Cuarto Domingo de Cuaresma. Ciclo A. 26 de marzo de 2017 Destacado

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

LUZ DE MEDIODÍA

Si el domingo pasado estábamos invitados a centrarnos en el signo del agua, este domingo estamos invitados a reflexionar sobre otro signo: el signo de la luz.

No sé si hemos caído en la cuenta alguna vez, -me imagino que si-, que en el medio día (eso de las 12 horas en adelante), es cuando la luz del día está más fuerte y más luminosa, principalmente, si es un día claro y soleado. Pues bien, dice el profeta Isaías (58, 6-10) que, si tu vida está pendiente del hermano que sufre, del hermano que tiene hambre, del hermano abandonado, del hermano encarcelado, del hermano refugiado, del esclavizado por la droga, por el trabajo, por el dinero, en definitiva, si estás pendiente del hermano que tiene cualquier tipo de necesidades, entonces “la noche de tu vida, será luz de mediodía”, es decir, que tu vida resplandecerá y será luz para ti y para lo que te rodean porque la bondad, la justicia, y la verdad están contigo. Además, este es el mensaje esperanzador de San Pablo al invitarnos a caminar como hijos de la luz, “buscando lo que agrada al Señor” (Ef 5,8-14) y, el mensaje de la primera lectura de hoy que nos exhorta a no fijarnos en las apariencias, sino mirar el corazón de las personas minuciosamente (1Sam 16,1b.6-7.10-13a).

Por otra parte, el Evangelio de San Juan de este domingo, quiere hacernos caer en la cuenta que Jesús es “la luz del mundo” y, la salvación que él trae implica sumergirse en la piscina de Siloé (Enviado) para lavarse y ver (Bautismo). Esto quiere decir que, por nuestro propio Bautismo, somos enviados para ser luz del mundo y testimoniar la presencia luminosa de Jesús que ha venido al mundo para dar luz y vida en abundancia, aunque siempre habrá quienes lo rechacen y no lo crean. Jesús será luz para aquellos que reconocen su oscuridad y la necesidad que tienen de ser iluminados, será luz para los que hacen la experiencia de búsqueda y encuentro, para aquellos que superando todo tipo de prueba y rechazo, lo reconocen como Señor. Será luz para los que, aun siendo rechazados y expulsados de las “Iglesias”, trabajan por la justicia, la dignidad y la liberación de los hombres y mujeres concretos. Esto es lo que le ocurrió al ciego de nacimiento que contemplamos en el Evangelio (Jn 9,1-41): pasó de ver a Jesús como “ese hombre”, como “hombre de Dios” y como “profeta”, a verlo como el “Señor” y el que le dio la vista orientándolo en la vida y dándole sentido a su vivir. Los demás personajes del texto evangélico no llegan a descubrir esta luz, sino que se quedan en la superficie y no se interrogan más allá de lo que ven (los vecinos), o creen lo que ven, pero no testimonian por miedo (los padres del ciego) y, otros se interrogan, pero no creen (los fariseos). Ha sido el ciego (un pecador), quien al interrogarse, cree y da testimonio, convirtiéndose, desde ese momento, en modelo de creyente para todos nosotros, en “iluminado” que pasa de la ceguera a la luz.

Y si esta fue la experiencia vivida por el ciego hasta encontrarse con el Dios de la luz, será también nuestra experiencia y nuestro itinerario, que no estará exento de contradicciones y rechazos, para pasar, de un cristianismo heredado y lleno de ciertos cumplimientos y convencionalismos, a un cristianismo vivido y centrado en la experiencia personal de encuentro con Jesús muerto y resucitado, que es agua viva que calma la sed y luz del mundo que quita la ceguera. Hablamos de un encuentro con el Dios de Jesús, que nos envía al mundo para desterrar de él toda ceguera que impida el avance y desarrollo de las personas y de los pueblos, aunque ello nos suponga desprecios, rechazos, expulsiones e incomprensiones. Será un encuentro con Jesús que nos lleva a mirar más allá de las apariencias, para poder encontrar lo profundo de cada persona y lo hondo de cada acontecimiento.

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

PREGUNTAS:

1.            ¿Qué cegueras percibes en ti, en la sociedad, en la Iglesia, en tu grupo?

2.            ¿Qué luces percibes en ti, en la sociedad, en la Iglesia, en tu grupo?

3.            ¿A qué me compromete el ser testigo de la luz? ¿Dónde centrar nuestra mirada?