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Domingo I del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 28 de noviembre de 2021

Inauguramos el nuevo Año Litúrgico, correspondiente al ciclo “C”, con el comienzo del tiempo de Adviento, con el que la Iglesia nos invita a prepararnos interiormente a la celebración de la conmemoración del Nacimiento del Señor, cuya venida tuvo lugar hace más de veinte siglos, y con la misma actitud cristiana que debemos tener en nuestro presente mientras esperamos la segunda venida del Señor por él anunciada, porque toda nuestra vida es un continuo Adviento.

En este ciclo “C” del Año Litúrgico, el evangelio que nos va acompañar la mayoría de los domingos va a ser el de Lucas, como el relato que hoy será proclamado en la liturgia dominical, cuyo contenido es muy parecido al que se proclamaba hace dos domingos y que era del evangelio de Marcos. Pero cada uno de los autores sinópticos aporta sus propios matices en consonancia con las circunstancias en las que se escribe cada uno de ellos.

Durante los años de la segunda mitad del siglo primero, cuando se escribió este pasaje, la Iglesia naciente sentía la tensión entre el mal que nos acecha y que rodea nuestras vidas y el bien que se espera pero que no termina de llegar y de sentirse entre nosotros. En ese lenguaje apocalíptico que emplea Jesús, se nos describe con sucesos dramáticos lo que ocurrirá en nuestro mundo y que tendrá dimensiones universales, para anunciarnos el gran cambio que llegará con la segunda venida del Señor, que vendrá en poder y gloria, y que supondrá la implantación plena del Reino de Dios ya presente en medio de nosotros desde su primera venida. La grandeza del acontecimiento espiritual que supondrá esa venida del Señor es expresada con los sucesos naturales que acontecerán en la tierra como fuera de ella, a modo de catástrofe, y que darán paso a un mundo, a un tiempo y a un orden nuevo.

Jesús subraya ante todo la llegada de la liberación del pueblo de Dios y de la humanidad, y por lo tanto será el triunfo del Mesías y el inicio del reinado universal de Dios. A continuación, Jesús transmite a los discípulos un mensaje de tranquilidad para que eviten todo tipo de temores, ya que lo que nos transmite es la esperanza vivida con la alegría que tenemos que tener al saber que lo que nos espera en un futuro es un tiempo y una etapa de liberación en la que no primarán las noticias de dolor, de sufrimiento, de injusticias que se dan en nuestro presente, porque viviremos en la presencia del amor, de la entrega, del servicio y de la solidaridad, que ya se sienten también en la actualidad, pero que pasan desapercibidas todas estas realidades por el predominio de las tragedias, penurias y tristezas provocadas por el hambre, las guerras, la desigualdad social, etc.

Hay actitudes y actuaciones del hombre de hoy que más que construir un mundo nuevo y mejor lo que consiguen es destrozar más el mundo que tenemos, intensificando las dificultades en las relaciones humanas con la enemistad y violencia entre países, entre familiares, en la mismas comunidades de creyentes; con el empobrecimiento en aumento de países, de sociedades y de personas que viven cada vez con menos recursos y oportunidades, mientras que los que se pueden considerar privilegiados mejoran su vida y aumentan sus riquezas; la falta de libertad en sociedades donde unos pocos gobiernan desde la tiranía, la manipulación y el abuso, haciendo desaparecer los derechos de las personas, creando leyes que atentan contra la familia, contra la vida humana y que deshumanizan totalmente a las personas para hacer de ellas seres materiales e intelectuales pero sin respetar su dimensión espiritual e intentando hacer desaparecer a Dios en nuestra historia y queriéndolo colocar al margen de nuestras vidas. Ese es nuestro mundo, no nos engañemos.

Ante esta situación, humanamente llegamos a sentir una impotencia porque nosotros solos no tenemos la capacidad de invertir esa realidad para convertir este mundo y transformarlo en un reino de amor, de paz, de justicia y de libertad, como Dios siempre lo ha soñado. Un mundo en el que todos nos consideremos hermanos y trabajemos por construir una sociedad más igualitaria y más fraterna. Los creyentes entendemos que sin Dios eso nunca será posible, y, ante un mundo que parece que va a la deriva, los cristianos tenemos el garante de la fe en nuestro Señor, que nos hace tener la certeza de saber y sentir que Él no nos deja solos, y, por eso, en vez de hundirnos en el pesimismo, la desilusión y la tristeza, alzamos la mirada al cielo con esa esperanza que nos da la fe, que nos estimula a mirar al futuro desde un presente en el que hemos de construir entre todos un mundo mejor desde los valores del reino de Dios para que el Señor se haga presente en nuestro mundo, en nuestras vidas y en el corazón de cada persona. Por eso nuestro Adviento ha de ser esperar en la llegada del Reino y del amor de Dios que vence al mal.

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/