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Cuaresma en el Corazón de Cristo. Carta Pastoral del obispo de Guadix para la Cuaresma de 2021

 

Cuaresma en el Corazón de Cristo

En el año Jubilar de San José

Carta pastoral de Mons. FRANCISCO JESÚS OROZCO MENGÍBAR, obispo de GUADIX

Curso 2020-2021. GUADIX, Cuaresma 2021

La cuaresma nos lleva hasta el Corazón de Cristo. Este tiempo de conversión, de oración, ayuno y limosna, nos quiere ayudar a seguir viviendo la presencia del Señor en la historia de nuestros días y a celebrarlo en el año litúrgico que iniciábamos en el tiempo de adviento. Es una oportunidad preciosa para vivir los grandes misterios de nuestra salvación en Cristo, de la mano de la Iglesia.

En nuestra diócesis de Guadix, vivimos este tiempo de cuaresma en el contexto del año diocesano del Corazón de Jesús. Celebramos el 75 aniversario de la entronización de su imagen, que corona la torre de nuestra Catedral, emblema de la vida espiritual diocesana y de los deseos profundos del corazón creyente: dejar que Cristo sea su verdadera corona, su auténtica esperanza y su vida plena.

Para ayudarnos a crecer en la Vida verdadera a los que hemos renacido del Agua y del Espíritu, el Papa Francisco nos ha regalado su mensaje para esta cuaresma de 2021, “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…” (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”. Nos invita a todos a asociarnos a la misión de Cristo, a su pasión, muerte y resurrección, colaborando desde la fe para que su salvación siga salvando al mundo y a los hombres en esta etapa de la historia. El itinerario cuaresmal, que ya recorremos bajo la luz de la resurrección, nos conduce hasta la noche de Pascua para renovar nuestro bautismo y acoger la novedad que el Espíritu Santo quiere forjar en nosotros, animando, nos dice el Papa, “los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo”.

1.- Cuaresma en pandemia universal.

En el marco del curso pastoral 2020-21, celebramos nuestra cuaresma como una nueva ocasión de Gracia que el Señor nos regala. Es siempre el libro de la vida, del que nos habla la Sagrada Escritura, que abre una nueva página para que podamos leer la voluntad de Dios y amarla. La cuaresma es tiempo también de escribir la respuesta de nuestra fe al Amor de Dios en nosotros. Desde nuestra libertad, llevados por la mano providente de la misericordia del Señor, descubramos su lenguaje y su presencia, que nos habla en los signos de los tiempos y en las circunstancias que vivimos. Él quiere seguir llenando de esperanza nuestra libertad.

El Covid-19 nos hace vivir circunstancias que nunca podíamos haber imaginado. Todo se ha visto alterado en nuestra forma de vivir, de relacionarnos e incluso de celebrar y testimoniar la fe. El mundo entero ha tenido que posicionarse desde otras claves para encajar este duro golpe de una pandemia que ha roto la vida de tantos seres humanos y que sigue amenazando el equilibrio mundial a todos los niveles.

El Papa Francisco en oración por la pandemia, en una Plaza de San Pedro vacía, el pasado año en el mes de marzo, nos regalaba todo un programa espiritual, realista, profundo y exigente, para esta cuaresma. Afirmaba que “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

 

2.- Sombras y retos de la fe en tiempos de especial fragilidad.

 

Hemos vivido un gran contraste, que nos sitúa en las grandes claves de la cuaresma cristiana, en el camino de la muerte a la Vida, del pecado a la Gracia, de la noche al amanecer Pascual:

