Vigésimo domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 19 de agosto de 2018

 

“GUSTAD Y VED QUE BUENO ES EL SEÑOR” (Sal 33)

Seguimos con el discurso de Jesús sobre el verdadero pan que da la vida. Seguimos hablando de alimentos, seguimos en términos eucarísticos. Seguimos encontrándonos con el Dios de Jesús a través de los sentidos: oíd, gustad, tomad, comed, bebed… Dios se pone a nuestro alcance para que lo podamos escuchar, comer, beber, gustar.

“Es verdad que necesitamos y tenemos derecho al pan de cada día -¡ya lo rezamos y pedimos en el Padrenuestro!-, porque tenemos derecho a la vida. De sobra lo sabe Jesús. ¡Ojalá todas las personas tuvieran el pan de cada día! ¡Ojalá se repartiera justa y equitativamente para que terminara el hambre en el mundo! Esto es posible cuando hay conciencia ética y voluntad política. Pero aún en ese caso quedaría pendiente una exigencia de las enseñanzas de Jesús: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca de Dios… quien se alimenta de este pan llena la vida de sentido, no morirá, vivirá para siempre porque tendrá profundas razones para vivir y ser feliz” (cf. Jn 6,51-58). 

La Eucaristía no puede ser un acto privado de devoción, sin implicaciones concretas en nuestra vida social y comunitaria. Celebrar la Eucaristía no puede dejarnos indiferentes. “Lo que celebramos (en la fracción del pan) es algo misterioso: el don de la vida. La única comparación que se me ocurre es la del niño en el vientre de su madre, que vive gracias a ella. Jesús dice algo parecido: quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Y como él tiene vida eterna, la que recibe del Padre, termina diciendo: Quien coma de este pan vivirá para siempre. Celebrar la acción de gracias es mucho más que un recuerdo de lo que Jesús hizo y de que Jesús volverá. Significa alimentarnos de la vida eterna que Él tiene” (José Luis Sicre).
La invitación que nos hace el salmista de gustar y de ver lo bueno que es el Señor tiene que resonarnos continuamente y hemos de hacerle caso. Hay que saborear a Jesucristo en nuestras vidas, asimilar su palabra y su obra para hacerlas nuestras y reproducirlas con nuestra vida porque aquí radica la vida eterna. Participar del banquete al que Jesús nos invita es llegar a ser como el, pan partido y repartido por amor. Hemos de darnos cuenta de “lo que el Señor quiere” (Ef 15,15-20; Prov 9,1-6) para no ser insensatos, sino sensatos que se dejan llenar del Espíritu de Jesús porque trae plenitud, lo que es motivo de acción de gracias en todo momento y circunstancias.
“Podemos ser “tragones de hostias –formas consagradas-”, que no alimentan por no digerir bien el alimento que tomamos en cada Eucaristía. Una buena digestión implica comunión personal con Jesús, estableciendo una relación personal con él, de persona a persona, compartiendo sus sentimientos y deseos. Comulgar implica unirse a ese movimiento pascual que realizó Jesús para poner en sus manos nuestra vida concreta para que la entregue al Padre” (Antonio Rodríguez Carmona), lo mismo que Él se entregó.
Dios quiere hacerse presente y ofrecerse en las realidades cotidianas que están al alcance de nuestros sentidos. Quizás nos cueste entender esto bien. Pero Dios es así.

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

PREGUNTAS:
1. ¿Qué consecuencias tienen el comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús?
2. ¿Cómo nos impulsa la Eucaristía a entregarnos a los demás a imagen de Cristo?

 

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

 

 

Modificado por última vez enDomingo, 19 Agosto 2018 08:48