Domingo XXX del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 29 de octubre de 2023

Nuevamente una pregunta en un contexto polémico y de enfrentamiento de los dirigentes religiosos con Jesús. En esta ocasión sus enemigos lo ponen a prueban cuestionándolo con lo que se consideraba uno de los dos pilares del corazón del judaísmo: la Ley.
“¿Cuál es el mandamiento más importante?” Sin duda que los fariseos y saduceos sabían la respuesta, porque presumían de ser grandes conocedores y cumplidores del gran número de normas que afectaban a todas las dimensiones de la vida y que eran añadiduras a la Ley de Moisés.


Una vez más la respuesta de Jesús les descoloca por la novedad con la que une los mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo, pues el segundo se encontraba al final de la lista de los preceptos y era uno de los menos considerados. Jesús pone a la misma altura y como una única norma el amor a Dios y a todas las personas, sin hacer distinciones.

DESARROLLO
Los líderes religiosos siguen irritados con el mensaje de las parábolas de Jesús, en las que aparecen denunciados por no acoger el reino de Dios e impedir que el pueblo lo haga, especialmente los paganos (pecadores), pobres y marginados socialmente.
Los fariseos y saduceos se enfrentan a Jesús públicamente y buscan la polémica haciéndole preguntas no con la intención de aprender sino de tenderle una trampa. Lo interesante de estos diálogos son las repuestas espontaneas, sorpresivas y concisas que da el Maestro.
En este relato es un saduceo, que al mismo tiempo era jurista y conocedor de la Ley, el que se dirige con una pregunta: “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Efectivamente que ellos sabían que era “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”.
Ahora bien, la gran enseñanza de Jesús, que al mismo tiempo que es original les escandaliza, consiste en poner a la misma altura de ese primer y fundamental mandamiento el mandamiento del amor al prójimo.
Los líderes religiosos del momento son prácticamente los únicos que, por saber leer y tener estudios, podían conocer y cumplir las 613 normas y costumbres que ellos habían ido añadiendo con el tiempo. Quienes actuaban según estas normas se consideraban personas justas y puras, todo lo contrario de quienes no las cumplían, normalmente la gran mayoría. Además, estas leyes estaban clasificadas y jerarquizadas según su importancia, pero una de las últimas de la lista era el amor al prójimo.
He aquí la aportación novedosa que hace Jesús y que sirve para hacer autocrítica cada uno de nosotros, entendiendo que el prójimo no es sólo el que está cerca, sino que es aquel que vive en situaciones de pobreza y marginación. Jesús sintetiza toda la Ley de Dios y la iguala en estos dos mandamientos que él une como si de uno solo se tratase.
El amor es lo que prácticamente nos pide Dios a los creyentes, pero el amor a Dios pasa siempre, indiscutiblemente, por el amor al hermano y hermana, sin despreciar ni rechazar a nadie.
Esto ni es fácil de asimilar ni de llevar a la práctica, sobre todo cuando mi prójimo es también mi enemigo. Por eso, como decía San Juan de la Cruz, “al atardecer de la vida seremos examinados en el amor”, porque es al fin y al cabo lo único que le interesa a Dios.

Emilio J. Fernández, sacerdote
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