2.1.- Entre las sombras que han cubierto a la humanidad, tenemos la experiencia radical de la vulnerabilidad y experiencia de límite: el miércoles de ceniza volvemos a oír la llamada a la conversión – “conviértete y cree en el Evangelio”, “polvo eres y en polvo te convertirás”-, a recordar que somos barro y que la memoria de la muerte nos devuelve a la experiencia de sentirnos limitados, necesitados y muy frágiles. Hemos experimentando la “injusticia” de tantas muertes “solas”, viendo, en el rostro de muchas personas, tambalearse el sentido de la existencia humana, la búsqueda de la comprensión del dolor y la mirada “cara a cara” de la experiencia de la finitud de la vida ante la cercanía del final de la existencia en la tierra. Sin duda que el miedo y la incertidumbre han hecho diana en el corazón del ser humano y de la convivencia. Me vienen a la mente aquellas palabras de San Juan Pablo II, que transmitían al mundo la esperanza de Cristo resucitado, que ha vencido la muerte: “No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo”. Frente a la convivencia con el miedo, tan ajena al espíritu cristiano, recuperemos la esperanza siempre en la prudencia. Es bueno recordar aquellas palabras de San Pablo que nos incrustan en el mismo Corazón de Cristo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra Gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8 35-39). El Señor Jesús ha venido para destruir nuestros miedos y hacernos vivir en la libertad de los Hijos de Dios (cf. Mt 14,27).

Llevemos al corazón las palabras del Papa Francisco en el encuentro de oración, al que he hecho referencia anteriormente: “«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela, se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

 

El Papa Francisco, en su mensaje para esta cuaresma, vuelve a recordarnos la necesidad de la conversión y a encontrar en el ayuno, la oración y la limosna, las condiciones y la mejor expresión de nuestra conversión: “ La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”.

 

2.2.- Unida a esta experiencia de finitud, también hemos experimentado el reto de la fraternidad y la comunión. Junto a la verdad desgarradora de la muerte, de la vulnerabilidad y. la soledad, que sólo se sustenta desde la fe, al mismo tiempo, junto a la cizaña ha crecido la buena semilla. Hemos sido testigos de una riada de fraternidad y de comunión, de entrega y de una solidaridad magnánima y especial por parte de muchas personas. “Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”.

 

Estas palabras del Papa nos ayudan a elevar nuestra acción de gracias en medio de la noche que atraviesa la humanidad y a descubrir en el calvario, el camino precioso para la Vida. Vivir este tiempo desgarrador como un verdadero reto a la esperanza se convierte en un camino fundamental para la Iglesia y todos los cristianos en esta cuaresma.

 

Qué gran actualidad cobran las palabras del Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Os invito a releer este documento que pareciera escrito para este momento histórico que vivimos y que sigue llamándonos a ser una Iglesia que testimonia alegría y esperanza en medio de la situación de crisis que vive nuestro mundo.

 

3.- Necesidad de conversión: Ser en Cristo. Es más importante ser que tener.

Cuaresma es el tiempo de una verdadera revisión antropológica: “¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para mirar por él? (Salmo 8,5). Es el momento de entrar en las profundidades que vertebran nuestra existencia y revisar el corazón acomodado en sus propios éxitos. Hemos olvidado las razones profundas y los porqués de nuestra vida. El hombre siempre corre el peligro de hacer mal uso de su inteligencia y de sus propios éxitos: “La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, una gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano” (GS 37).

San Juan XXIII alertaba en la encíclica Pacem in terris (1963) de estos peligros. Los adelantos de la ciencia y de la técnica pueden volverse contra el hombre, si no los usa con sentido ético y en favor de la dignidad humana: “La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo. (GS 35)”.

 

El ser humano nunca ha olvidado quien es. En sus propios pesimismos y dolencias experimenta la llamada a una verdadera “metanoia” (cambio de rumbo). El corazón que ha sido creado para las realidades trascendentes no se olvida de añorar plenitud. En medio de la noche siempre ha brillado la luz, la vocación a la felicidad con la que Dios creó al hombre. Hemos asistido al poder natural del ser humano en situaciones límite, donde la persona es capaz de sacar lo mejor de sí misma, pues está hecha para dar, para darse desde el primer momento de la creación. Y por eso hemos podido constatar servicio, entrega y solidaridad, como nunca antes habíamos constatado.

