Domingo XII del Tiempo Ordinario- Ciclo B. 20 de junio de 2021

 

Continuamos con el evangelio de Marcos y con el tema del Reino de Dios. En esta ocasión no nos encontramos con una parábola sino con un milagro, y uno de los que más carga simbólica tienen. El evangelista ha respetado el origen histórico de este hecho y lo ha recubierto de una simbología para darle a esta narración un carácter más catequético.


El tema fundamental de este relato es el comparar tanto la fuerza de los miedos como la fuerza de la fe, pero esta última entendida como la confianza en Dios. Por un lado, tenemos los miedos que nos bloquean y hunden, y, por otro lado, tenemos la fe que nos salva. Jesús aparece como el que vence las amenazas que se ciernen sobre la Iglesia y sobre cada uno de los cristianos.
El relato se sitúa en el lago de Galilea o de Tiberíades, donde con frecuencia Jesús y los discípulos navegaban en barca para pescar. La acción de navegar y pescar hace referencia a la acción evangelizadora de la Iglesia, representada en la comunidad formada por el Maestro y sus discípulos. Jesús tiene la iniciativa de ir a la otra orilla del lago. Es por tanto el deseo del Señor de que también sean evangelizados los lugares donde se encuentran los paganos, en donde hay resistencia a la fe, y que, según la mentalidad judía, se trata de un espacio dominado por las fuerzas del mal.
El anochecer es el símbolo de las dudas, de la debilidad humana y de los temores o falta de seguridad. La tormenta en el mar supone un gran peligro para la embarcación y para sus vidas al poder morir ahogados. Los fuertes vientos que amenazan el equilibrio de la barca y la gran altura de las olas que pueden hundirlos, son el símbolo de las dificultades y obstáculos a los que se enfrenta la evangelización y del poder de las fuerzas del mal que quieren impedir su avance.
Todos los discípulos sienten el miedo a la tragedia, a la desaparición y a un fracaso estrepitoso. Cuanto más débil es la fe más terreno queda para los miedos, por lo que el evangelista nos trata de transmitir la siguiente enseñanza: si hay fe no hay miedos. Una enseñanza que viene aportada por una experiencia de aquellos discípulos, pero válida para los cristianos de todos los tiempos, y, obviamente, para nosotros. En medio del desconcierto y de los temores nos encontramos en la misma escena con que Jesús está durmiendo. Lo que deja una sensación en los discípulos de abandono, de silencio y de desentendimiento del Señor. Sensación, muy en común en todo ser humano y hasta creyente, de pensar que Dios, en el peligro y cuando más falta nos hace, o no está, o no nos escucha o nos abandona.
Jesús aparece, ante la impotencia humana de no poder dominar la situación, como el Señor y Salvador, que, con su autoridad y poder sobre los fenómenos naturales, controla la situación y hace que vuelva la calma, la paz y que se imponga el bien. En nuestro tiempo también sentimos cómo la Iglesia vive en peligro y con dificultades ante los desafíos que ponen en riesgo su existencia y complican su tarea evangelizadora. Hoy la humanidad también siente cómo la pandemia lo ha revuelto todo, nos ha cambiado la vida y nos ha despertado temores ante un futuro incierto y con sensación de ir a la deriva… Todo ello nos ha llevado a hacernos preguntas, como: ¿dónde está Dios?, ¿cómo Dios permite esto? ¿por qué Dios no actúa?, etc.
Este relato nos permite escuchar, incluso hoy, esa frase frecuente del Señor: “No tengáis miedo”. No tengamos miedo porque Él sigue presente y nos acompaña todos los días. Él sigue actuando incluso cuando no lo vemos o notamos su silencio. Él nos ayuda a vecen nuestros miedos al fracaso, al sufrimiento, a la verdad, a lo nuevo y a lo misterioso, a la muerte, a la pérdida de lo que tenemos y que nos da seguridad… El miedo, cuando nace de una falta de confianza, debilita la fe, nos paraliza y no nos deja ser libres.
Creer en Jesús es creer en el Señor de la vida, aunque a veces nos dé la sensación de que está dormido. La fe nos hace fuertes y no cobardes, nos hace crecer y no nos paraliza, nos hace avanzar y no nos frena, nos hace luchar y no huir. No estás solo y la fe te asegura que el Señor te ama tanto, que te acompaña y protege siempre.
Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/