Domingo I de Cuaresma. Ciclo B. 21 de febrero de 2021

El pasado miércoles iniciábamos la Cuaresma con el antiguo rito litúrgico de la imposición de la ceniza, en recuerdo de nuestra debilidad humana y de nuestro deseo de conversión: destruir el pasado para renacer a una nueva vida en Pascua.
En el inicio de estos cuarenta días de oración y de penitencia, nos encontramos con el pasaje de las tentaciones que Jesús tuvo en el desierto al comienzo de su vida pública, tras el bautismo en el río Jordán, y que aparece en los demás evangelios sinópticos (Mateo y Lucas). Lo curioso aquí es que Marcos coloca este episodio de las tentaciones al comienzo de su evangelio, que lo cerrará con la escena de la Pasión y Muerte del Señor, ya que el último capítulo, el capítulo 16, el referente a la Resurrección del Señor, es un añadido posterior para completar los misterios de nuestra fe.


¿Qué es lo que pretende o qué intención tiene Marcos, el autor? La intención de aclararnos las causas por las que Jesús termina, como consecuencia de esas causas, muriendo crucificado. La fidelidad de Jesús al inicio de su misión a los valores del reino de Dios y a los del Evangelio como proyecto de vida que él elige en el desierto, tendrán como consecuencia la muerte en cruz. Él eligió en libertad, porque tuvo otros caminos y otras ofertas para elegir (el poder, la fama, las riquezas…), pero eligió la propuesta del Padre, y lo hizo con esa obediencia que sólo se entiende desde el amor, y en una fidelidad hasta las últimas consecuencias. Al elegir tuvo que renunciar, y esa es la tensión que percibimos que Jesús sintió en el desierto, porque no es fácil la elección cuando humanamente nos sentimos atraídos por otras propuestas de felicidad, de satisfacción y de realización personal. Y a eso es a lo que llamamos tentaciones, a lo que se nos cruza en el camino para desviarnos de nuestro destino, de nuestra misión, de nuestra voluntad inicial…
El desierto, además de ser un lugar geográfico e inhóspito, solitario, salvaje y lleno de peligros, alejado del bullicio de las grandes poblaciones, etc., es también la representación de la situación espiritual que experimenta el creyente en determinados momentos de su vida y de su camino de fe. El desierto no es sólo el lugar, sino que es ese momento de oración contemplativa, de lucha personal con uno mismo y con sus pasiones más internas para conseguir la conversión, de búsqueda de respuestas existenciales y fundamentales… En el desierto no hay distracciones ni ruidos que nos impidan el encuentro con ese silencio que posibilita la meditación, la reflexión para mirar nuestra vida pasada, para escuchar la palabra de Dios que interpela nuestra vida presente, con sus grandezas y miserias, delante del Señor. En el desierto se aprecian mejor nuestras dependencias, esclavitudes, pecados… El miedo a enfrentarnos a lo que realmente somos y a las pruebas que se nos pueden presentar, hacen que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo evitemos el desierto.
Jesús no lo evitó, lo asumió durante cuarenta días, con sus noches, al igual que el pueblo de Israel lo atravesó durante cuarenta años tras la liberación de Egipto. Esa duración de cuarenta días o años subrayan su intensidad, el hacerse un hecho inolvidable, que te marca en tu historia personal y que, cuando termina y finaliza, puedes sentirte reforzado, crecido y madurado, cuando has superado pruebas y tentaciones.
Dios y la Iglesia durante cuarenta días nos proponen a los bautizados un tiempo litúrgico que hemos de vivir espiritualmente como una etapa de desierto que nos preparará, a través de un proceso de conversión, para vivir la Pascua como nuevos y verdaderos hijos de Dios.
No debemos reducir la Cuaresmas a un conjunto de tradiciones y devociones religiosas sin más. No la podemos desaprovechar cuando es un don anual que Dios, a través de la Iglesia, nos hace para bien nuestro, especialmente de nuestra alma. Somos hijos de Dios, y también somos pecadores. Somos pecadores necesitados de conversión y de la reconciliación con Dios y con los hermanos. Necesitamos poner a punto nuestra vida, mejorar nuestra vida cristiana, experimentar la misericordia divina: necesitamos llegar a nuestra meta al final de nuestro paso por esta tierra, y esa meta es la santidad que nos permitirá participar, gracias a la misericordia del Padre y a la acción del Espíritu Santo, de la resurrección del Hijo de Dios.
Este pasaje de las tentaciones ha de ser un estímulo que nos anime a vencer, con la ayuda de Dios, las tentaciones que como seres humanos tenemos. Cristo, el Hijo de Dios, las venció primero, y las venció también por nosotros. Así él nos demuestra que, aunque vivir el Evangelio por la causa y defensa del reino de Dios no es fácil, porque esa lucha nos hace estar en una continua tensión, merece la pena lucharlo, vivirlo, desgastarse y hasta morir en fidelidad a ese reino de Dios.
Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/