Domingo II de Cuaresma. Ciclo B. 25 de febrero de 2024

Para comprende este pasaje de la transfiguración del Señor, hemos de remontarnos a los capítulos anteriores en los que evangelista Marcos poco a poco nos muestra la crisis de identidad tanto en Jesús como en sus discípulos, ya que el mensaje del Maestro como sus actuaciones han sido un escándalo para unos y una decepción para otros.

En este punto observamos cómo la vida de Jesús ha chocado frontalmente con los intereses de los más poderosos e influyentes de la sociedad y de la religión, que pasan de ser espectadores a ser sus enemigos. Además, en su círculo más cercano, Jesús ha ido rompiendo con el anuncio de su pasión y muerte en cruz la imagen de un Mesías victorioso y poderoso. Todo ello ha supuesto la reprobación de los suyos por no comprender éstos el fracaso y el sufrimiento que conlleva el cumplimiento de la voluntad del Padre.

Esta crisis identitaria que experimenta Jesús como los suyos, no les impide continuar ese camino de la vida cuyo final es Jerusalén, donde el Mesías tiene que padecer y morir en cruz. Jesús resuelve este conflicto subiendo a la montaña con un número selecto de discípulos.

Al igual que ocurriera en el río Jordán, en la montaña, lugar simbólico de encuentro y oración, el Padre se manifiesta nuevamente como el mejor de los testigos para aclararnos la identidad verdadera de quien es su Hijo amado. Este reconocimiento es al mismo tiempo una aprobación de todo lo que Jesús ha dicho y ha hecho hasta el momento.

Así, en el monte Tabor, los discípulos que lo acompañan, ven fortalecida su fe al contemplar de forma anticipada la gloria de Jesús y su triunfo sobre la muerte que será inevitable.

De esta manera la divinidad nos revela a los discípulos de todos los tiempos que el Mesías anunciado en las Sagradas Escrituras, y del que hacen referencia las profecías y la Ley, es el Jesucristo doliente, herido y maltratado, que se hace presente y revela su amor y misericordia en nuestros calvarios, al solidarizarse con nuestros sufrimientos humanos.

Emilio J. Fernández, sacerdote

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