Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo A. 5 de marzo de 2017

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

LAS TENTACIONES DE AYER Y HOY

El miércoles inaugurábamos la Cuaresma con la imposición simbólica de la ceniza, invitándonos a recorrer un camino de conversión, renuncia y humildad, en donde el final será la Pascua vivida en el seguimiento de Jesús y en la comunidad, que pone su confianza en Jesús muerto y resucitado, vivo entre nosotros por su Espíritu. Y, desde este acontecimiento central en la fe, todo cobra sentido. Hablar de Cuaresma, es hablar de camino, de desierto, de tentaciones, de ayunos, de esperanza, de búsqueda, de conversión, de encuentros y desencuentros, de humildad y, sobre todo, de Dios y de las personas, los verdaderos protagonistas.

En el primer domingo de Cuaresma centramos la mirada en las tentaciones de ayer y de hoy, algo constante en la historia de la humanidad y de cada persona en particular. Y, ante este acontecimiento, no podemos mirar hacia otro lado y pasar, sino afrontarlo con suma valentía y realismo para dar una respuesta que nos satisfaga y salgamos reforzados. Las tentaciones siempre son una oportunidad para reafirmarnos en lo que creemos y vivimos como razón de ser de nuestra vida.

Adán (hombre) y Eva (mujer), los primeros “modelados” por Dios y que estaban en armonía con toda la creación, según se nos narra en el “mito de la creación”, sufrieron la tentación de “ser como dioses” y cayeron en ella (Gn 2 y 3) al comer del único árbol prohibido. Entiendo que no supieron aprovechar todo lo que tenían para ser felices y “que era bueno”, sino que se dejaron llevar por algo que sintieron como carencia. Al ir en busca de una única cosa que les faltaba, no sólo perdieron ésta, sino todo lo demás. Se perdieron el disfrutar y gozar de Dios y de lo que Dios les había dado y, vivieron su vida en busca de lo que carecían. Se me ocurre pensar que buscando lo que no tengo, pierdo hasta lo que tengo, porque no lo sé valorar y disfrutar. Quizás muchas de las tentaciones de hoy, tengan su raíz en esta necesidad humana que no se consigue satisfacer plenamente. Cuanto más cosas deseo, mayor es la tentación a la que me someto y la que he de vencer.

Jesús, conducido al desierto por el Espíritu (Mt 4,1-11) para ser tentado, no se deja llevar por las carencias que se le presentan, sino que goza con lo que tiene, -el ser Hijo de Dios-, y le saca partido en cada momento de su vida, “entonces el diablo se alejó de él, y unos ángeles se acercaron y le servían” (Mt 4,11). Su necesidad es hacer lo que Dios quiere y, esto lo vivió durante toda su vida, pero sin aprovecharse de su condición de Hijo de Dios ni buscando lo que no tiene y otros le ofrecen. Gozó de ese amor del Padre que aprendió en Nazaret junto a María y José: fidelidad y obediencia. Con estos valores fue capaz de enfrentarse a toda tentación.

Tentaciones, desierto, cuarenta días y el diablo, son recursos simbólicos que el evangelista Mateo elabora para dar a conocer el plan de Dios. Si el desierto en la Biblia es lugar de prueba y tentación, también es lugar de encuentro con Dios. Si los cuarenta días nos conectan con hechos pasados significativos de la historia de la salvación (diluvio, Moisés en el monte,…), también cuarenta días es un largo periodo en el que sucede y se vive algo fundamental; si las tentaciones significan organizar la vida al margen de Dios, provocar a Dios, también son útiles para reafirmar nuestra opción de vida como creyentes en Jesús y convertirnos a Dios.

Y, la tentación de ayer y hoy, es siempre la misma aunque disfrazada de mil maneras: “buscar el tener más que el ser”. Nos empeñamos en tener cosas, dinero, prestigio, poder a costa de lo que sea y “caiga quien caiga”. Pero también la respuesta de ayer y de hoy, será dejarse conducir por el Espíritu de Dios que, sin sacarnos del mundo y sus conflictos, nos acompaña para poderlos superar. Así que “Misericordia, Señor, hemos pecado” (Salmo 50).

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

 

PREGUNTAS:

  1. ¿Cómo entiende Jesús su condición de Hijo de Dios?
  2. ¿Qué tentaciones amenazan mi vida y mi fe?
  3. ¿Con qué gestos, claros y sencillos, concreto mi conversión a Jesús?