Vigésimo tercer Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 9 de septiembre de 2018

 

LA FE SE PROLONGA EN LA CERCANÍA FÍSICA Y PERSONAL A LOS POBRES

Más claro no se puede decir: El seguimiento de Jesús implica el servicio a los pobres. Lo hemos escuchado en todas las lecturas de hoy. Dios es la esperanza de los pobres (Is 35,4-7a y Salmo 145); Dios ha escogido a los pobres, a la gente que el mundo no aprecia (refugiados, drogadictos, sin techo, marginados, gitanos y negros pobres, hambrientos…) e invierte los valores (Sant 2,1-5); “hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,31-37), que en tiempos de Jesús eran enfermedades consideradas un castigo divino, por lo que quienes las sufrían quedaban excluidos de la comunidad y nadie podía tener contacto con ellos ¡qué disparate!

Jesús cura al sordo y mudo, le devuelve la salud y, a su vez, lo reintegra a la vida social y a sus derechos religiosos, dejando de ser un marginado. Así es Jesús y así se manifiesta el Reino de Dios provocando adhesiones y rechazos.

El Evangelio del domingo pasado y éste, pertenecen a una parte del Evangelio de Marcos conocida como “sección de los panes” (Mc 6,30-8,26) debido a las constantes referencias al pan. Ese pan, Jesús, es el pan de salvación que Dios ofrece -para todos y no sólo para los judíos-, como el buen pan que se comparte y se reparte alimentando a todo el que quiera. Pero, para ello, cada cual ha de “abrir” (effatá) su boca y sus oídos para escuchar lo que Jesús comunica, “mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effatá (esto es ábrete)”.

Es necesario abrir nuestros sentidos, lo más profundo de nuestras entrañas y que se conmuevan, para abrirnos a los demás. Es necesario escuchar a Dios y escuchar a los que nos rodean en sus necesidades concretas. No podemos vivir nuestra fe como si fuéramos sordos y mudos, pues ello nos encierra en nosotros mismos y nos impide comunicarnos, además de hacernos insensibles al clamor de los que sufren. Más bien hemos de vivir en constante apertura y escucha activa, porque no es lo mismo oír que escuchar.

El que escucha tiene su corazón atento a lo que el otro pueda desear y a lo que Dios pueda querer para ellos. Sin embargo, el que sólo oye, no se deja impresionar por lo que le rodea. El que escucha activamente toma partido, opina, exige y se compromete; y siempre del lado del desfavorecido, de denuncia ante la desigualdad social, de crítica ante justificaciones políticas sin sentido, de reclamo permanente de justicia y paz.

Si veíamos el domingo pasado que no hay alimentos impuros, hoy vemos que tampoco hay personas impuras. Por eso Jesús, simbólicamente, deja el territorio judío y se va al territorio considerado pagano para los judíos observantes de la ley. Y aquí actúa a favor de las personas devolviéndoles la salud, la vida, desde la cercanía y el contacto personal y físico. ¡Cuántos marginados de nuestra sociedad están esperando de nosotros esa cercanía física y personal! Un abrazo, un beso, un coger la mano, levantan y dignifican más a las personas que todo el oro del mundo (“No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazoreo, ponte a andar”, Hch 3,6).

Así lo vivimos en nuestro día a día diario al encontrarnos con personas con problemas de drogas y adicciones o de cualquier tipo. Es saber que cuento contigo, que no temo “la impureza” ni el contagio, sino que espero del otro lo mejor sin juzgarle ni ofenderle en su dignidad humana.

Jesús, en su actuar misericordioso y subversivo, inaugura un pueblo nuevo donde nadie es marginado por su raza o cultura; un pueblo nuevo donde todos pueden escuchar y alabar a Dios sean de la condición que sean; un pueblo nuevo donde todos pueden tomar la palabra y hablar en su nombre por todos los pueblos; un pueblo donde desaparece la separación entre sagrado y profano; un pueblo donde sólo tiene valor la defensa radical de la vida en todas sus manifestaciones.
José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

PREGUNTAS:
1. ¿Con qué personas o grupos no me abro ni me comunico? ¿Por qué?
2. ¿A qué me compromete el “escuchar” a Jesús?
3. ¿Qué trabas y bloqueos me han impedido responder a lo que el Señor me pide?
4. ¿Qué esperanzas despierta este evangelio en mi vida?

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

 

Modificado por última vez enDomingo, 09 Septiembre 2018 08:00