Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 2 de agosto de 2020

 

Leía hace unos días la siguiente frase: “Cuando se quiere, se puede. Y cuando no se quiere: ni se desea ni se puede”. Pienso que esta frase refleja bien la catequesis del Evangelio de este domingo: el pan y los peces multiplicados.

Nos dice Jesús: “¡Dadles vosotros de comer!” Y, quizá, en ocasiones solo salen de nuestros labios palabras de extrañeza: ¿Nosotros, Señor? ¿Y por qué? O palabras de reproche: ¿Acaso no pueden trabajar? ¿No te das cuenta, Señor, que son siempre los mismos? Cuántas veces hemos utilizado estas excusas en algún momento o en diversas situaciones que ponen a prueba la sinceridad o la falsedad de nuestra fe.

Cuando no hay voluntad, la generosidad, es difícil de llevarla a la práctica. En cambio, cuando uno sabe que la vida es más vida cuando se comparte, entonces surge espontáneamente lo mejor de nosotros mismos: la fraternidad, la preocupación por los otros, etc.

También podemos interpretar el Evangelio en clave eucarística pero, además, no olvidemos la otra vertiente: quien comulga a Jesús, está llamado a ofrecerse y a trabajar para que, los que no comen, tengan acceso a una digna alimentación. Que, los que tienen escasez de agua, puedan igualmente beber con los mismos derechos que otros que, teniéndola en abundancia, se permiten el lujo de derrocharla.

Como veis, la Palabra de Dios de este Domingo, tiene una sugerente interpretación: donde hay buena voluntad y disposición, donde existe una fe sólida y convincente, todo se multiplica y se desparrama; todo, más allá del bien personal, se acrecienta y se va haciendo extensivo en el bienestar de los demás.

Todos tenemos nuestros “personales cinco panes y dos peces”. No hay que ir al río en busca de unos, ni a la panadería en busca de los otros. En nuestro interior, en nuestras actitudes, en nuestra forma de ser, van cociéndose –un día y otro también- los panes de la caridad y de la justicia.

En nuestro talante, y en nuestras manos abiertas, es donde muchos de nuestros hermanos –hambrientos de Dios y del pan material- es donde pueden descubrir su particular pesca milagrosa. Es decir; el regalo que el Señor les da en su necesidad.

Por eso, ¿te has parado a pensar que, tú, que nosotros, somos pequeños lagos Tiberiades, laderas, campos, reuniones, amigos, mesas, etc., en los que Jesús va multiplicando los panes y los peces para que, otros tantos hombres y mujeres, puedan seguir adelante? ¿Te has parado a pensar que, tú, que nosotros, somos pequeños cestos en los que el Señor mete su hogaza para que, allá donde nos encontremos se reduplique el pan del buen compartir?

Por tanto, pongamos nuestros cinco panes y nuestros dos peces. Lo poco o lo mucho que tenemos. Y Dios, no nos quepa la menor duda, hará lo demás. El Señor sigue haciendo maravillas. Sigue haciendo de las suyas. Y, lo bueno, es que lo hace sin darnos cuenta y, muchas veces, a través de nosotros.

A veces, desde distintos puntos de vista e ideologías dominantes, se echa en cara a Dios la presencia de tantos males en el mundo: el hambre, la miseria, el tercer mundo, etc. Pero, esos que miran con recelo a Dios, olvidan lo del Evangelio de este día: “Dadles vosotros de comer”. Y es que, la mano de Dios, se prolonga, se abre, ofrece, abraza y sacia…en las manos que saben repartir, regir con justicia y cuidar a todos sin distinción. Por ello, repito lo del principio: “Cuando se quiere, se puede. Y cuando no se quiere: ni se desea ni se puede”.

 Antonio Travé

MisiTiraCómica2020 31Web

 

Modificado por última vez enDomingo, 02 Agosto 2020 08:41