III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 26 de enero de 2020

 

Continuamos en el tiempo ordinario; ya el tercer domingo; y si nos acercamos a la Palabra de Dios y, de manera especial al evangelio que se nos regala en la liturgia de hoy, descubrimos, por parte de Jesús, dos llamadas: La primera: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Quizás, después de veinte siglos, los cristianos necesitamos seguir recordando, una y otra vez, que el elemento esencial y primero de la fe cristiana consiste en seguir a Jesús. Y, ese seguimiento, no consiste en una actitud infantil de imitación, sin creatividad ni responsabilidad, como si debiéramos copiar literalmente y, desde fuera, los gestos de Jesús. Pienso en Santa Teresa de Calcuta; ella se volcó en los más postrados de la sociedad, pero lo hizo acomodándose a las circunstancias del lugar en el que vivía, creando estructuras apropiadas. Es decir: que “sigue” a Jesús, pero no le “imita” sin más. El cristiano, más que copiar lo que hizo Jesús, tiene que preguntarse: ¿Qué haría él si estuviera en mi lugar, en mis circunstancias? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

Y segunda invitación: “Convertíos porque el Reino de Dios está cerca”. Convertirse es dar un vuelco al estilo de vida que se lleva, porque, ¡seguimos igual! Porque, ¡no terminamos de vivir en plenitud! Convertirse es cambiar el corazón cansado y egoísta por un corazón renovado, entusiasmado, semejante al de Jesús.

Pero, ¿por qué nos cuesta seguir a Cristo? ¿Por qué nos cuesta comprometernos con Él y convertirnos? Y, quizá, para responder a esa cuestión, sólo es necesario una palabra: “Comodidad”.

Ese es, hoy, el gran desafío que nos presenta la sociedad: vivir cómodamente. Y no es que en sí, sea mala. ¡No! El problema viene cuando se convierte en el criterio y centro de mi vida.

No sé si alguna vez os han contado que, cuando metes una rana en una olla de agua hirviendo, al segundo de tocar el agua, la rana, salta enseguida para escapar del peligro. Pero si la metes en una olla de agua templada y la pones en el fuego y, poco a poco, se va subiendo la temperatura, la rana se va acomodando y llega un momento en el que la temperatura es tal, que la rana, sin darse cuenta, se queda dormida y muere.

Este ejemplo gráfico puede parecer simple pero ejemplifica, muy bien, cuál es la fuerza de la comodidad. Se va introduciendo poco a poco en la propia vida hasta que se adormece el alma y se va dejando de lado lo que es importante, lo que tiene que sostener nuestra existencia, siendo capaz de matar nuestra alma.

Por eso, tenemos que tomar conciencia de que la comodidad nos está aislando del compromiso a nivel apostólico. La comodidad nos impide crecer en la fe, convertirnos, seguir de verdad al Señor, sin peros ni excusas como lo hicieron los apóstoles. Porque, seguir a Jesús conlleva, en muchos casos, incomodidad. La fe no tiene porqué ser cómoda o estar sólo para cuando me viene bien o para cuando me apetece.

Miremos a Cristo: Jesús, ¿vivió cómodamente su vida? ¡No! Incluso dormía al raso, se pasaba el día de un lado a otro; por la noche no lo dejaban descansar… No era cómodo su apostolado. ¿Y nuestra fe y nuestro seguir a Jesús? ¿Lo es?

En las cuestiones de fe, hay que arriesgarse, hay que incomodarse. Sólo así se avanza en el compromiso y el apostolado; sólo así llevaremos a cabo, esa vocación a la que nos llama Jesús: de convertirnos y ser pescadores de hombres.

Antonio Travé

MisiTiraCómica2020 09Web