Dios, pues era considerado un pecador por su situación económica y por su oficio.

Jesús aparece como peregrino caminante que, a su paso, atraviesa la ciudad de Jericó. Es tanta la expectación que suscita por su fama, que la multitud sale a las calles para recibirlo. Zaqueo quiere ver a Jesús, pero experimenta que la gente le impide verlo, lo que indica su condición de estar marginado por la sociedad y la religión. La curiosidad en él es tan grande que decide subirse a una higuera, que simboliza a Israel como institución. Zaqueo, apoyándose en la institución de la religión judía, que no reconoce a Jesús como Mesías, puede ver a Jesús, pero su vida sigue siendo la misma.

Todo cambia cuando la iniciativa la toma el Señor y lo mira. Zaqueo se siente mirado por la misericordia de Dios, por una mirada que le hace entender que Jesús lo ha buscado porque lo ama. Jesús pide a Zaqueo que baje del árbol, que lo abandone, y se invita así mismo para alojarse en su casa, en su vida, en su corazón. De la lejanía del árbol a la intimidad de la casa, pasando al encuentro personal y profundo, al diálogo de compartir hasta lo más secreto.

Zaqueo se siente perdonado y acogido en su propia casa, y eso le hace sentirse grande y feliz, más que con las riquezas que poseía. Su corazón se siente limpio y liberado, y en eso consiste la conversión y la salvación. Pasa de ser un apegado al dinero y un ladrón, a ser un hombre justo que devuelve lo robado y que dona generosamente parte de sus bienes a los pobres. La conversión nos hace ser justos, caritativos y fraternos con los demás. Jesús ha cambiado el corazón y la vida de Zaqueo, que ahora ha crecido en estatura delante de Dios.

Es preciosa la parte final de esta historia en la que Jesús se describe como el que ha venido a buscar lo que estaba perdido, es el Salvador que nos revela la misericordia de Dios, que perdona, acoge y libera. Dios no desprecia a los ricos y ama más a los pobres, sino que Dios quiere la salvación de aquellos que han puesto su existencia en las riquezas y el poder, las cuales los hace duros de corazón con los demás.

Emilio José Fernández, sacerdote
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