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Homilía del Obispo de Guadix en la Solemnidad de la Patrona, la Virgen de las Angustias, y clausura del Año de la Misericordia

HOMILÍA DE LA MISA PONTIFICAL EN LA SOLEMNIDAD DELA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS, PATRONA DE GUADIX, CLAUSURA DEL AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

HOMILÍA

Guadix, 13 de Noviembre de 2016

Hermanos sacerdotes;

Ilmos. Sres. Vicarios General y episcopales.

Ilmo. Sr. Deán y Cabildo de la SAI Catedral;

Querido D. Pedro Aranda, Cura Párroco de Santiago de Guadix y predicador de la Septena de la Virgen de las Angustias. Muchas gracias por el hermoso servicio que has prestado durante estos días a través de la predicación de la Palabra de Dios, a la que has dedicado lo mejor de tu todavía joven existencia. Como vocero de las maravillas que Dios ha realizado en la Virgen Santísima, nos ha recordado las que hace, y puede seguir haciendo, en nosotros si seguimos el ejemplo de la María.

Queridos Seminaristas;

Miembros de los Institutos de Vida Consagrada;

Hermano Mayor y Archicofradía de la Stma. Virgen de las Angustias, Patrona de                                  Guadix.

 Hermandades y Cofradías.

 Hermanos y hermana en el Señor.

  Saludo con sincero afecto a la Sra. Alcaldesa y a los miembros de la Corporación municipal aquí presentes, junto a las dignas autoridades que nos acompañan y nos honran con su presencia. A todos expreso mi reconocimiento y mi estima.

1.  “Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (MV, 3).

  Con estas palabras, el Papa Francisco nos convocaba a un Año Santo de la Misericordia, que abrimos solemnemente el día 13 de diciembre en esta Iglesia Madre de nuestra diócesis. Hoy, también por invitación del Papa, lo clausuramos, unidos a todas las iglesias particulares esparcidas por el mundo, y a cada una de las comunidades parroquiales que conforman la diócesis de Guadix.

  Ha querido la Providencia que la clausura del Año de la Misericordia coincida con la solemnidad de la Santísima Virgen de las Angustias. No es una mera coincidencia, no. Es la llamada a cerrar la puerta de este año de gracia bajo la mirada de la Madre de la misericordia. Es contemplar las entrañas mismas de Dios, su misericordia, desde el misterio de la Virgen Madre. 

  Este año dedicado a la misericordia ha sido una invitación a contemplar y a entrar en el misterio de la misericordia de Dios que nos muestra cómo su amor no tiene límites. “Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón” (EG, 3). Hemos tenido oportunidad de experimentar esa misericordia que nace de las entrañas mismas de Dios; que no es un atributo más del ser divino, sino su esencia más profunda, lo que lo identifica. Dios es misericordia, la misericordia es el nombre de Dios. Una misericordia que no es abstracta, sino que se encarna en la vida del mundo en la persona de Jesucristo, que es el rostro de la misericordia del Padre.

  Volviéndonos al Evangelio, y me refiero a una vuelta interior, al camino de retorno a los brazos del Padre que espera siempre, encontramos la misericordia en la Palabra y los signos que Jesús realiza. Él, el Hijo eterno del Padre, se acerca a nosotros, toma nuestra condición y el yugo del mal y el pecado que nos esclavizan, para liberarnos con la fuerza de su amor que se hace humanidad. Escuchando y mirando la realidad de los hombres, se conmueve, y hasta toca con sus manos nuestra historia y nuestra debilidad para alzarla con el bálsamo de la ternura, de la comprensión, y del perdón. El Evangelio es una invitación a todos. No hay nadie que quede fuera del amor de Dios. Es necesario recordar que no hay nada, por grave que sea, que nos pueda apartar del amor y la misericordia de Dios. Las parábolas llamadas de la misericordia muestran que la mayor alegría de Dios es la vuelta del hijo que, en el ejercicio de su libertad, se había apartado de la casa paterna; y que hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.

  El poder de Dios se manifiesta en el perdón y la misericordia, y así nos muestra el camino de la vida de fe. Si Dios es misericordioso también nosotros hemos de serlo. Sin embargo, sabemos bien que sólo podemos dar de lo que tenemos. Si no experimentamos la misericordia, ¿cómo seremos misericordiosos? La ausencia de la experiencia de perdón convierte nuestro corazón, y también al mundo, en un campo de batalla, pero nunca en un mundo fraterno. La actitud de sospecha permanente hacía los otros desfigura la verdad y provoca la desconfianza y hasta el enfrentamiento. “¡Qué difícil es muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices” (EG, 9).

Hemos de pasar del enfrentamiento y la crispación a la aceptación del otro, a la tolerancia y al diálogo. La misericordia es entrar en el mundo del otro, aunque sea adversario, comprenderlo, aceptarlo, y, al mismo tiempo, reconocer mis propios pecados. Este es el antídoto frente a la crispación que levanta muros, pero nunca construye puentes.

