Domingo XIX del Tiempo ordinario. Ciclo A. 13 de agosto de 2023

El miedo y la duda se apropian de una comunidad cristiana que se siente amenazada en la noche de la prueba y por la ausencia de su Señor en medio de ella.


Jesús que ha terminado su jornada de anuncio del reino de Dios con la oración a solas en una montaña, baja al encuentro de los suyos que se sienten apurados y en peligro.
La débil fe impide a Pedro encontrar y llegar hasta Jesús, pero termina sintiéndose salvado y ayudado por el Señor. El Resucitado lo rescata de la muerte. Nuestra pobre fe no impide que Dios sea misericordioso.
Todo se supera con la presencia viva y resucitada del Señor, que nunca abandona a los suyos. Y la prueba, la crisis… siempre han de fortalecernos en la fe que vence a los miedos y a las dudas.

DESARROLLO
Este relato del evangelio de Mateo es la continuación de un día intenso que el autor nos ha expuesto previamente, durante el cual Jesús ha predicado, ha curado a los enfermos y ha dado de comer a la muchedumbre. Tenemos delante el prototipo de agenda diaria del Señor, en una jornada dedicada íntegramente y en intensidad al anuncio del reino de Dios; y que finaliza en la soledad y en el encuentro personal con el Padre a través de la oración. Esta actitud orante de Jesús, que precede a un acontecimiento de prueba, la encontraremos nuevamente en Getsemaní.
Indistintamente de contener unos datos históricos, la escena está llena de una simbología eclesial para catequizar y motivar a una comunidad cristiana primitiva que es cuestionada, especialmente por los judíos contemporáneos, por su fe en Jesús como Hijo de Dios; y que es perseguida por las autoridades romanas.
La barca es el símbolo de la comunidad eclesial, que navega en el mar y se enfrenta a la tempestad y a los peligros que amenazan con el hundimiento de la nave y con la muerte de sus tripulantes, encabezados por Pedro que hace de portavoz y al que se le atribuye una cierta responsabilidad.
La noche es el símbolo del desconcierto, de la falta de fe, de la prueba, de la crisis… Pero también lo es de la resurrección. Jesús domina la escena al poder caminar sobre las aguas, porque el Resucitado ha vencido a la muerte y a todas las fuerzas del mal. Es el único que nos puede proteger, salvar y ayudar cuando nos sentimos amenazados por las dificultades y las realidades de la vida que humanamente nos superan. Con el diálogo entre Jesús y Pedro, el evangelista subraya que no hay salvación sin fe, que no puedes ser ayudado sino confías. La fe es indispensable para llegar hasta Jesús.
Todos en la vida podemos tener momentos de debilidad en la fe. Para ejemplo de debilidad en la fe, el evangelista pone de protagonista a Pedro, quien debería de ser el modelo de hombre de fe recta, por el lugar destacado que ocupa en la Iglesia. Sin embargo, aquí se nos muestra como un discípulo frágil, con sus temores y sus dudas. De esta manera se nos está indicando que las dudas, los miedos, las crisis, las noches oscuras, etc., forman parte de la vida del creyente, y ello no nos incapacita para ser discípulos. La fe se vive verdaderamente en los momentos de riesgo y de vértigo, en los que es puesta a prueba. Y ahí lo importante es saber apoyarse en el Señor y pedir su ayuda, como Pedro: "Sálvame, Señor". A veces hay una distancia enorme entre el creyente que creemos ser y el que en realidad somos.
Cuando Jesús, junto con Pedro, sube a la barca, la tempestad se calma y todos, de manera solemne, hacen profesión de fe: “Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios”. Es Cristo el que le da estabilidad a la Iglesia y el que nos ayuda a vencer los miedos. Y cuando tenemos experiencia de la acción salvadora de Jesús, no porque es un héroe sino porque es Dios, también nosotros hemos de profesar lo mismo.

 

Emilio J. Fernández, sacerdote

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