Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 21 de octubre de 2023

Las parábolas de Jesús han despertado la ira de sus enemigos principales, los fariseos y herodianos, que, siendo enemigos entre sí, se unen para, mediante un complot, tener de qué acusar al Maestro y poder deshacerse de él.

La pregunta que hacen en público a Jesús viene a ponerlo en una tesitura y a que quede enfrentado con la autoridad religiosa o con la autoridad política. El creyente, ¿a quién se debe, al poder de Dios o al poder de quienes se consideran dioses y terminan siendo opresores?

La respuesta de Jesús, una vez más, sorprende a la vez que nos juzga a cada uno por nuestros sentimientos y comportamientos. Lo que el Maestro nos pide es que seamos sinceros con Dios y le demos el lugar que le corresponde como creyentes que somos, porque no podemos servir a dos señores al mismo tiempo.

DESARROLLO

Jesús ha expuesto tres parábolas con las que ha denunciado a los líderes religiosos de su tiempo por ser malos pastores al confundir al pueblo, al rechazarlo a él y al rechazar el reino de Dios que él anuncia y que tiene por destinatarios preferentes a los pobres, desposeídos y marginados socialmente. Los fariseos y herodianos, grandes enemigos entre sí, se han sentido atacados, humillados y desacreditados con las palabras de Jesús, y ahora buscan la manera de tenderle una trampa dialéctica con la que poder acusarlo de ser un mal judío o de ser un agitador social.

Con un saludo elogioso de los enviados de los fariseos y de los partidarios de los herodianos, éstos se dirigen al Maestro, tachándolo de sincero y amante de la verdad, pero con una pregunta maliciosa y traicionera desean ponerlo en un aprieto: “¿Está permitido pagar el tributo al César o no?”. La doble respuesta que esperan, un sí o un no, lleva a una condena segura. Decir que sí, es aceptar la opresión del imperio romano sobre el pueblo de Israel y considerar al emperador romano como un dios, dejando al Dios de Israel en un grado inferior y faltando así al segundo mandamiento de la Ley de Moisés. Esta respuesta enfrentaría a Jesús con el pueblo, con sus autoridades religiosas y con aquellos nacionalistas que odian a los romanos. Decir que no, es desobedecer a la autoridad política, ser acusado de rebelde y, por consiguiente, ser castigado.

Pero esta tensión Jesús la resuelve con una respuesta inesperada, que descoloca a sus oyentes y que viene a aclarar su posición: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Es una manera de decirnos que no mezclemos a Dios con los asuntos mundanos porque con Él no se juega. Esta frase es un reconocimiento de la supremacía de Dios sobre todo lo existente, incluso por encima de los que se sienten poderosos y dueños de este mundo y de los demás. Sólo Dios es el Señor de todo y de todos, y no podemos terminar sirviendo a dos señores, porque para el creyente sólo Dios ha de tener la exclusiva de nuestra fe y ocupar el centro de nuestro corazón. Como personas que formamos parte de la sociedad, los cristianos hemos de cumplir con nuestros deberes civiles, pero no esclavizándonos a ningún poder humano, para no terminar llevando una vida de cristianos y de paganos a la vez, porque eso es incompatible con el Evangelio, ya que no tenemos que debernos al dinero ni a las ambiciones de este mundo.

Algunos han interpretado esta frase como que no hay que mezclar la religión con la política, y nada más lejos del sentido que le da Jesús, pues los cristianos nos tenemos que comprometer por la defensa de la justicia y los derechos de todos, especialmente los más vulnerables, porque si no, nos encerramos en nosotros mismos viviendo una fe individualista. Nosotros tenemos un sentido altruista, teniendo claro que cuando hacemos el bien a los demás, no lo hacemos por intereses humanos, sino motivados por la caridad y la fraternidad que nos exige creer en Dios.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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