Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo A. 12 de marzo de 2017

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

FASCINADOS POR UN DIOS TODOCARIÑOSO

 

Quizás no lo podamos entender ni explicar científicamente porque escapa a nuestra realidad y a nuestro modo de ver las cosas, pero sí podemos dar razones amplias de que Jesús, el Hijo amado y predilecto de Dios (Mt 17,1-9) es y, ha sido, una persona que más fascinación ha despertado a lo largo de toda la historia de la humanidad. Su presencia constante entre nosotros ha suscitado todo tipo de experiencias y de hechos que aún nos provocan y nos convocan, sin perder de vista la realidad concreta en la que cada uno nos desenvolvemos y vivimos nuestra fe.

La Palabra de Dios de este domingo nos presenta a personajes concretos que vivieron esa fascinación por Dios, por Jesús, a lo largo de la historia de la salvación: Abraham, habitante de Ur, ciudad próspera de la actual Irak, es invitado por Dios a dejar todas sus seguridades y emprender el camino en busca de la tierra que Él le ha prometido: “Abrán marchó, como lo había dicho el Señor” (Gn 12,1-4a). Confiando en Dios, se pone en camino y experimenta la fascinación por Dios que le ha prometido hacer de él un gran pueblo, bendecirlo y hacer famoso su nombre.

Pablo, apóstol, invita a Timoteo a “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios” (2Tim 1,8b-10) porque Dios nos llamó a una vida santa y llena de sentido según la vivió y presentó Jesús.

Pedro, Santiago y Juan vivieron una intensa experiencia en el monte Tabor, donde conocen al otro Jesús, aquél a quien no se le consigue ver con los ojos normales ni oír con los oídos normales, “se transformó delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Este Jesús que ellos descubren, es el Mesías de Israel que vive resucitado.

Y, vivir esta fascinación por Jesús anima la fe y el seguimiento de cualquier persona aún en momentos de crisis porque la meta está clara. Es un vivir “transfigurados”, sin miedo y, centrados en la persona de Jesús, el Hijo amado y predilecto de Dios al que se nos invita, constantemente, para escucharle.

Pero, el texto evangélico de hoy nos puede resultar extraño si no tenemos en cuenta el género literario en que está escrito. Se trata de una teofanía (manifestación de Dios) cuyos elementos nos hacen caer en la cuenta de lo siguiente: tienen lugar en un monte u otro lugar sagrado; fenómenos extraordinarios rodean esa manifestación divina provocando miedo y turbación en quienes los presencian; van acompañados de un mensaje y sirven para revelar el poder y la gloria de Dios. Pero, sobre todo, con ellos se nos invita a contemplar y escuchar al Señor que nos habla y “nos pide discernir y afrontar la historia en toda su profundidad para ayudarnos a seguir a Jesús y proseguir su causa”.

Si bien es verdad que estos momentos de luz, de transfiguración vienen a alentar momentos de crisis y de no entender (a los discípulos les llega después del primer anuncio de la pasión de Jesús), también es verdad, que no permaneceremos en ellos cómodamente instalados –“si quieres hago aquí tres chozas”- aunque se esté muy bien, porque nos aislaríamos de los hermanos, del compromiso y del servicio a lo más pobres y necesitados. “Hay que bajar del monte, llegar a donde está la gente y luchar contra las fuerzas que oprimen a las personas”. Hay que vivir la realidad concreta con sus alegrías y sus tristezas, descubriendo en ella la permanente presencia de Dios. Pero, para ello, hay que escuchar mucho y mantener esta actitud de escucha como primordial en la vida cristiana. Primeramente, escuchar a Jesús que nos habla con su hacer y su decir; y, luego, escuchar a cada persona y cada acontecimiento en el que estemos presentes.

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán


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