Vigésimo sexto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 29 de septiembre de 2019

 

HACER JUSTICIA Y DAR PAN A LOS HAMBRIENTOS

Continuamos este domingo con una reflexión similar a la de la semana anterior, pues nos parece que no hemos acabado de asimilar la lección que Dios nos da sobre las riquezas de este mundo, por lo que nuevamente se nos hace pensar y reflexionar en ello. Si esto es así, será a que el tema lo requiere, porque parece que nuestra vida –según las posibilidades de cada uno- está muy centrada en el tener, poseer y acumular cosas y bienes. Decimos no ser ricos, pero admiramos y halagamos al que lo es, “su trabajo le costará” y habrá trabajado mucho para ello, se lo merece y está bien. En el fondo, se anhela ser como ellos porque pensamos que así se vive mejor y más tranquilo. La mentalidad de este mundo también nos contamina a los creyentes en el Dios de Jesús y nos cuesta trabajo salir del círculo. Una muestra de esto se refleja en el derroche que en ocasiones se hace en procesiones, objetos litúrgicos, celebraciones de bautizos, bodas, comuniones,…

Y el caso es que las riquezas son una falsa seguridad. Además, el estilo de vida que llevan los ricos es denunciado por el profeta Amós. Los llama a la conversión porque se dedican a comer, beber y pasarlo bien a costa, muchas veces, de pisotear la dignidad de los pobres y engañar al prójimo sin escrúpulos ((Amós 6,1ª.4-7).

Quien acoge el Reino de Dios puede, desde su ambiente y posibilidades, trabajar por un mundo más justo: “Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de todo eso, esmérate en la rectitud, la piedad, la fidelidad, el amor, la constancia, la delicadeza. Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna a la que fuiste llamado” (1Tim 6,11-16) y, así serás feliz y harás felices a los que te rodean.

De una manera u otra, esta Palabra de Dios nos está invitando a dar un giro total a nuestra vida para que se nos abran los ojos de nuestro corazón a la vida de los que sufren, a fin de que toda nuestra vida sea expresión de la ternura y misericordia de Dios con ellos. Vivir así es encontrar la felicidad y la vida eterna. Esto lo rezamos y pedimos en la plegaria eucarística dominical: “ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se sienta explotado y deprimido… que tu Iglesia sea un recinto de paz, justicia y amor donde todos puedan seguir esperando…”. Vivir despreocupado de la vida de los que sufren, de los pobres, no es querido por el Dios de Jesús. En definitiva, se nos remite continuamente a escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios que es capaz de mover el corazón, mucho más que cualquier aparición milagrosa o la resurrección de un muerto. Aquí y ahora nos estamos jugando nuestra suerte. En el amor que damos a cualquier persona, sea de la condición que sea, estamos expresando el amor de Dios; un Dios que ama lo pequeño, humilde y concreto; un amor que huye de lo superfluo, de las cosas, de los prestigios y el poder para hacerse cercano a todos. Un amor que se da y se recibe. Un amor que busca el ser y se opone al tener. ¿No os da la sensación de que cuanto más cosas se tienen, más inseguro se vive y más gastos se hacen en seguridad?

El dinero, la riqueza y la acumulación de bienes que lleva a desentendernos de las necesidades reales de la gente, especialmente de los empobrecidos, es duramente criticado por Jesús como algo contrapuesto al querer y obrar de Dios.

No nos engañemos más, la irrupción del Reino de Dios pide una decisión radical y urgente de conversión y opción por el pobre concreto y con nombre. Vemos en el Evangelio de hoy (Lc 16,19-31) que el pobre, que normalmente suele ser anónimo en la historia, tiene nombre (Lázaro, que significa, Dios ha ayudado), indicándonos que los desgraciados y pobres son los privilegiados de Dios (Sal 145) y aquellos que socialmente son más importantes, son anónimos ante Dios y no se les da nombre. “No se puede servir a Dios y al dinero” pues se amará a uno y se aborrecerá a otro, ¡qué verdad!

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 

PREGUNTAS:

  1. ¿Qué papel juega la Palabra de Dios en mi vida de creyente?
  2. ¿A qué nos compromete la Palabra de Dios escuchada hoy?
  3. ¿Qué nos está exigiendo el ver las situaciones de desigualdades de nuestro mundo?

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.