Vigésimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 25 de agosto de 2019

Lo venimos diciendo hace tiempo, nunca ha sido fácil vivir el evangelio, nunca ha sido fácil mantener la fe, porque ella se fundamenta en exigencias, en acciones, en convicciones, en valores, en buenos y sólidos pilares, en los máximos, es de “miras altas” y no se anda con rodeos ni con componendas fáciles que se puedan adaptar según nos convenga. Vivir el evangelio es un riesgo continuo que se hace por amor, porque merece la pena, por convencimiento y porque es portador de sentido para la vida personal y comunitaria en cualquier parte del mundo y en cualquier situación.


“Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha” (Lc 13,22-30). Está claro ¿verdad? Pues, manos a la obra, a esforzarse, a vivir el evangelio lo mejor que podamos y sepamos, a vivir las obras de misericordia en toda su amplitud que son fuente de felicidad. Las medias tintas, no son buenas; vivir en la mediocridad no es fuente de felicidad. La felicidad se consigue cuando uno lucha, cuando uno se esfuerza, cuando uno toma opciones, se decide, actúa, cuando uno pone todo su empeño en aquello que merece la pena, pues penar por lo valioso es fuente de gozo y alegría.
También es cierto que uno no es perfecto y que se comenten errores por fragilidad humana, (somos vasija de barro en manos del alfarero) por eso el Señor está dispuesto a corregirnos, aunque nos duela y nos cueste aceptarlo. “¿Qué padre no corrige a sus hijos? Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz” (Hb 12,5-7.11-13). Así es la educación si quiere ser verdadera y que produzca frutos. Ni todo está bien ni todo está mal, (los “todos” son errores cognitivos), por eso se necesita la corrección, lo que significa que, lo hacemos porque, las personas nos importan, nos preocupan y queremos lo mejor para ellas.
Pero no olvidemos que la salvación que Dios nos promete es para todo el mundo, es universal: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua” (Is 66,18-21). Así que si alguien se cree en posesión de la salvación porque pertenece a una religión (eso pensaban los judíos de la época de Jesús) y a una raza concreta, está muy equivocado, puesto que Dios la ofrece para todos con tal de que cada uno ponga de su parte y la acepte, tome partido, se comprometa y decida cumplir los mandatos del Señor, se arriesgue a conocer y seguir a Jesucristo en todos los caminos, en todo momento y circunstancia, dando testimonio, anunciando el evangelio (Sal 116), dando primacía a Dios y a los hermanos, a los prójimos.
Optar por el reino de Dios y su justicia, trastoca nuestros criterios, nuestros planes y nos pone en la tesitura de tener que optar en cada momento, de tener que cambiar nuestra conducta y nuestro modo de relacionarnos con las cosas, con las personas y con Dios. Nuestras decisiones y actuaciones han de estar motivadas por la fuerza del evangelio, aunque ello, en ocasiones, nos produzca conflictos y enfrentamientos.
Decíamos domingos atrás que, el evangelio de Jesús, no viene a traer paz, sino conflicto, porque desenmascara todo lo injusto que hay en nosotros y en la sociedad, todo lo que produce mal en el mundo y daña a las personas, porque nos pone ante alternativas y hay que elegir, arriesgar desde la propia libertad. ¡Claro! elegir no es fácil porque también supone renuncias, pero… lo vuelvo a repetir ¿quién ha dicho que vivir el evangelio y su justicia sea fácil? Por eso, “hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”, porque ni la Iglesia, ni la comunidad, ni la práctica de unas obligaciones religiosas son un salvoconducto para entrar en el Reino de Dios, hace falta decisión.
José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado, Albuñán y Cogollos
PREGUNTAS:
1. ¿Qué significa en nuestra vida entrar por la puerta estrecha?
2. ¿Cómo me hace vivir este evangelio mi compromiso cristiano?

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.