Cuarto Domingo de Cuaresma. Ciclo B. Domingo “LAETARE”. 11 de marzo de 2018

 

DIOS SIEMPRE ESTÁ PENDIENTE DE NOSOTROS Y NOS AMA

Ya hemos superado una buena parte de nuestro camino cuaresmal. Ahora, seguimos aquí, Señor, para “hacer tu voluntad” porque sentimos muy cerca el amor que nos tienes a través de tu Hijo Jesús que no vino a condenar, sino a salvar (Jn 3,14-21); a alentar nuestra vida para “que nos dediquemos a las buenas obras” (Ef 2,4-10).
Si el Evangelio del domingo pasado nos invitaba a revisar nuestro culto, hoy nos anima a explorar nuestra fe en Jesús y nuestro estilo de vida. Si Jesús ha venido para salvar a todos, depende de nosotros discernir entre la luz y la tiniebla. Es nuestra responsabilidad.


Así el salmista dirá “que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti” (Sal 136) y, quizás, nosotros tengamos que callar porque algo de esto nos esté ocurriendo. Pero, no puede dominar en nosotros el pesimismo o la depresión. No hay tiempo para ello porque hay mucho por hacer y aprender; porque el amor de Dios es constante y permanece en todo momento. Ahora bien, nunca podremos olvidar que en ello va nuestra propia responsabilidad y decisión personal. Si queremos ser adultos asumamos nuestra parte de responsabilidad y seamos consecuentes.
Escuchamos hoy, la parte final del relato de la visita de Nicodemo a Jesús que se narra en Juan, 3. Jesús, tras un diálogo fluido con Nicodemo, toma la palabra y expone su mensaje: Dios entregó a su Hijo para que todos los hombres y mujeres que había creado, creyendo en él, tuvieran vida eterna.
Para San Juan, “la elevación en la cruz expresa el triunfo definitivo de Jesús, el momento de su glorificación. Desde ella, Jesús da la vida eterna a la humanidad”. La voluntad de Dios es la salvación de todo ser humano, pero está en la decisión de cada uno aceptar o no. Una decisión que vamos concretando en las opciones personales de cada momento. “Cuando adoramos la cruz, no ensalzamos el sufrimiento y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el fondo. No es el sufrimiento el que salva, sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa de cada ser humano. Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar con masoquismo el sufrimiento, sino saber acercarse a los que sufren (los crucificados de la historia) solidarizándose con ellos hasta las últimas consecuencias”, sin olvidar que, como Jesús, a una vida crucificada, vivida con su mismo espíritu de amor, fraternidad y solidaridad, sólo le espera resurrección.
Cuando Nicodemo escuchó esto, habiendo acudido a Jesús de noche, quedó deslumbrado porque era un hombre abierto a la luz que encontró a un Dios plenamente humano. ¿No tendría que ocurrirnos a nosotros algo parecido? ¿No exige el aprendizaje de la fe unas actitudes de búsqueda y de honestidad, de coherencia y fidelidad, de confianza y de dedicación de tiempo, de realizar la verdad y practicar la justicia, el amor y la cercanía a los que más sufren en nuestro mundo, a las realidades de pobreza, de emigración, de soledad, de abandono, de precariedad en el trabajo, de maltrato a niños y mujeres, de desprecio a los refugiados…?
Pero mirando a nuestro alrededor, parece que nos domina el pesimismo y que no estamos convencidos de que creer en Jesucristo es tener vida eterna, es decir, vivir desde ya algo nuevo y definitivo que no muere. Se nos olvidó que Dios está cercano al mundo, a cada persona y nos ama sin condiciones, que sostiene nuestra vida llamándonos con urgencia a una vida más plena y más libre, abriendo nuevas posibilidades en nuestro vivir diario.

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

 


PREGUNTAS:
1. ¿Qué sentido puede tener fijar los ojos en una persona crucificada en una sociedad que busca apasionadamente el confort, la comodidad, el máximo bienestar?
2. ¿Qué podemos hacer para crecer en nuestra vida de fe?

Signos gestos: Hacer una oración diaria diciendo “tanto amó Dios a… (Nuestro nombre) que entregó a su único Hijo”.

 

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

 

 

Modificado por última vez enDomingo, 11 Marzo 2018 07:43