No existen tiempos mejores o menos propicios para los que creen. Todo se convierte en una oportunidad de Gracia cuando se vive desde la fe. Como decía Pablo a la comunidad de Corinto, “cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria De Dios” (1Cor 10,31) Una situación extraordinaria, como la que el mundo afronta, es una oportunidad para la evangelización. “Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo. (GS 34)”.

Los científicos han buscado un remedio para estos males y a Dios le pedimos que aliente el trabajo de quienes investigan para que sirvan al bien común. Es necesario acercar remedios técnicos a una humanidad angustiada, que además de los riesgos sanitarios de la propia vida, sufre las secuelas económicas y sociales de un parón sin precedentes en la historia de la humanidad. Pedimos por los que nos gobiernan para que busquen el bien común y atiendan especialmente a los más pobres, para que nadie aproveche las circunstancias que vivimos, si no es para hacer el bien y promocionar la dignidad de todos los seres humanos, privilegiando a los más olvidados de la tierra.  

No bastan las vacunas ni los medios humanos. La crisis es mucho más profunda. Este virus nos ha recordado la necesidad de volver a lo más verdadero del ser humano y a ponernos siempre en las manos providentes del Señor, que todo lo ordena para nuestro bien (Cf. Rm 8,28). Él nunca nos abandona en medio de las tormentas de la existencia humana y nos dará su Sabiduría, el Espíritu Santo, para poder vivir interiormente cada circunstancia personal y comunitaria, mirando a los que más sufren y custodiando a los más vulnerables e impedidos. Lo que está en crisis es el corazón del hombre, sus profundos anhelos, su esperanza y la respuesta a sus preguntas más fundamentales. Aquí está la clave de una verdadera cuaresma, de una conversión realista al Señor de la historia.

4.- Cuaresma: tiempo de filiación y fraternidad universal. Volver al Creador, al Amor primero.

 

        En Fratelli tutti el Papa Francisco nos recuerda la urgencia de volver a la armonía original que Dios quiso para el hombre y la convivencia humana desde el primer día de la creación. Cristo nos mostró definitivamente al Padre que a todos nos hace hijos y hermanos.

El camino que estamos atravesando es una interpelación a vivir, en esta cuaresma, la constante conversión para acogernos confiadamente a la misericordia de Dios. Hemos pecado apartándonos de Dios, hemos pecado destruyendo la vida en su origen y en su debilidad, hemos pecado destruyendo la familia y el matrimonio según el plan de Dios. Hemos pecado atropellando a la persona en su dignidad, abusando de su integridad, no respetando sus derechos. Hemos pecado despreciando al pobre, al emigrante, a los seres humanos tratados como objeto. Hemos pecado destruyendo la naturaleza y el medio ambiente. Hemos pecado olvidando a Dios y la vida sobrenatural. Hemos olvidado que tenemos alma y nos hemos construido desde la mentira del consumismo, del hedonismo y de la autocomplacencia. Pero Dios, que es fiel a pesar de la infidelidad de la criatura, sigue llamándonos a vivir su vida divina y a restaurar el orden destruido.

Este mundo tiene remedio, se llama Jesucristo. Jesús, el Señor, quiere hacer un mundo nuevo, una humanidad nueva, un mundo reconciliado, la civilización del amor. La presente situación debe ayudarnos a dar un paso al frente, decididos a colaborar en la edificación de esa humanidad nueva: “Invocaron al Señor en su angustia y los libró de la tribulación” (Salmo 107).

Los cristianos recordando la palabra del Señor: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis” (Jn 13,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder ante Aquel que juzgará a todos en el último día. No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando así testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los demás el misterio del amor del Padre celestial. Por esta vía, en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillará con la gloria del Señor. (GS 93)

5.- Cuaresma: camino al corazón de la fe. Recuperemos la alegría como antídoto al miedo: nacidos para la Vida.

 

En una carta remitida a las conferencias episcopales de todo el mundo, con aprobación del papa Francisco, el Cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, aseguró que “tan pronto como las circunstancias lo permitan, es necesario y urgente volver a la normalidad de la vida cristiana, que tiene como casa el edificio de la iglesia, y la celebración de la liturgia, particularmente de la Eucaristía”.

