Segundo domingo de Cuaresma. Ciclo A. 8 de marzo de 2020

 

En nuestro itinerario hacia la luz pascual, que es la Cuaresma, la Iglesia nos alimenta, en este segundo domingo, con el Evangelio en que se nos relata la Transfiguración de Nuestro Señor. La Transfiguración es la meta, es el cielo, “Señor que bien se está aquí ". Pero a toda meta le precede un camino, no exento de problemas y dificultades; el domingo pasado, primero de Cuaresma, considerábamos las tentaciones de Jesús: el Señor, en su camino, tiene que luchar contra las pretensiones del Diablo.


La lucha supone vigilancia, fatiga, cansancio..., pero si el esfuerzo tiene sentido porque tenemos clara la meta, nada ni nadie nos puede apartar del camino, ni hacernos desistir de que sigamos caminando. Cristo Nuestro Señor sabe esto, sabe del escándalo que la cruz supone, y del fracaso que, humanamente hablando, significa el sufrimiento del justo. Por esto Jesús, en el monte Tabor, antes de mostrarse en el monte Calvario en la debilidad más plena, en el abandono más absoluto, se muestra a Pedro, Santiago y Juan en la gloria de su Divinidad.
Jesús habla con Moisés y Elías, hablan del camino, del Calvario, de su muerte en cruz. Y habla en la manifestación de su gloria, anticipo y preludio de su resurrección. El fin es orientar a los apóstoles, y a nosotros, a la meta para que no desistan, no desistamos, de seguir adelante cuando el viento arrecie, la lluvia caiga y la oscuridad se cierna sobre nuestras vidas.
Sí, amigos, así es: NO TENGAMOS MIEDO A PERDERLO TODO CON TAL DE GANAR A CRISTO. Que los sufrimientos de hoy, como nos recuerda el apóstol Pablo, no pesan la gloria que un día se nos descubrirá. Y los sufrimientos son esas pequeñas o grandes cosas que, en tu vida o en la mía, tenemos que soportar: la enfermedad, la vejez, la incomprensión, la mentira, la calumnia, tantos fracasos, desilusiones, frustraciones por los que nunca hubiéramos imaginado que tendríamos que pasar. Pero que, aunque no hubiéramos querido pasar por ello, ni nunca hubiéramos esperado vivir esas situaciones de dolor o contradicción, sabemos, aunque no lo comprendamos, que son necesarios en nuestra vida para purificarnos de todo y, aún de nosotros mismos, y quedarnos con lo único importante y lo único que importa: Dios, que nos revela al Hijo, y en el Hijo nos revela el Camino y la Meta, la Verdad y la Vida.
Para mí, la palabra clave del Evangelio es esta: escuchadlo, escuchar a Jesucristo.
Para entrar en la vida eterna tenemos que dejar de escuchar a los falsos mesías de este mundo, que nos lo prometen todo y no nos dan nada, y escuchar a Jesús, verdadero y único Salvador del hombre, y seguidlo cargando con nuestra cruz en pos de Él, llevando en el corazón la experiencia del Tabor y la esperanza de la resurrección. Esto requiere, en todo tiempo y lugar, y de modo especial delante del sagrario, oración. Oración intensa y extensa. Oración que nos sumerge en Dios y en su voluntad santísima, y de este modo toda nuestra existencia tendrá en Cristo su motivación y en Él nuestra felicidad y meta.

Antonio Fajardo Ruiz, párroco de san Miguel de Guadix

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