Vigésimo noveno Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 20 de octubre de 2019

CONSTANTES Y FIRMES EN LA ORACIÓN

La Palabra de Dios de este domingo, nos ofrece un momento privilegiado para mirar nuestra vida de creyentes y hacer balance de la manera que tenemos de orar y de entender la oración. Somos conscientes de que hay que orar, pero algo nos pasa que no acabamos de tomárnoslo en serio o sólo buscamos la oración para momentos duros.


Desde la carta de San Pablo a Timoteo (2Tim 3,14-4,2), al que considera su “verdadero hijo en la fe”, pasando por la primera lectura (Ex 17,8-13), luego el salmo (120,1-8) y terminando con el Evangelio (Lc 18,1-8), encontramos la llamada urgente de “permanecer en lo que has aprendido y se te ha confiado”, para poder producir frutos abundantes.
En nuestro tiempo actual de rápidos cambios de principios, de valores que parecen poco sólidos, de pluralidad de opiniones y pensamientos, de valorar poco las cosas, es decir, un mundo que abusa del “usar y tirar”, no está mal recordarnos y exigirnos unos a otros, la importancia que tiene, para mantener la fe, el hecho de ser constantes en la oración y firmes en la confianza de que tenemos a Jesús, el Hijo de Dios, que con su profunda humanidad nos revela la misericordia y ternura de Dios como nos cuenta, frecuentemente, todo el Evangelio de San Lucas. Un Dios que no nos deja solos ni nos olvida (“no somos seres abandonados de Dios” dice el beato A. Chevrier), un Dios que escucha el grito de los que sufren y los que están al límite; un Dios que continuamente nos ofrece su apoyo para seguir dando sentido a nuestra vida. Un apoyo que se va haciendo real y concreto cuando permanecemos en la oración, “mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel”; y de ella, sacamos fuerzas que nos ayudan en nuestra acción: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”; y el Dios cercano, guardará la vida de sus elegidos.
Además, esa oración constante y sin desanimarse, nos hace tomar conciencia de nuestras propias posibilidades, de nuestras opciones y acciones, hasta llegar a descubrirnos al Dios de los pobres siempre dispuesto a ayudar a los que sufren las injusticias. “Le voy a hacer justicia para que no venga a reventarme sin parar” –para que me deje de una vez-, que son las palabras del juez de la parábola escuchada hoy. Un juez que ni creía ni temía a Dios, pero que con la insistencia de la viuda, -considerada entre los israelitas como la más pobre entre los pobres-, es capaz de hacerle justicia a su favor. Y, esta actitud de la viuda, es la que Jesús pone como modelo para explicarle a sus discípulos, quizás también a nosotros, que es necesario “orar siempre y no desanimarse” pues así es como se recogen frutos.
La oración constante nos va poniendo, poco a poco, en manos de Dios, del Padre, como le pasó a Jesús, el Hijo. Nos va formando, modelando, para que cada vez comprendamos mejor qué quiere Dios de nosotros, qué espera de mí en el vivir de cada día.
La oración no me desentiende de mis quehaceres diarios, sino que me abre a ellos con una fuerza nueva, con una confianza renovada que me permite ser capaz de asumir cualquier reto. A su vez, voy descubriendo al Dios que me ha soñado feliz, al Dios que mantiene la esperanza, al Dios de la alegría que siente regocijo cuando se hace justicia al pobre, al excluido, al marginado. Al Dios que, por amor a enviado a su Hijo Jesús que, a su vez, nos ha dejado al Espíritu Santo para que seamos continuamente acompañados en la tarea de dar vida, mucha vida.
En resumen, al orar, no busco la eficacia, sino la confianza, el sentirme querido y valorado como veremos el próximo domingo. Esa confianza permanente que me hace poder mantenerme en mis opciones y descubriendo nuevas opciones para cada momento, pues creo que “el Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre”.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la parrochia Santa María del Socorro. Roma

PREGUNTAS:
1. ¿En qué momentos me siento inclinado a orar?
2. ¿Qué papel juega la oración en nuestra vida de fe?
3. ¿Por qué se mantiene mi vida de fe?

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.