Domingo XXII del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 28 de agosto de 2022

Este relato de Lucas viene a corregir una conducta social generalizada, que se da también en las religiones y que era evidente también en las primeras comunidades cristianas. Esta llamada de atención, el evangelista la hace situándonos a Jesús en un escenario doméstico y en un ambiente de banquete y amistad, al que acude como invitado de uno de los principales fariseos, reconocidos enemigos del Maestro.

Los fariseos estaban pendientes a lo que hacía Jesús, pero él estaba pendiente a lo que hacían ellos, y será el Señor el que los acusará de no actuar correctamente por ser orgullosos, soberbios y egoístas. Estos tres pecados se manifiestan en un comportamiento de lucha de poder, de aparentar y de querer destacar. Se trata de actitudes muy presentes en toda persona y que dan lugar a tensiones, enfrentamientos y divisiones en todo grupo humano y también religioso.

Jesús llama a la conversión y al cambio de proceder para que actuemos y vivamos desde la humildad, el servicio y la pequeñez. En el Reino de Dios los criterios y valores son diferentes a los que dominan en la sociedad, en las familias, en las empresas y en todo colectivo. Además todos sabemos cómo en la Iglesia de todos los tiempos también ha existido la tensión por ocupar los primeros puestos, por atesorar riquezas y por conseguir más poder. Pero también tenemos ejemplos de quienes han vivido desde la humildad, la sencillez, la pobreza y los demás valores evangélicos.

Nuestra tendencia más profunda es como la de los fariseos, juzgar a los demás por lo que no hacen bien y por sus pecados, pero evitando mirarnos a nosotros mismos y hacer autocrítica personal porque, tal vez, lo que deseamos denunciar en los demás es precisamente aquello en lo que nosotros también caemos y fracasamos.

Una vez más Jesús, que tiene autoridad para enseñar y corregir por su gran coherencia de vida, nos enseña que los valores del mundo no son los del Reino de Dios, y que sus seguidores debemos dar testimonio y ser reconocidos porque vivimos los valores del Evangelio, es decir, porque hay coherencia entre nuestra fe y nuestra vida.

Este pasaje termina cuando Jesús añade una enseñanza más: la de hacer el bien sin intereses, sin esperar gratificaciones, pagos, reconocimientos o agradecimientos. Al contrario, que todo lo que hagamos sea de corazón, desde la gratuidad, la solidaridad, la generosidad y el anonimato. Cristo hoy nos pide que nos demos y que compartamos con los que no nos devolverán el favor, ni lo agradecerán, ni lo pagarán. Cuando hagamos el bien debemos hacerlo con amor y por amor a Dios. Quien siembra con amor, Dios lo recompensará con el fruto de la vida eterna.

Emilio José Fernández, sacerdote

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