Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 8 de octubre de 2023

Con esta parábola pone Jesús en evidencia a los mandatarios religiosos de Israel, que no han sabido ser fieles a Dios ni corresponder a su amor e interés como él se lo merece.

Por eso esta parábola, pone de manifiesto cómo Dios lo ha apostado todo, lo ha dado todo, hasta lo que más amaba, a su Hijo, por recuperar a su pueblo, a Israel.

Y esta parábola nos advierte que no hay mayor castigo que perder lo que más merece la pena, pues cuando somos desagradecidos al final es para otros lo que no hemos sabido valorar.

Dios nos ama con una locura que le hace ser siempre un perdedor. Pero todavía así él sigue siendo generoso, hasta el límite de darnos a su Hijo y enviarlo para recuperarnos y salvarnos.

DESARROLLO

Una nueva parábola nos regala el evangelista Mateo, con la que Jesús nos sitúa en el escenario de la vida campesina, tan cotidiana y común en la Palestina de su tiempo. Todo se desarrolla en una viña que un propietario ha plantado, cercado y protegido, y que después ha arrendado a unos labradores, que se apropian de ella y de sus frutos, apaleando y matando a los criados que el propietario envía, y hasta al propio hijo de éste. 

En esta parábola se refleja la historia de la salvación, que se repite en la historia de la Iglesia y de cada comunidad creyente y humana. Contiene muchos simbolismos que ya aparecen en otros escritos del Antiguo Testamento, y especialmente en los profetas, destacando Isaías que denuncia el rechazo constante que siente Dios por parte del pueblo de Israel.  

Es la historia de un amor inmenso, el de Dios, que no es correspondido por el pueblo elegido y amado, es decir, el preferido: Israel. Y ante este hecho, Dios termina volcándose y dando su amor a otros (los paganos, los pecadores y los pobres), porque saben valorarlo y corresponderle. Uno de los sufrimientos más profundos que podemos experimentar en la vida es estar enamorados y no ser correspondidos, junto al sufrimiento profundo de perder a un ser querido, y más aún si nos lo arrebatan por medio del asesinato. Dios ama tanto a su viña, que no sólo la construye y la dota de todo lo necesario, sino que por recuperarla se desprende de los profetas y hasta de su propio Hijo. Dios lo ha apostado todo por nosotros, porque su amor y su manera de amar no tienen medida. 

También nosotros lo despreciamos cuando no le correspondemos con nuestro amor, cuando nos apropiamos de todos los dones que nos regala en gratuidad, los mal usamos o no se los devolvemos agradecidos en forma de frutos. También nosotros somos homicidas cuando con nuestras críticas destructivas herimos a los que no soportamos por la envidia, los celos y la soberbia. También nosotros hemos dejado de ser profetas que denuncian las injusticias y se ponen de parte de los oprimidos y los vulnerables, arriesgando sus vidas por el reino de Dios. 

¿Amas a Dios como él te ama? ¿Es tu preferido como tú lo eres para él? ¿Sabes atribuirle a él los frutos que nos son tuyos? ¿Cómo le correspondes a él, que tanto ha hecho y hace por ti?

Emilio J. Fernández, sacerdote

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