Domingo 7 del Tiempo Ordinario. Ciclo a. 23 de febrero de 2020

Ante las puertas ya de la Santa Cuaresma, os invito, como cada semana, a que nos acerquemos a la Palabra de Dios que la liturgia, de este domingo VII del tiempo ordinario, nos regala y en la que Dios nos plantea un gran reto: “Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”. O con palabras del mismo Jesús: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Debemos marcar la diferencia que nos exige el ser seguidores de Cristo. Y, esto no consiste en contentarse sólo con cumplir el mínimo que establecen las leyes y las normas; no basta con cumplir los mandamientos; no basta con ser cariñosos y buenos… Hay que ir más allá: ¡Nos toca buscar la santidad, ser santos!

Y ante este reto, la tentación es pensar que nos desborda. Pero la santidad es poner amor y cariño en todo lo que se hace por pequeño o poco que sea. Un amor incondicional. Lo que sucede es que, a veces, como hijos de nuestra época, esto de los amores incondicionales, nos asusta. Y para muestra, el evangelio de hoy.

La predicación de Jesús sobre el amor resulta casi siempre atrayente; pero, cuando habla de amar a los enemigos, de querer a quien no te quiere, la cosa resulta ya desconcertante e, incluso, podemos revelarnos.

Pienso que si éste fuera el mensaje de Jesús ante “sus próximas elecciones”, sería la peor propaganda y le quitarían la mayoría absoluta y la minoría, también. Se quedaría “a cero” en las urnas porque, ¡es una provocación!... Mira que hablarnos del amor a los enemigos, cuando hoy todos, tenemos en nuestra mente imágenes de guerras, de enemistades, de enfados… La fórmula que Jesús propone es ¡como para quedarse sin público! Pero Jesús no nos dice que perdonemos, que ya es difícil, porque no es cristiano “perdono pero no olvido”, pero tampoco es cristiano “perdono, pero no amo”; porque el Señor nos reta a “amar”. En eso consiste la santidad: en amar de verdad porque el amor es lo que salva.

Ahí está nuestro reto: Amar a pesar de todo, perdonar a pesar de todo. Y la medida la tenemos en Cristo que amó hasta el extremo para morir en la cruz e, incluso, en aquel suplicio, dijo a Dios: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”.

La cruz es símbolo de amor, de perdón y de servicio infinito y no podemos perderlo de vista porque es ahí donde nos jugamos, no solo nuestra credibilidad ante la sociedad, sino sobre todo nuestra felicidad. Y es ahí donde podemos marcar la diferencia. Porque amar al simpático, al que te ha colmado de favores, al “buenazo”, al que es adorable, eso lo hace cualquiera. No es difícil. Pero, ¿es amor o complacencia? Madre, lo que se dice madre, no es sólo aquella que adora al hijo que es un encanto, que la llena de satisfacciones porque es bueno, sino también aquella que ama al hijo que es un trasto, que le ha destrozado la vida a disgustos, para regenerarle. Ésa es doblemente madre (hoy le llamamos madre coraje). A la Iglesia le basta, como mejor publicidad, el propio Evangelio en su integridad, con simplicidad -como decía San Francisco-, sin adornos ni comentarios. El Evangelio vivido y testimoniado por cada cristiano es la mejor propaganda. ¡Que es difícil! Ciertamente… Pero, por muchas campañas publicitarias que hagamos para atraer a la gente o para evitar que se vayan los que están, si no hay una vivencia auténtica de las virtudes que nos propone Cristo, no servirá de nada. Seríamos simplemente un grupo de amigos o conocidos que se reúnen, pero que podíamos hacer otra cosa. Es el amor que tenemos y nos tenemos lo que hará volver a la gente a la Iglesia, y les hará comprender que son amados por el Amor infinito de Dios. Un Amor que nos hace capaces de amar no sólo a nuestro prójimo, sino incluso a los enemigos. Porque si amamos a los que nos aman ¿qué mérito tenemos? Eso lo hacen todos.

Jesús no nos exige que sintamos ante quien nos ha robado la cartera o nos ha machacado con sus críticas lo mismo que ante quien nos ha hecho un regalo y cuida de nosotros. No nos pide los sentimientos de alegría que sentimos en presencia de quien sabemos que nos ama. Nos pide aceptación, perdón, comprensión y compasión. Y eso no son simplemente sentimientos (que son mudables) sino decisión; pues aquí entra la voluntad de querer.

Recordemos el gran ejemplo que nos dejó San Juan Pablo II, quien después de visitar en la cárcel a su agresor, Alí Agca, que le dio un tiro, dijo: “He hablado con Agca como se habla con un hermano, al que he perdonado y goza de mi confianza”.

Es verdad que no es fácil cumplir el programa que nos pone Cristo pero no es imposible para Dios, ni con la ayuda de Dios. Por eso, ¡atrevámonos a vivir en cristiano! Vivamos intensamente la fe y alimentémosla en la oración, en la Eucaristía, en la formación para dar razones de nuestra esperanza y de nuestra alegría. Sólo desde Dios y con Dios, seremos valientes para anunciar y vivir el Evangelio de la vida y del amor. ¡No tengamos miedos, ni reparos, Cristo nos acompaña hasta el final de los tiempos! Dejémonos…

Antonio Travé

MisiTiraCómica2020 13Web