Tercer Domingo de Adviento. Ciclo A. 11 de diciembre de 2016 Destacado

Dibujo de Miguel Redondo, para acercarse al Evangelio del domingo, Día del Señor.
Comentario al Evangelio del sacerdote José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.

LA ALEGRÍA DEL QUE ESPERA AL SEÑOR

Veíamos en el primer domingo de Adviento que quien espera en el Señor deja las actividades de las tinieblas y se reviste con las armas de la luz, lo que nos producía el ir alegres a la casa de Señor. El segundo domingo de Adviento se nos hacía una llamada a la conversión, al cambio radical de vida, a la convivencia y a la mutua acogida, porque con ello vamos encontrando el gozo y la paz para todos, manteniendo viva la esperanza de un mundo y unas relaciones mejores. Este domingo, siguiendo la misma tónica de provocar y renovar nuestra vivencia cristiana en este tiempo de espera, se nos invita a vivir la fe y la vida desde el sentido profundo de alegría porque el Señor está cerca, porque la liberación que él nos trae nos hará más felices y nos ofrecerá sentido para toda nuestra vida.
Con un lenguaje simbólico y poético de gran belleza, el profeta Isaías (Is 35,1-6a.10) anima al pueblo a confiar y esperar la liberación salvadora de Dios. Tal es su fuerza que, el desierto, el páramo y la estepa florecerán como flor de narciso y los que sufren alguna dolencia o enfermedad (cojos, ciegos, sordos, mudos, que son las terribles enfermedades en ese tiempo) quedarán curados. Pero lo más importante es que los exiliados volverán a la casa del Señor con cánticos, gozo y alegría.
El Señor que viene a salvarnos trae justicia y pan a los hambrientos (Salmo 145), sustenta a los que sufren y se preocupa de las necesidades concretas de la gente; no las abandona en ningún momento. Y, esa espera del Señor, que sea gozosa por nuestra parte, sin desanimarnos y manteniéndonos firmes, con paciencia, sin quejarnos unos de otros (Sant 5,7-10). No podemos esperar sin hacer nada, sino que nuestra espera es activa y nos exige preocuparnos de hacer buenas obras, de orar, de mantener la esperanza, de celebrar la fe, de practicar la solidaridad y la entrega a los hermanos y hermanas que más lo necesiten, con el fin de que estas acciones provoquen a otros el llegar a conocernos y comprender la razón y el motivo de nuestro actuar, que no es otro que el haber descubierto la felicidad en el seguimiento de Jesucristo, del que Juan el Bautista “se enteró en la cárcel de las obras que hacía el Mesías y mandó dos discípulos a preguntarle: Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro” (Mt 11,2-3). Ante esta pregunta, Jesús, les remite a que cuenten lo que ven y oyen, porque son los signos mesiánicos tanto tiempo esperados por el pueblo; unos signos que no son aceptados por todos, por lo que Jesús tendrá que decir: “dichoso el que no se escandalice de mí”. Los signos que acompañan al Mesías son verdaderos gestos liberadores, llenos de ternura que dan vida a los que los reciben. Jesús mostrará a lo largo de su ministerio público un amor apasionado a la vida ejercido con palabras y hechos: diálogos, contactos, abrazos, comidas en común, caricias, besos, etc. que implican cercanía y aceptación incondicional a la gente, porque el que es autor de la vida y la felicidad no se la niega a nadie, sino que la pone a disposición con exigencia para todos.
Juan el Bautista, aún en medio de sus dudas, prepara el camino al Señor y nos enseña también que esta es nuestra misión; misión que concretamos en ver, oír, acoger, gozar de los gestos liberadores y las primicias del Reino. Posiblemente algunos no quieran aceptar esto y se resistan a buscar el Mesías entre la gente, entendiendo que la fe no tiene implicaciones sociales, sino que es algo que ha de vivirse en la intimidad y entre cuatro paredes porque, según dicen, a Dios sólo se le encuentra en el interior y en el silencio personal. Seguro que eso también hace falta para preparar el camino al Señor, pero el hecho es que a Jesús se le encuentra, preferentemente, en la vida entregada al servicio de la vida para cualquier persona, que son los signos que hace Jesús y que nos invita a ver y oír.
José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado y Albuñán

PREGUNTAS:
1. ¿Cómo animamos mutuamente nuestra fe?
2. ¿Con qué gestos concretos (signos) preparamos que el Señor está cerca?
3. ¿Por qué es para mí motivo de alegría la espera del Señor que llega?

Modificado por última vez enSábado, 18 Febrero 2017 07:24