Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 17 de septiembre de 2023

La convivencia entre los miembros de una comunidad cristiana no siempre resulta fácil y, en ocasiones, hay enfrentamientos y divisiones. Pero también se da en el ámbito familiar, laboral… El evangelista destapa esta realidad tan humana dándonos como solución la misericordia, llevada a la práctica en el día a día y sin cansarnos de ser también nosotros misericordiosos como Dios lo es con nosotros.

La fraternidad solo es posible con el perdón, que no ha de frenarse nunca. La experiencia personal de la misericordia de Dios en nuestras vidas, como hijos perdonados, nos ha de llevar a nosotros al perdón sin límites y sin condiciones, como verdaderos hermanos que se perdonan. 

Nuestra salvación también dependerá de nuestra capacidad de perdonar, reflejo de un corazón que ama en todas las situaciones. Y la justicia divina consistirá en que recibiremos con la misma moneda con la que hemos dado o hemos dejado de dar.

DESARROLLO

Este relato es una continuidad del anterior del domingo pasado en la temática sobre la convivencia en las primeras comunidades cristianas y la manera en la que se debe actuar. Toda la composición parte de una realidad que el autor no quiere ocultar, y es que la convivencia en las comunidades cristianas primitivas no era perfecta, y, aunque había en sus miembros sentimientos de esperanza y de ilusión por vivir los valores del Reino de Dios, también había enfrentamientos, ofensas y rivalidades. 

Pedro, una vez más, como portavoz del grupo, hace una pregunta a Jesús sobre la cantidad de veces que un hermano ha de perdonar a otro. La respuesta que le da Jesús, acompañada de una parábola, se convierte en una enseñanza para los cristianos de todos los tiempos.

Hemos de tener en cuenta que la mentalidad judía se ha ido construyendo con un conjunto de leyes religiosas que han aportado armonía en las relaciones comunitarias y a nivel social. Para lo cual, esas normas han puesto límites y líneas rojas a las actuaciones de las personas. Y el perdón, ¿también tiene límites?, ¿Cuándo se puede o cuándo no se puede perdonar? El número siete es un simbolismo bíblico de lo perfecto, lo correcto y lo bueno. Pero en el caso del perdón, para Jesús, se queda corto, porque Jesús nos deja claro que ser misericordiosos no es cuestión de hacer cuentas sino de una actitud que no tiene límites, por lo que hay que perdonar siempre.

¿Por qué queremos ponerle nosotros límites a la misericordia? Porque perdonar nos cuesta. Preferimos la venganza, llevados por la rabia y el dolor cuando nos sentimos ofendidos y heridos. Pero los cristianos, ¿por qué hemos de perdonar a nuestros semejantes? Porque antes cada uno de nosotros hemos sido perdonados de manera reiterada e ilimitada por el Dios de la misericordia. Es por tanto de justicia hacer con los demás lo que antes Dios ha hecho con nosotros.

Estas respuestas están recogidas y son la esencia de esta parábola con la que Cristo quiere enseñarnos que el primero que es misericordioso es Dios; y que nosotros también hemos de serlo, pero a su manera, no a la nuestra. No puedes pedir clemencia si tú no eres compasivo y misericordioso con quien te ha ofendido y te ha pedido perdón. Esta instrucción Jesús también nos la enseñará más tarde para que la hagamos oración de súplica: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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