En la carta titulada “¡Volvemos con Alegría a la Eucaristía!”, el purpurado señaló que “conscientes del hecho de que Dios no abandona jamás a la humanidad que ha creado, y que incluso las pruebas más duras pueden dar frutos de Gracia, hemos aceptado la lejanía del altar del Señor como un tiempo de ayuno eucarístico, útil para redescubrir la importancia vital, la belleza y la preciosidad inconmensurable”.

Estas palabras nos devuelven al corazón de la fe, a la alegría de la Pascua, a no olvidar nunca que hemos nacido para la Vida. El Papa Francisco en su mensaje cuaresmal nos da claves certeras de este camino de Resurrección:

5.1.- Cuaresma: acoger la Verdad y ser testigos de la inteligencia del corazón.

- Este tiempo de pandemia nos ha mostrado los falsos ídolos con los que habíamos construido, desde la razón, las verdades que creímos estables para sostener nuestra felicidad. Han caído por el barro destrozadas en la desesperanza. La cuaresma nos invita a purificarnos de las mentiras de nuestra vida y de nuestro mundo para acoger y vivir la Verdad, que tiene un rostro: Jesucristo, Camino que nos lleva a la plenitud de la Vida. La cuaresma nos invita a ver con el alma, con una inteligencia que sobrepasa todos los saberes humanos. Es la inteligencia del corazón que se abre a la grandeza de Dios para hacernos nacer de nuevo a la Vida.

- Ayuno: la cuaresma es tiempo de creer, ayunando de lo que estorba. Este ayuno dilata el corazón y lo abre a quien viene para llenarnos de las grandes riquezas que tiene Aquel que viene pobre. El Papa Francisco nos recuerda que el ayuno cuaresmal nos hace desinstalarnos de todas estas mentiras que nos han hecho “querer ser como dioses” y nos devuelve a la verdad de nuestra esencia creatural y fraternal. Ayunar es vivir una pobreza aceptada que rompe con lo superfluo para ir a lo importante. Ayunar nos devuelve la mirada nítida sobre nosotros mismos, sobre el Amor de Dios y nuestra responsabilidad con el hermano. Ayunar nos permite dejarnos amar por nuestro Creador y Salvador, querer amarle nosotros y poner a los demás, especialmente a los más desfavorecidos, en el centro de nuestra caridad.

5.2.- Esperanza que se aprende en la oración: Resurrección y don del Espíritu Santo.

La pandemia universal que vivimos nos ha hecho asfixiarnos en lo inmediato, en la supervivencia de cada día. La cuaresma nos enseña, un año más, a trascender el momento presente para mirar integralmente la existencia humana y mirar nuestro “hoy” desde la meta definitiva. La Esperanza es Jesucristo que “hace nuevas todas las cosas “(Cf. Ap 21,16).

El tiempo cuaresmal nos conduce hasta la celebración del Misterio Pascual y al don del Espíritu Santo que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Nuestra Esperanza es Jesucristo, que como nos dice el Papa Francisco en esta cuaresma, “nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y Gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto”.

La cuaresma nos enseña a esperar y a tener el atrevimiento de vivir en la Esperanza, en medio de tiempos convulsos que intentan quebrarla. Es mirar la paciencia de Dios que no olvida lo que ha creado. El sacramento de la penitencia nos ayuda a vivir esta verdadera conversión que nos hace, habiendo experimentado primero el don del perdón, en testigos, “siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido”. El perdón que nosotros recibimos de Dios quiere llegar a nuestras palabras y gestos, para vivir, lo que el Papa llama bellamente “una Pascua de fraternidad”.

Este tiempo está lleno de gestos preciosos y delicados del Señor con nosotros. La cuaresma es una escuela que nos educa en la verdadera fraternidad. El Papa recoge en su mensaje cuaresmal lo que nos interpelaba a vivir en Fratelli tutti : “estemos más atentos a decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan, en lugar de palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia”.

