Domingo III de Pascua. Ciclo A. 23 de abril de 2023

 

Jesús sigue saliendo al encuentro de quienes, cegados por el dolor, la desesperación, el fracaso y la falta de confianza, se han quedado en la cruz como signo de muerte y final.

Hay razones parar creer cuando se conocen las Sagradas Escrituras, el mensaje de Jesús, sus hechos, su muerte y hasta el anuncio de su resurrección, contado por los testigos que aseguran haberlo visto vivo. Todo ello es insuficiente cuando esperamos pruebas, cuando nos quedamos en lo meramente terreno o cuando Dios no satisface nuestras propias expectativas que nos hemos hecho de él.

Saber mirar más allá es lo que nos hace sentir su presencia resucitada en el corazón que se siente transformado cuando comprende las Escrituras, se comunica con él en la oración, lo descubre en los sacramentos, especialmente en la fracción del pan (la Eucaristía), y en la comunidad cuando compartimos la vida y acogemos al peregrino como muestra de caridad fraterna. Cristo vive, pero nos busca por un camino en donde se hace presente de otra manera: en la vivencia personal y comunitaria del amor que él nos enseñó.

 

DESARROLLO

El conocido relato de la resurrección de Jesús que nos cuenta la experiencia de los discípulos que iban camino de Emaús es más que una crónica de un suceso: es una composición catequética bien elaborada, partiendo de un hecho histórico. Y este es un ejemplo de cómo los relatos pascuales no tratan de describir de manera prodigiosa y espectacular las apariciones del Resucitado, sino, más bien, de mostrarnos los diversos caminos de la fe para encontrarnos con él.

El evangelista Lucas nos detalla aquí el camino que ha de hacer todo cristiano y toda comunidad de bautizados de todos los tiempos para descubrir la presencia de Jesús en la historia.

Partimos del testimonio de dos discípulos que han perdido la fe al contemplar el escándalo de la cruz y cuyo estado de ánimo es el reflejo de la decepción que podemos experimentar muchas veces en nuestras vidas cuando la manera de obrar de Dios nos confunde. Ellos tienen motivos para creer porque conocen las Escrituras, el mensaje de Jesús, sus actuaciones y muerte en cruz, les ha llegado la noticia de la resurrección y el testimonio de las mujeres que han confesado que está vivo. Aún así, estos discípulos se encuentran en una profunda tristeza y desorientados, porque se han quedado en la muerte y ya no les quedan esperanzas, siendo personas desilusionadas, derrotadas y atrapadas en su pensamiento de aquello que no tenía que haber sucedido. Todo ello les hace estar cegados y así no pueden ver otra cosa.

Jesús se pone en el mismo camino de estos dos discípulos, en su historia y en su realidad, y se convierte en un acompañante que hace con ellos el mismo camino. Jesús les habla al corazón, cuando al comentarles las Escrituras empiezan a despertar a un sentimiento que les hace no querer dejar de estar con el Señor, por lo que le piden que se quede con ellos. Y al sentarse para cenar sucede lo inesperado porque lo ven y lo reconocen, pues aquel peregrino desconocido resulta que es Jesús. Al hacerse ambos “prójimo” de ese caminante anónimo al que le han ofrecido techo y comida ya no son los mismo que al comienzo, porque en el amor al hermano han sentido la presencia viva de Jesús. Y al compartir la cena en la que se vuelve a realizar la fracción del pan, como sucedió en la última cena, comprenden que es en la Eucaristía donde Jesús se hace presente de una forma nueva. Es entonces cuando Jesús desaparece, porque ya no es necesaria su presencia física si lo descubrimos en el diálogo de la oración, en los sacramentos y en la caridad fraterna, es decir, acogiendo al peregrino; y en la misma comunidad, siendo hermanos.

 

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/ 

 

Modificado por última vez enDomingo, 23 Abril 2023 07:14