Reseña sobre las misiones de La Calahorra celebradas en 1899 por los padres Redentoristas de Granada

Año 1899. El párroco de La Calahorra D. Antº Gámez Barragán envía al obispo D. Maximiano Fernández del Rincón una reseña sobre el desarrollo de la Santa Misión de los PP. Redentoristas de Granada

Desde el s. XVIII hasta mediados del s. XX la Santa Misión se ha entendido como una actuación extraordinaria por parte de los “enviados de la Iglesia”, los misioneros,  para conseguir, a lo largo de varios días, una conversión emotiva y vibrante de los cristianos.
Para determinar el sentido de “La Santa Misión” tenemos que remontarnos hasta el siglo XIII, en el que determinados frailes dominicos y franciscanos recorrían las ciudades y los pueblos predicando el verdadero sentido del Evangelio y las virtudes de la salvación, siempre a través de la conversión y del arrepentimiento en el confesionario. Sin embargo, las misiones no adquirirían la forma sustancial con la que llegaron a nuestros días hasta el siglo XVI, siendo San Ignacio de Loyola, con sus “Ejercicios Espirituales”, quien más contribuyó a ello. A éste le seguirían, entre otros, San Vicente Paul, en el s. XVII y S. Antonio María Claret en el XIX.

Los objetivos de las Santas Misiones  eran instruir al pueblo a través de sermones, conferencias y estudio del catecismo, siendo sus actos principales el rosario de la aurora, el sermón de la mañana, la catequesis, las confesiones, las comuniones, las visitas a las escuelas, a los enfermos, a los pobres, a los presos... y las procesiones entre las que destacaba el Vía Crucis en caso de que las fechas de la “Misión” coincidieran con la Semana Santa.

Los misioneros eran recibidos con grandes muestras de cariño y de alegría por el párroco, autoridades, asociaciones piadosas y el pueblo en masa, dirigiéndose seguidamente a la iglesia entonando cánticos de Misión. 

Los encargados de anunciar el inicio de la “Santa Misión” eran los propios obispos de cada diócesis a través de un edicto, donde, además, aprovechaban para anunciar las indulgencias plenarias que alcanzarían los fieles participantes.

En el pueblo de La Calahorra hubo “misiones” el año 1899 y al finalizar, el párroco D. Antonio Gámez Barragán, envió al Obispo, que por entonces era D. Maximiano Fernández del Rincón, un informe para que conociera cómo se habían desarrollado y los frutos espirituales tan abundantes que se habían conseguido. Este es el escrito que le dirigió:


“Excmo. e Ilmo. Señor Obispo de esta diócesis

Admirador del celo de V.E. por el bien de las almas que la Providencia ha puesto bajo su pastoral tutela y lleno de religioso entusiasmo, en nombre de toda esta feligresía, me dirijo a V.E. para expresarle nuestro agradecimiento por los copiosos y óptimos frutos espirituales que en esta parroquia ha producido la Sta. Misión llevada a cabo por los hijos del ínclito doctor de la Iglesia S. Alfonso Mª de Ligorio,  RR. PP. Salvador y Gómez

Dígnese V.E.I permitir que haga siquiera una breve reseña de lo abierto que han estado  los erarios de la misericordia del Altísimo en los veinte y un día que han permanecido entre nosotros los enviados del Señor

Desde el momento en que se supo el día fijo de la llegada de los Padres Misioneros ya este fervoroso vecindario daba anticipados indicios de la favorable acogida que habían de tener y en efecto a las cinco de la tarde del diez y ocho del pasado septiembre,-previo la invitación de autoridades, cofradías, colegios y Guardia Civil de este puesto-, un repique general de campanas anunciaba que los PP. Redentoristas pisaban por vez primera las entradas de este pueblo. Los fieles en masa salieron a su encuentro haciéndoles tan solemne recepción que hasta la naturaleza parecía amenizar tan solemne acto, porque bajo la azulada bóveda de un límpido cielo se destacaban a la izquierda las colinas y crestas de Sierra Nevada, orladas de franjas de oro al hundirse el sol en occidente; a la derecha se alzaba, cual gigantesca obra, el vetusto y célebre castillo de los Excmos. Señores Marqueses de Lombay, cuyos elevados torreones parecen transmitir a la posteridad la aserción histórica de Fianza? de ser La Calahorra pueblo señorial del celebérrimo Conde D. Julián y cuyas piedras cortadas por el acero del soldado en los tiempos del feudalismo presenciaban una de las escenas más tiernas del cristianismo, pues al frente apareció el pueblo con autoridades y corporaciones que reciben a los Padres entre el melodioso cantar de angelicales voces que entonaban los niños como recuerdo inolvidable de anteriores misiones.

Al entregar a los PP. el crucifijo, gritos de júbilo principian a poblar los aires, aclamaciones entusiastas flotan en torno de aquellos dos enviados del Altísimo y fue tal el general alborozo que en los labios de los fieles, como en los ámbitos del espacio,  parecían resonar aquellas bíblicas exclamaciones: ¡Quam spetiosi sunt pedes evangelizantium pacis, evangelizantium bona! ¡Qué hermosos son los pasos de los que evangelizan la paz y el bien!

