Domingo 14 de junio, Corpus Christi. El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo A

Jn 6, 51-58 “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

 En este Domingo celebramos la Solemnidad del Santísimo cuerpo y sangre de Cristo, una celebración muy especial en la que se realza la presencia real de nuestro Señor Jesús en el sacramento de la Eucaristía.

Todos nosotros tenemos en nuestro corazón un deseo de plenitud y eternidad, queremos tener y vivir una vida plena y hacemos todo lo posible por conseguirlo, pero nuestra experiencia nos deja ver que las cosas caducas y limitadas de este mundo no sacian plenamente en nosotros este deseo. Podemos acostumbrarnos a vivir insatisfechos o podemos detenernos y cuestionarnos ¿Cómo saciar el hambre de trascendencia que hay en mi interior?

A esta pregunta tan fundamental en nuestra vida nos responde el Señor en evangelio de este día: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… y tiene vida eterna”. Jesucristo es el sentido de nuestra vida, en Él encontramos la razón de ser de nuestra existencia, pues hemos sido creados por Dios y estamos llamados a vivir en Él, en su amor, a través de una relación personal de comunión que se hace realidad cada vez que recibimos su cuerpo y su sangre en la Sagrada Eucaristía. Es así como Jesucristo, en su inmenso amor, no solo ha entregado su vida por nuestra redención, sino que quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía para ser nuestro alimento, nuestro consuelo y fortaleza, haciéndose nuestro compañero de camino en nuestro peregrinar hacia la Jerusalén celestial.

La Sagrada Eucaristía es para nosotros, los cristianos, el tesoro más preciado, pues en ella Jesucristo se hace presente sacramentalmente; en ella, cada vez que comulgamos, recibimos a Cristo en su cuerpo, sangre, alma y divinidad, lo que se convierte para nosotros en prenda de inmortalidad y alimento de vida eterna, pues el Pan eucarístico que recibimos es el cuerpo viviente y glorioso del Señor resucitado, que engendra en nosotros la vida eterna, entendida, no como una simple prolongación de la existencia que tenemos ahora, sino como la plenitud de todos los bienes que alcanzaremos en la gloria eterna: amor, felicidad, gozo; y la ausencia de todos los males: sufrimiento, enfermedad, muerte… La eucaristía es anticipo de esta vida plena, pues al unirnos a Cristo en la comunión eucarística empezamos a vivir ya en el amor y la vida divina de Dios.

Cada comunión o adoración eucarísticas es un encuentro personal con Cristo, que exige de nuestra parte una fe sincera y un deseo profundo de encontrarnos con Él, para dejarnos trasformar por su amor y permitir que su presencia sacramental vaya configurando en nosotros sus mismos sentimientos y actitudes, para ser así, en nuestras familias y comunidades, instrumentos de verdadera unidad y amor, pues la comunión con Jesús pasa, necesariamente, por la comunión con nuestros hermanos.

JOHN ALEXANDER MELO ARÉVALO

MisiTiraCómica2020 28Web