III Domingo de Cuaresma. Ciclo A. 19 de marzo de 2017

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

EL AGUA QUE QUITA LA SED

Las noticias nos hablan del cambio climático y las dificultades que, algunas regiones del planeta, están sufriendo por la escasez o la falta de agua. El caso es que el agua está convirtiéndose en un bien muy preciado y escaso, que nos está obligando a cuidarlo y a pedirlo con insistencia en más de una ocasión.

El pueblo de Israel casi apedrea a Moisés (Ex 17,3-7) cuando sufren tortura por la sed y protestan porque les falta agua. Tiene que intervenir Dios para hacerles ver que su promesa sigue en pie y que no los ha abandonado. Si el agua les salvó en otras ocasiones (diluvio, paso del Mar Rojo), ahora también va a ser posible.

“Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,1-2.5-9). En el Nuevo Testamento el agua expresa, simbólicamente, el don del Espíritu para una nueva humanidad. Pero, para poderlo recibir, hace falta tener sed y buscar sinceramente la fuente del agua pura que es capaz de calmar todas sed. Así le ocurrió a la mujer de Samaría y, por ello, va a buscar agua al pozo de Jacob en Sicar. También Jesús, sintió sed y acude a buscar agua. Son dos sedientos los que se encuentran y se ponen a hablar porque buscan algo en común, sólo que las necesidades son distintas. Para uno, Jesús, es una simple parada en el camino, -“Jesús agotado del camino, se sentó sin más junto al pozo”- (Jn 4,7a) para reponer fuerzas de algo que ya se vive y goza, como es el amor de Dios, motor de su vida y fuente de felicidad. Para otro, la Samaritana, es una búsqueda frecuente y rutinaria necesaria para vivir, pero que no se colma –“una mujer de Samaría llega a sacar agua”- (Jn 4,7b), por lo que continuamente ha de ir a llenar su cántaro. Y es aquí donde se produce el encuentro, dado que hay necesidad y también búsqueda.

Todos andamos buscando donde saciar la sed de felicidad, plenitud, gozo y paz, pero la saciamos en pozos equivocados: lujo, poder, dinero, droga, fama, prestigio, etc. que no llegan a calmar la sed, pero sí que nos hacen dependientes de ellos y nos privan de la libertad necesaria para vivir con dignidad y con gozo.

Hace falta mucha valentía para decir “dame de beber” (Jn 4,7.15). Por una parte, Jesús pide de beber a una mujer de samaria (mujer y pagana) saltándose todo tipo de prejuicios y consideraciones legales judías, porque va en búsqueda de la persona concreta, esté en la situación que esté y sea lo que sea, porque a Jesús le interesa entablar un diálogo que llegue a la “curación” y salvación de las personas, restableciéndoles el sentido de la vida. Por otra parte, la mujer lepide de beber a Jesús porque ha encontrado “el agua que quita la sed”, el agua que brota de un manantial que salta dando vida sin término, ha descubierto al verdadero Mesías que le pide un culto en “espíritu y en verdad” donde lo que importa no son las formas y los ritos exteriores, sino la experiencia personal de encuentro con el Dios de Jesús que da sentido y orientación a la vida, pues es el verdadero valor que se alimenta al cumplir el designio, la voluntad de Dios: Amar como Jesús nos amó.

Como la samaritana, los discípulos y la gente del pueblo de Samaria, nosotros también estamos llamados a hacer la experiencia personal de encuentro con Jesús y dar razón de nuestra esperanza. Estamos llamados a limpiar nuestra fe de todo aquello superfluo (ritos vacíos, rutinas, prejuicios), de adornos innecesarios para encontrarnos en espíritu y en verdad con el Dios de Jesús que da vida y sacia toda la sed hasta la vida eterna. Estamos llamados a hacer un recorrido personal para llegar a expresar nuestra fe, no por lo que nos han dicho o enseñado, sino por lo que personalmente hemos experimentado y vivido en nuestra vida concreta (Jn 4,5-42).

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán


PREGUNTAS:

  1. ¿Cómo te ayuda el pasaje evangélico a conocer mejor a Jesús?
  2. ¿En qué aguas suelo beber para saciar mi sed de felicidad, de fe, de justicia?
  3. ¿Cómo puede la Iglesia, tu parroquia, tu grupo de fe… ser fuente que sacia la sed?
Modificado por última vez enLunes, 20 Marzo 2017 07:11