Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 25 de septiembre de 2022

Seguimos con las parábolas de Jesús que Lucas coloca en su evangelio para hacer más comprensible la realidad del Reino de Dios y describir sus valores que aparecen en las Bienaventuranzas (Lucas 6, 20-26). Esos valores los tenemos en esta parábola de manera plástica y Jesús nos indica lo que ocurre cuando son o no llevados a la praxis.


Aparecen dos personajes, un rico y un pobre, que, aunque parecen antagónicos, son más bien consecuentes el uno del otro, es decir, uno es pobre porque el otro es rico y viceversa.
A diferencia de todas las demás parábolas donde los personajes aparecen anónimos, esta es la única en la que uno de los personajes tiene nombre propio y además es precisamente el pobre, algo que llama poderosamente la atención del espectador, pues que el rico no tenga nombre es un signo de desprestigio. Este hecho ha chocado tanto que posteriormente algunos redactores le han puesto nombre ficticio al rico: Epulón (comilón) o Dives (rico).
Lo que distingue a estos dos personajes no son sus estados sociales sino sus actuaciones. Mientras que Lázaro vive en la miseria, el dolor, la marginación y necesita de la limosna para subsistir, el rico vive en la abundancia, en los placeres, sordo a las palabras de Dios y desinteresado de los demás. No se denuncia que haya un rico y un pobre, sino que el rico sea incompasivo con el pobre.
Con esta parábola Jesús no pretende describir el cielo o el infierno, aunque haya quien lo interprete así, sino que quiere advertirnos a los creyentes que la semilla del Reino de Dios ya está en nuestro mundo y crece en los corazones de aquellos que saben ser fraternos y generosos, compartiendo y ayudando a los más débiles, desfavorecidos y necesitados.
Ante la conducta codiciosa de los fariseos que Jesús denuncia continuamente, la parábola nos hace reflexionar a los discípulos de Jesús que las riquezas, el poder y el prestigio nos encierran en nosotros mismos y nos alejan de Dios y de los demás. Esta es la razón por la que en un corazón insensible al dolor y sufrimiento ajeno, y que además viene provocado por su vida de opulencia, no podrán darse los frutos del Reino.
La otra cuestión que plantea la parábola es quién se salvará. Jesús no define la salvación como una cuestión de futuro, sino como la proyección de nuestro presente, dicho de otra manera: mi salvación futura depende de mi vida presente.
Partimos de la base de que la salvación es un don de Dios, pero cada uno la alcanzará o no, la acogerá o rechazará, según sea su corazón, su vida y su manera de proceder. Cristo ya está descartando de manera abierta a aquellos que no saben tratar bien a los demás, a quienes les falta la caridad fraterna. Y nos añade más: un corazón entregado a las riquezas vive para sí mismo y difícilmente será un corazón caritativo.
En el Reino de Dios se invierte todo. Dejado este mundo con la muerte, seremos examinados en el amor y no en nuestras pertenencias y éxitos terrenos. La vida, la alegría y la felicidad, junto con el reconocimiento de Dios, en su máximo grado y duración (la eternidad), serán para quien tuvo compasión y misericordia.


Emilio José Fernández, sacerdote

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