La oración, el recogimiento y el silencio, alimentarán la esperanza, iluminando nuestro interior e inspirando el tiempo nuevo que Dios quiere vivir con su Iglesia. Nos dice el Papa que “por esto es fundamental recogerse en oración y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura”.

5.3.- Cuaresma de caridad: la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La oración, la limosna y el ayuno son los medios que la Iglesia nos ofrece en este tiempo para nuestra necesaria conversión. Por medio de ellos, Cristo nos fortalecerá en el verdadero conocimiento de quienes somos, del sentido de nuestra vida y de la caridad, que hace sentir al hermano que sufre como auténtico prójimo, a quien amamos como a nosotros mismos. El Señor quiere cambiar nuestro egoísmo y autosuficiencia en caridad, “que nos lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad” (Fratelli tutti, 187)”. Es una tarea que, en estos momentos, se convierte en una verdadera urgencia para “cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID19”.

El Papa nos invita a vivir “una cuaresma de caridad” que se alegra del crecimiento del hermano, que nos hace salir de nosotros mismos para conducirnos a la civilización del amor, a la cooperación y a la comunión. Para un cristiano no hay nada ajeno en la vida de quienes, como él, se saben hijos de un mismo Padre. Es la fraternidad universal que construye un mundo nuevo y logra “caminos eficaces de desarrollo para todos” (Fratelli tutti, 183). La limosna de lo que somos y tenemos nos hace despreocuparnos de nosotros mismos. “Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y felicidad”.

Os invito a todos a meditar el mensaje del Papa en este camino hacia la Pascua. Nos ayudará a creer, esperar y amar, dejando que el Señor cambie, en la conversión y en la oración, nuestros desiertos en verdaderos oasis. Compartir nuestros bienes, nos ayudará a “reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre”.

6.- Pasará el desierto: caminemos hacia la Tierra prometida.

La cuaresma nos muestra el camino que nos lleva del cansancio a la Esperanza. En este curso pastoral todas nuestras actividades y proyectos se han visto traspasados por la lanza del dolor, en forma de pandemia, que ha herido nuestra forma cotidiana de vivir nuestra fe. Sabemos que el Señor nos acompaña y nos da la fuerza para vivirlo todo en Él. No nos frustramos por no poder vivir nuestras programaciones. Acogemos el tiempo de Dios: “Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (cf. Lc 17,7-10).

Seguimos celebrando y poniendo en nuestro horizonte, al ritmo de las circunstancias pandémicas, que es el tiempo y la forma como Dios quiere que vivamos el presente, el año jubilar del Beato Manuel Medina Olmos; el año diocesano del Corazón de Jesús; las prioridades pastorales que nos propusimos en nuestra querida Diócesis de Guadix (jóvenes, familia-vida y laicos) y que nos ocuparán en los próximos cursos; la puesta en práctica del Congreso nacional de laicos (poscongreso); la constitución de los consejos diocesanos de familia y de jóvenes; la pastoral vocacional y la consolidación de nuestros seminarios en Guadix ; la formación y la fraternidad sacerdotal; la apertura definitiva de la casa sacerdotal y el esmero en el cuidado de los sacerdotes mayores; el camino hacia una autofinanciación y la búsqueda de recursos propios; fortalecer nuestra formación, por medio del CETEP; seguir creciendo en todas los servicios de nuestras Cáritas y seguir caminando hacia una Iglesia de los pobres para los pobres; fortalecer la Comisión diocesana de protección de menores y personas vulnerables, así como dinamizar la oficina para la protección de menores y presentación de denuncias por abusos cometidos, creando nuevos servicios que nos ayuden a actualizar lo que el papa ha indicado en el motu proprio Vos estis lux mundi; conocer y promocionar nuestra rica historia de fe desde San Torcuato y mostrar nuestra Catedral como corazón de la vida litúrgica de la Diócesis ; crecer en diocesaneidad y fortalecer nuestros vínculos con el resto de la Iglesia de España y universal; seguir trabajando en la causa de los mártires de la guerra civil española; promocionar y poner en valor nuestro rico patrimonio espiritual y cultural; trabajar para que la sinodalidad sea nuestra marca de identidad eclesial diocesana; etc. Esta es la mejor forma para alabar y dar Gracias al Señor cada día, respetando su lenguaje por medio de los signos de los tiempos. Nosotros, su Iglesia, siempre atentos, si decaer en la esperanza, y, como escribía San Ignacio, “actuando como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”.

