Segundo Domingo de Adviento. Ciclo A. 4 de diciembre de 2016 Destacado

Dibujo de Miguel Redondo, para acercarse al Evangelio del domingo, Día del Señor.
Comentario al Evangelio del sacerdote José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.


“MANTENGAMOS LA ESPERANZA”


¿Qué queréis que os diga?, si está claro en cada palabra, en cada frase de las lecturas de este domingo. Os invito a leerlas y releerlas, subrayarlas y, por supuesto, orar con ellas para poder poner en práctica todo lo que se pueda, pues nos provocan en lo más íntimo nuestro y en los deseos de muchísima gente.
No he podido remediarlo y he recogido como título unas palabras del apóstol Pablo a los Romanos: “Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza” (15,4). Por encima de todo, alegres –mensaje del domingo anterior- y esperanzados porque Dios cumple su palabra y quiere que nosotros seamos verdaderos protagonistas en esa llegada inesperada de su Reino.
Hoy se nos invita a soñar que es posible la paz a todos los niveles y que esta ansiada paz brotará de la justicia porque el “renuevo del tronco de Jesé” que Dios nos envía, se encargará de todo ello al poseer el “espíritu del Señor”: espíritu de prudencia, sabiduría, consejo, valentía, ciencia y temor del Señor (Is 11,1-10). Será una paz duradera no exenta de dificultades que hay que solventar día a día.
A su vez, con el Salmo 71 esperamos que el Reino de Dios venga a nosotros y se instaure definitivamente porque aporta juicio a los reyes para regir al pueblo con justicia, para preocuparse de los pobres e indefensos y hacer brotar la paz por todos sitios. Una paz que nos obliga a acogernos mutuamente, como Cristo nos acogió sin distinciones de raza, sexo, credos, ideas políticas u otro tipo de circunstancias que pueden provocar división y exclusiones innecesarias.
Pero, ahora bien, todo esto que deseamos y pedimos nos está exigiendo poner de nuestra parte, convertirnos de corazón a ello, lo que implica un cambio total de vida (matanoia) para trabajar con todas nuestras fuerzas haciendo realidad eso que soñamos y continuamente pedimos a Dios en nuestras oraciones. A nosotros nos toca preparar el camino, allanad los senderos y, concretamente, dar el fruto que corresponde a la conversión como garantía de que eso nos ha ocurrido (ver Mt 3,1-12).
Puesta la confianza en Dios –que no nos deja solos-, iluminados por el ejemplo de Jesús y protegidos por su Espíritu de amor, nos lanzamos a predicar la Buena Nueva y atraer a muchas personas para compartir proyectos y estilos de vida que ofrecen dignidad, ilusión, entrega y solidaridad, sabiendo que ello puede ser rechazado y criticado por otros. Pero, nuestra esperanza no es para agradar o desencadenar aplausos, ni adhesiones por quedar bien o “por compromiso”, sino para cumplir el designio de Dios que quiere que todas las personas se salven, lleguen al conocimiento de la verdad y tengan vida en abundancia. Nuestra esperanza no se reduce sólo a una ética, sino que lleva implícito el que el Dios de Jesús, muerto y resucitado, sea la fuente y el motivo de nuestro actuar porque nos bautiza con Espíritu Santo y fuego, porque es el Mesías esperado desde antiguo.
Mantener la esperanza en estos tiempos concretos que nos ha tocado vivir, nos está exigiendo claridad de ideas y proyectos, lucidez, panificación, coherencia, exigencia, valentía, esfuerzo y entrega total e incondicional, sin dejar para mañana lo que se puede hacer hoy porque puede ser demasiado tarde. Mantenemos la esperanza, -Dios así lo quiere-, a través de la conversión que experimentamos día a día; a través de la convivencia tranquila con cada una de las personas que nos vamos encontrando en nuestro trabajo, en nuestro barrio, en nuestra comunidad, en nuestro grupo, en nuestra parroquia; a través de la acogida cuidada con esmero a los inmigrantes, a los refugiados, a los marginados, a los drogadictos, a los excluidos, a los que se sienten solos, a los ancianos, a los enfermos, a los que nadie quiere cerca de ellos.

José Mª Tortosa Alarcón. Sacerdote en la Diócesis de Guadix-Baza


PREGUNTAS:
1. ¿A qué me compromete el sentir hoy ¡convertíos!?
2. ¿Qué “voces” están llamando y pidiendo mi atención?
3. ¿Cómo mantengo viva la esperanza de un mundo mejor?

Modificado por última vez enSábado, 18 Febrero 2017 07:23