Domingo XIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 27 de junio de 2021

Continuamos con el evangelista Marcos, que nos presenta en un mismo relato dos milagros que se entrecruzan y que Jesús realiza de manera simultánea en dos escenarios diferentes y hacia dos destinatarios distintos, no dejando de ser significativo que se trate de dos mujeres, que en la época no eran valoradas ni social ni religiosamente.


Estos dos milagros realizados en la misma jornada ponen de manifiesto la intensidad con la que Jesús trabaja por el Reino de Dios y la fuerza con la que este Reino de Dios se está haciendo presente, en nuestras vidas y en el mundo, con la llegada del Señor y Mesías.
Ambos signos o milagros, la curación de una mujer enferma y la resurrección de una niña, ponen de manifiesto el poder de Cristo sobre la muerte del ser humano, mostrándonos así a Jesús más allá de su humanidad: nos lo muestra desde la fe como el Señor y dador de vida.
Nos encontramos en medio del lago de Galilea y en tierra de paganos. Observamos cómo las fuerzas del mal están en el origen del caos, de la debilidad, de los peligros, de los fracasos, de los sufrimientos: de la enfermedad y de la muerte.
Aparece en escena Jesús en medio de una multitud que no le permite estar cerca de los problemas de los más vulnerables y que se convierte en un obstáculo para llegar a los problemas de los necesitados. En todo este barullo de gente aparece una mujer sin salud y empobrecida por gastarse una fortuna en médicos. Los flujos de sangre era una enfermedad que, para la mentalidad judía, suponía una impureza de la persona enferma, que tenía que padecer el rechazo de los demás, teniendo también que vivir en un aislamiento social y religioso. Padecer la frustración de no poder tener hijos, era un añadido que la hundía mucho más, porque ser madre para la mujer de la época era considerarse valiosa en la familia y era también un signo de la bendición de Dios. Si ser mujer conlleva la marginación, el sentirse anulada socialmente, el peso de esa marginación era horrible al añadirse esta enfermedad, que al mismo tiempo le hacía sentirse maldecida por Dios. ¡Cuánto sufrimiento en el corazón! Ella, que se siente impotente y que ya no confía en los médicos, sin embargo, acude a Jesús llena de fe porque considera que es el único que puede sanarla. La mujer anónima se salta la ley y todas las normas, pues nadie la podía tocar ni ella podía tocar a nadie, y se conforma con sólo tocar de manera discreta y sin ser notada el manto de Jesús. No espera que el Señor le preste atención y se interese por ella. El poder de su fe ha sido más grande y sanador que la fe puesta en los remedios de este mundo. Cuando ha sido curada, Cristo la busca y da con ella. No la reprende, sino que la admira por su enorme fe y la bendice. La fe nos permite sentir la misericordia de un Dios que no se avergüenza de nosotros, porque, es al contrario, nos quiere y ayuda.
En medio de esta historia se nos cruza otra, la de un padre con nombre propio, Jairo, un hombre de poder, de prestigio social y religioso por ser el jefe de la sinagoga. Este hombre, que se supone que lo tiene todo para ser feliz y para afrontar todo tipo de problemas de la vida, experimenta la enfermedad de su hija y acude atormentado a Jesús, pero, cuando ha podido llegar a él, por el impedimento que suponía la multitud que lo acompañaba al Maestro, su hija no sólo ha empeorado sino que ha muerto. Sus criados le traen la noticia de su fallecimiento indicándole que ya no hay nada que hacer, por lo tanto, ha muerto también la esperanza. Jesús le pide al padre una única cosa: tener fe.
Jesús se desplaza sin compañía, exceptuando la de sus discípulos de mayor confianza. En la casa donde se encontraba la niña todo huele a muerte, a dolor, a llanto, a tristeza. Nadie tiene poder sobre la muerte, tan solo Dios. Por eso, quienes veían en Jesús a un simple carpintero nunca podía esperar que hiciera signos en los que se manifestara en él el poder de Dios, liberando del sufrimiento a las personas, y menos aún el vencer a la muerte, devolviendo la vida a una niña que se suponía que por su edad debería estar llena de vitalidad. Jesús, cogiendo la mano, tocando la muerte, la levanta de la muerte y la lleva a la vida. Y en aquella casa entró la alegría y la fiesta, porque Dios es dador de vida.
La fe es un tesoro que nos abre las puertas que se cierran a falta de ella. La fe nos hace confiar en Jesús y descubrir que cuando Dios forma parte de nuestra vida, entra en nuestro corazón: ni la enfermedad, ni la muerte, ni la marginación ni los miedos nos arrebatarán la alegría y el gozo que el Dios de la vida nos aporta en un mundo en el que tenemos que afrontar, día a día, el sufrimiento, los peligros, el fracaso, la decepción, el rechazo de los demás. Con el Señor, con la fe, tenemos la fuerza para luchar, para tener esperanza y para no rendirnos, porque la fe y el encuentro personal con el Señor, liberan y te hacen participar del amor de Dios.
Emilio José Fernández, sacerdote
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