Animo a todas las familias a ser muy generosas con Cristo en este tiempo de cuaresma: ser verdaderas Iglesias domésticas, intensificar la caridad en nuestras relaciones y a relativizar lo que no vale para priorizar lo realmente importante. Sigamos siendo testigos de la cultura de la vida en un mundo que amenaza la dignidad del ser humano en el vientre de su madre y que aprueba leyes injustas de eutanasia. Tengamos gestos que construyan y que hagan recias las raíces de nuestro amor en la familia. La delegación de familia-vida seguirá trabajando para ayudarnos a todos a vivir el evangelio de la vida y para coordinarnos en el consejo diocesano de familia, donde todos estemos representados.

Quiero tener un recuerdo especial y acentuar la llamada a orar, para quienes en estos momentos sufren alguna dolencia o están luchando en los hospitales contra el virus. Encomendamos a la eterna misericordia del Padre eterno a todos los amigos y familiares que han partido y nos han dejado heridos ante el sufrimiento y la muerte, que no pudimos acompañar físicamente. El Señor, que es bueno, sabrá recompensarles este último sacrificio que tuvieron que ofrecer en esta tierra.

Vivamos el año especial de la familia que, con motivo del quinto aniversario de la exhortación Apostólica Amoris Laetitia, ha convocado el papa Francisco. Iniciará el próximo 19 de marzo y concluirá con el Encuentro Mundial de las familias, programado en Roma para junio de 2022.

Pido a los niños que recen muchos en este tiempo cuaresmal y que acojan a Jesús como el Amigo que siempre les llena de alegría y de fiesta.

A los jóvenes les interpelo a formarse bien y a ser muy responsables en la tarea de construir, junto a sus padres y coetáneos, un mundo en el que quepan todos. No olvidéis que el futuro se construye en el esfuerzo, en los sacrificios que hacemos hoy y en la colaboración de todos..

Os ánimo, queridos jóvenes, a insertaros en las parroquias y a ser levadura en medio de la masa. Colaborad con la delegación de juventud e infancia para llevar vuestra joven fe a cada rincón de nuestra Diócesis. Preparemos nuestro interior para vivir, en agosto de 2022, la Peregrinación Europea de Jóvenes (PEJ) a Santiago de Compostela, en el año jubilar compostelano, que se prolongará un año más. Asimismo, os animo a ir calentando motores para recorrer el camino de intensa preparación pastoral y espiritual que nos llevará a celebrar la próxima Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), en Lisboa 2023. Sed protagonistas de este momento que vivimos. La Iglesia cree y espera en vosotros.

Queridos mayores, enfermos y personas más vulnerables, cada día os pongo en la patena de la Eucaristía para que sintáis a toda la Iglesia junto a vuestra cruz. Ofreced vuestra soledad y vuestras circunstancias difíciles para que el Señor, por medio de vosotros, siga salvando a tantos que en vuestras cruces saben que florece esperanza y vida para todos. Gracias por vuestra paciencia.

Elevo mi acción de Gracias y animo a seguir en este camino de entrega crucificada, a los agentes sanitarios, a las personas que están al frente de los servicios mínimos fundamentales de limpieza, supermercados, transportes, cuidados de mayores, etc., a tantos voluntarios que sirven a los demás en circunstancias que exigen incluso poner en riesgo la propia existencia.

