Domingo IV de Cuaresma. Ciclo B. 10 de marzo de 2024

Este relato del evangelista Juan es un poco tardío en el tiempo en comparación a los otros evangelios cuya composición es mucho más anterior. Por eso este texto tiene un contenido muy elaborado y teológico, en el cual se nos hace hincapié en la divinidad de Jesucristo, como verdadero Hijo de Dios y Salvador nuestro.

 

Nos encontramos con un diálogo, a veces más monólogo, entre Jesús y Nicodemo, personaje este último que solo es mencionado en el Evangelio de Juan y que aparece descrito como un anciano judío, muy creyente, fariseo -conocedor Y fiel observante la Ley- y miembro del Sanedrín, consejo y órgano judío de poder religioso, militar, político y social.

Nicodemo busca a Jesús en la noche, posiblemente por mantener en secreto y oculta su relación con el Maestro. Pero también la noche puede tener el significado simbólico de la ausencia de la fe en Jesucristo. Por eso a Jesús se compara y representa como la Luz de los creyentes. Nicodemo y Jesús conversan, pero lo hacen con un lenguaje tan profundamente existencial y teológico que ello nos hace pensar que en lo que nos muestra el evangelista hay ya una reflexión posterior hecha por la Iglesia del momento.

Aunque ha habido muchos profetas, Jesús es presentado como aquél por el que nos vine la salvación, y para esta misión ha sido enviado por el Padre. Jesús es el Salvador universal, de la toda la humanidad. La salvación es una iniciativa que procede de Dios pero que se hace a través del Hijo. En el libro de Números vemos como una serpiente de bronce hecha por Moisés, por encargo de Dios, es elevada en un mástil y salva de la muerte. En comparación, Jesús es elevado en la cruz y su muerte, por su resurrección, nos otorga a nosotros la vida eterna. La cruz ya no es solo instrumento de tortura y muerte, sino que en Jesús se ha vuelto un instrumento de salvación que Dios ha usado. De ahí, que el Crucificado sea la máxima expresión del amor de Dios y la fuente de vida eterna para los que creen en él.

Quien cree en Jesús y solo se queda en sus categorías humanas, pero no lo acoge como el Hijo de Dios, no podrá alcanzar el Reino ni la vida eterna. Tener fe en Jesús es descubrir al Dios cercano que nos ama y que nos inunda de esperanza frente al pesimismo del fracaso, el sufrimiento, la enfermedad y hasta la misma muerte.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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