Procediendo en fervorosa procesión llegamos al templo parroquial en que después de breve meditación, ocupa la sagrada cátedra el Rvdo. P. Salvador quien desde su primera palabra manifiesta aquel celo sincero de las almas para gloria de quien las creó y redimió despreciando todo otro interés, como recomienda el coronado profeta

Desde aquella noche en que dio principio la Sta. Misión, mis queridos feligreses  fueron tan solícitos en oír la divina palabra que en todos los actos se vio invadido el templo hasta el punto que los Stos. Misioneros enfervorizados por tan completa asistencia, al desenvolver su plan, dan rienda suelta a su apostólico celo y sus palabras aparecen saturadas de amor, de aquel amor lleno de ternura en que Jesús corría tras la oveja perdida, de aquel amor paternal con que Jesús recibía al desdichado hijo pródigo, de aquel amor infatigable con que Jesús olvidaba el cansancio, el hambre y la sed por salvar la pecadora de Samaría, de aquel amor generoso que regaba de lágrimas la divina mejilla de Jesús al ver la suerte que habría de caber a la ingrata Jerusalén.

El estilo de estos santos misioneros es tan popular, familiar y sencillo que sus palabras hacen de la palabra divina  tenue leche para los niños y sólido alimento para el hombre maduro y adulto y sus reglamentarias funciones son tan patéticas que hacen arrancar abundantes lágrimas del más empedernido corazón, pues principalmente la función del desagravio, el rico y el pobre, el joven y el anciano, el ignorante y el sabio, el pueblo entero, el coadjutor y el párroco, todos rodando abundantes lágrimas de contrición por nuestras mejillas, nos abrazamos y generosamente nos perdonamos.

Las tres comuniones generales de hombres,  mujeres y niños fue un público testimonio de los abundantes y copiosos frutos espirituales que habían caído, cual celestial rocío sobre estas fervorosas almas que con verdadera ansiedad recibieron en su mayor parte, por dos veces, mil ciento sesenta y seis almas el confortador pan de los Ángeles.

Preparados así los ánimos, Excmo Sr., es imposible hacer ni aún el más pequeño bosquejo de la última función a la Sta. Cruz de Misión, porque en ella el entusiasmo religioso rayó en delirio; los cánticos a la Sta. Cruz, ensayados por el P. Salvador, la multitud de banderas, el uniforme de los soldados de caballería e infantería, al mando de sus jefes y al toque de corneta y redoblante, todo concurría a dar a la función un carácter imponente y majestuoso que hacía rebosar de todo corazón la más fervorosa alegría.

Concluida la procesión ocupó la cátedra el joven y virtuoso P. Gómez quien con su arrebatadora elocuencia nos hizo comprender la devoción que debíamos conservar a la Santa Enseña, al madero Santo de la Cruz que nos dejaban como recuerdo imperecedero de tan fervorosa misión; y al bajarse el P. Gómez vimos por última vez en la cátedra del Espíritu Santo al no menos virtuoso y elocuente P. Salvador que con su sencilla, pero saturada palabra de función evangélica, nos hizo prometer con juramento que observaríamos con más fervor la ley divina, el destierro de la blasfemia y especialmente la santificación de las fiestas, concluyendo con palabras de agradecimiento y con un último adiós que hizo arrancar abundantes lágrimas que se reprodujeron a la no menos solemne despedida de los beneméritos hijos de S. Alfonso.

Bendecido sea Dios Ntro. Señor por los celestiales beneficios que nos ha concedido en esta Sta. Misión y para concluir esta mal coordinada reseña dígnese V.E. admitir en nombre de todo mi pueblo un voto expresivo de gracias.

Gracias mil a V.E.I. por el feliz acuerdo de enviarnos los evangelizadores de la paz celestial y porque con su carácter ferviente y activo supo allanar todas las dificultades desplegando en bien de sus diocesanos su solicitud pastoral.

Gracias también a los Rvdos. PP. Misioneros que han sabido, como sus hermanos de allende los mares, colmar de bendiciones celestiales esta hoy dichosa feligresía.

Gracias igualmente a todo mi pueblo que cual campo labrado anualmente con abundante predicación y dispuesto a recoger la semilla de la divina palabra han merecido ser citados como ejemplares de docilidad, sumisión y obediencia por los PP. en el vecino pueblo de Alquife.

Gracias finalmente a este cristiano municipio cuyo alcalde presidente D. Juan López Alcalde tuvo la idea de recolectar algún óbolo para ayudar a los gastos del párroco y que por acuerdo de este se transfirió en beneficio de la casa de Granada de los Rvdos. PP.

Con profunda reverencia besa el anillo pastoral de V.E.I. y ruega a Dios conserve su preciosa vida el menor y más indigno de sus ministros.

La Calahorra 12 de Octubre de 1899

Firmado Dr. Antº Gámez Barragán

            Fuente: Archivo Histórico Diocesano de Guadix

            Autor: José Rivera