A los miembros de Hermandades y cofradías os invito a ofrecer el sacrificio, ya por segundo año consecutivo, de no poder vivir las estaciones de penitencia en nuestras calles y os animo a vivir el momento presente como un reto, una oportunidad que el Señor ofrece para intensificar verdaderos lazos de hermandad. Guardando todos los protocolos higiénicos-sanitarios y sociales, en comunión con nuestros sacerdotes y párrocos, intensifiquemos el culto a los titulares en las sedes canónicas y vivamos en nuestras comunidades y parroquias los grandes misterios de la muerte y resurrección de Cristo. Todo esto fortalecerá nuestra vida eclesial y la salud de nuestras hermandades y cofradías. Llegarán mejores tiempos y todos podremos disfrutar, de nuevo, de la magnánima expresión de fe que, cada año, nos regaláis al testimoniar devotamente vuestra fe y lo que creemos, expresado en nuestras procesiones. Os agradezco que, en gran número, estéis formándoos en el CETEP y que hagáis de este crecimiento en la fe, por medio de las materias teológicas y espirituales, un verdadero programa interno para la vida de todos los que forman parte de la cofradía. Os agradecemos todas las campañas y actividades que tenéis en pro de las Cáritas parroquiales y diocesana, manifestando que en la caridad verdadera se expresa la verdad de lo que somos como asociación pública de fieles.

A los sacerdotes y consagrados les animo a seguir siendo fieles, a no cansarnos de servir a quienes el Señor ha puesto a nuestro cuidado. Este mundo necesita, más que nunca nuestra fidelidad, la verdadera levadura de nuestra entrega como Iglesia para hacer germinar evangelio en cada rincón. Sigamos siendo hospital de campaña en medio del mundo y de sus heridas. Gracias a los sacerdotes que han seguido en el tajo de su tarea pastoral en medio de infinitas dificultades. Estamos agradecidos a los consagrados que han olvidado el miedo y han estado al lado de los ancianos y enfermos o al frente de las instituciones educativas y asistenciales.

Nos sentimos orgullosos de todos los que han multiplicado la actividad de las Cáritas (parroquiales, interparroquiales y diocesana) con una imaginación creativa que brota de la caridad verdadera. Invito a todos a estar muy atentos a los que más sufren y nos necesitan. A través de Cáritas, que es la Iglesia que ama y cuida, todos seamos generosos y no permitamos que nuestra falta de generosidad haga indiferente la muerte de nuestro Señor en la cruz.

Bajo la custodia de San José y en las manos de la Virgen

En este Año Jubilar Josefino, que el papa ha querido regalar a toda la Iglesia, con motivo del ciento cincuenta aniversario de su proclamación como Patrono de la Iglesia católica en la Carta Apostólica Patris Corde (8-12-2020), San José, nos enseña a vivir a la perfección la misión que el Señor nos ha encomendado a cada uno en la Iglesia.

Queridos diocesanos, os animo a poner como modelo de nuestra cuaresma a San José: silencio, ternura, humildad y acogida del plan de Dios en nosotros, por medio de quienes nos rodean y de las circunstancias crucificadas.

El papa Francisco compartió, en la Jornada Mundial de las Familias en Filipinas 2015, una experiencia preciosa que podemos vivir: “En mi escritorio tengo una imagen de San José durmiendo, y durmiendo cuida a la Iglesia. Si, lo puede hacer, lo sabemos. Cuando tengo un problema, una dificultad, escribo un papelito y lo pongo debajo de San José para que lo sueñe. Esto significa para que rece por este problema”.

Santa Teresa de Jesús amaba mucho a San José y siempre le tuvo como custodio seguro: “Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él… No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido” (Vida 6,6).

Que la Virgen, esposa de San José, Madre de la Iglesia, Madre de todos los hombres, sea el espejo en que podamos vivir una cuaresma intensa, profunda y llena de la misericordia de Dios. Ella, al pie de la cruz en el calvario, es Madre de todos los que más sufren y viven la soledad. Que Ella cuide nuestros pasos y nos alcance todas las bendiciones y la Gracia de una santa cuaresma.

A todos, en esta bendita cuaresma 2021, mi afecto y bendición.

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar

Obispo de Guadix