Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 19 de febrero de 2017 Destacado

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de  José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

“SI AMÁIS A LOS QUE OS AMAN, ¿QUÉ PREMIO TENDRÉIS?”

¿Quién ha dicho que ser cristiano es fácil o es cosa de flojos? Quien eso dic, no tiene ni idea de lo que dice, porque vivir en cristiano y seguir a Jesús en cada circunstancia de la vida exige un compromiso y una opción muy clara en cada momento, pues no hay nada prefijado ni las cosas se repiten así como así. Se nos dice que Jesús es el camino, la verdad y la vida, pero hay que experimentarlo y recorrerlo en fidelidad.

Mantener una palabra en el tiempo, mantener una actitud coherente en el tiempo, mantener una fidelidad a personas concretas, mantener una actitud ética de solidaridad y caridad, mantener… no es fácil nunca, y menos en esta sociedad nuestra que no para de fabricar y proponer cosas con fecha de caducidad, lo que llaman la “obsolescencia programada”, (que es la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto, este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible).

Pero el ser cristiano es una propuesta para toda la vida, que tiene “recambios” y puestas a punto continuas para no perder la actualidad. El que deja de hacer esto, se queda “anticuado” y fuera de contexto, llegando a no entender ni a vivir nada de lo que hace. Su vida de fe sólo va a golpes de cumplimientos (cumplo y miento”) y “sacramientos” (miento con las cosas sagradas”), engañándose con que eso es tener fe y ser más cristiano que los que van a las celebraciones.

La fe no son actos puntuales (bautizos, bodas, comuniones y funerales), sino que es una actitud para toda la vida, una opción de vivir de una determinada manera a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, reconociendo los errores y las continuas meteduras de pata, que para eso somos humanos.

Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,38-48). Este es el criterio sabio que ilumina el obrar del discípulo, del que es un seguidor de Jesucristo. El Padre, en su calidad de Padre, es perfecto, ama y actúa siempre como Padre que ama a todos, pues los ve a todos como hijos y les da a todos sus dones por igual, sin distinguir entre los hijos que se portan bien y los que se portan mal. De forma semejante, nosotros, en nuestra calidad de personas, hemos de ser perfectos y actuar como el Padre con nuestros hermanos, con los que se portan bien y con los que se portan mal. ¡Ahí queda eso! Así lo pedimos en cada Eucaristía que celebramos para que no se quede en un acto ritual bonito, sino que nos implique y nos “complique” la vida.

Pero, como nos dice el apóstol san Pablo en 1Cor 3,16-17 ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? es una invitación a reconocer que el Espíritu de Dios está en nosotros y es capaz de transformar nuestra vida si nos dejamos conducir por él y si estamos atentos a su voz, a su soplo en el vivir de cada día.

La llamada a la santidad que Dios nos hace “seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19,1-2) exige también un compromiso por nuestra parte de no odiar de corazón a nuestros hermanos, no guardar rencor a tus parientes, sino, más bien, amar al prójimo como a ti mismo. Al instinto de venganza, se nos propone la no violencia; a la brutalidad, la bondad; al egoísmo, la generosidad; y el amor a los enemigos como ideal de perfección y don de Dios. Y esto, no se improvisa, sino que se va aprendiendo en la escuela de la vida que empieza en la misma familia, continúa en la escuela y también en la formación religiosa y en la catequesis parroquial.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

PREGUNTAS:

  1. ¿Cómo vives en tu vida la experiencia de ser hijo del Padre celestial?
  2. ¿Qué dificultades experimentas para vivir lo que dice el evangelio de hoy?
  3. ¿En qué cambiaría nuestro mundo y nuestra Iglesia si nos mostrásemos como dignos hijos del Padre celestial?