  La parábola del buen samaritano, que en palabras del beato Pablo VI, fue la “pauta de la espiritualidad” del concilio Vaticano II, es también la imagen que expresa la vocación y misión de la Iglesia. Como el samaritano, los creyentes no podemos pasar del largo ante la realidad del hombre y del mundo. Bajarse, acercarse, curar las heridas, acoger es el camino de una Iglesia samaritana. El samaritano lo hizo porque se compadeció, es decir, porque padeció con él, porque hizo suyo el sufrimiento del caído; sólo desde la compasión sincera, que no es el lamento estéril, ni la actitud del fuerte que desde la altura mira al débil, sino ponerse en el lugar del otro, podemos ver como Dios ve y hacer como Dios hace.

  El Jubileo de la misericordia que ahora concluimos ha sido un momento de gracia y de renovación espiritual. Sus frutos los otorga el Señor, y la obra que realiza en cada corazón están en sus manos. A nosotros sólo nos queda agradecer este gesto de gracia. No ha pretendido ser un Jubileo para nuestra complacencia, ni para mostrar nuestra fuerza, sino para celebrar la misericordia de Dios, que es eterna, y para renovar nuestra vida por el testimonio.

2.  En el horizonte de la contemplación de la misericordia se nos presenta una realidad, de la que nos hablan las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo: El Señor volverá y llevará la historia a su consumación. Será el momento también de purificar lo que es esencial y eterno, para desechar lo que no lo es.

  El evangelio nos hablaba de sufrimientos exteriores e interiores con los que nos encontramos y nos encontraremos en el camino de la salvación; calamidades naturales, falsos profetas, y hasta persecuciones. Aun así, no es este momento de lamentos, es el momento del testimonio. El mayor sufrimiento para la vida cristiana, o para la vida de la Iglesia, no son las dificultades que vienen de fuera, sino nuestra falta de fidelidad, la falta de autenticidad, y la falta de coherencia entre lo que somos y cómo vivimos. Es este el tiempo del testimonio humilde y valiente. Un testimonio que no tiene miedo porque se fundamenta en la promesa de Dios. A nosotros se nos pide perseverancia porque con ella salvaremos nuestras almas.

  San Pablo, en su segunda carta a los Tesalonicenses, nos ha puesto en aviso sobre una doble tentación a la que nos vemos sometidos continuamente para vivir en el camino de la espera del Señor. Por una parte, querer conocer los planes de Dios como condición para creer. Si no está todo claro y controlado, yo no puedo creer. Evidentemente aquí falla lo esencial de la fe, la confianza. Como dice la carta a los Hebreos, “la fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve” (Heb. 11,1). No llegamos a creer porque veamos, sino que vemos porque creemos. La luz viene de la fe. En la fe hay que abandonarse y confiar en Dios. La otra tentación es descuidar nuestro compromiso con las cosas terrenas poniendo como pretexto  la llegada inminente del Señor. Dios y el cielo que esperamos no pueden ser nunca la excusa para descuidar nuestra tarea en el mundo y pasar por él sin ofrecer lo mejor de nosotros mismos. La salvación empieza aquí, y el cielo también. No es posible un cristianismo despreocupado de las cosas de la tierra, porque sería perder la referencia a un Dios que se ha hecho hombre y ha hecho de nuestra humanidad camino de salvación.

3.  María, la Virgen Santísima se nos muestra como estrella que alumbra la belleza de la misericordia divina.

  “Nadie como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor” (MV, 24).

  La imagen de la Virgen de las Angustias que veneramos en Guadix es un precioso icono de lo que es la misericordia. María que recoge entre sus brazos al que había llevado en su seno, a su hijo Jesús. María que acoge la misericordia de Dios que nos ha mostrado todo el tesoro de su amor en la entrega de la propia vida. La imagen de la Virgen, como la misericordia de Dios, es el gran abrazo del Padre a la humanidad. Al recibir a su Hijo, María recibe y se hace portadora de la misericordia.

  El dolor de la Virgen es el nuestro, sus lágrimas son también las nuestras. La Virgen de las Angustias es una madre compasiva; el dolor que experimenta por la muerte de Cristo se hace presente y actual en el sufrimiento y la muerte de todos sus hijos que somos nosotros. María es la mujer de corazón misericordioso que nos enseña a nosotros a ser misericordioso con los demás.

4. Concluye ahora, mis queridos hermanos, el Año Santo de la misericordia, pero no la misericordia de Dios ni nuestro compromiso en vivir desde esta misericordia. Con las palabras del Papa quisiera decir: “¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros” (MV, 5).

  Seremos misericordiosos, nuestra Iglesia será misericordiosa, si estamos a la escucha de lo que Dios quiere; si vivimos en una actitud permanente de conversión, de retorno constante a los brazos del Padre; si somos compasivos con los demás; si asumimos nuestro compromiso de ser testigos misioneros del Evangelio.

  La Iglesia de Guadix, con la gracia de Dios, seguirá construyendo el monumento a la misericordia que hemos comenzado con motivo de este Año Santo, en la preocupación por la situación laboral de nuestros jóvenes y en la promoción de su empleo. Conscientes de que el trabajo es un derecho y un medio de vida para vivir con dignidad, sentimos la llamada del Evangelio a llegar a esta dolorosa realidad y curarla con el aceite del consuelo  y el vino de la esperanza. La Iglesia no quiere ser protagonista de nada, pero si servidora de todos.

  Miremos, queridos hermanos, a la Virgen, y pidámosle que no se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús (cfr. MV 24).

                                   + Ginés, Obispo de Guadix