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Homilía del Obispo de Guadix en la fiesta de la Virgen de la Piedad, Co-Patrona de Baza

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA PIEDAD, CO-PATRONA DE LA CIUDAD DE BAZA

HOMILÍA

Baza, 8 de Septiembre de 2015

Queridos hermanos sacerdotes.

Rvdo. Sr. Arcipreste.

Rvdo. Sr. Rector de este templo y Consiliario de la Hermandad de Ntra. Sra. de la Piedad.

Queridos religiosos y religiosas, comunidad de las Hijas de la Caridad.

Hermana mayor y Junta de Gobierno; hermanos y hermanas de la Hermandad de la Virgen de la Piedad de Baza.

Hermandad de la Virgen de la Piedad de Guadix. Saludo de un modo especial al Cascamorras. D. José Antonio Escudero, que este año nos recuerda la fe de Juan Pedernal y su amor a la Madre de Dios.

Hermandades y Cofradías

Saludo con sincero afecto al Sr. Alcalde de Baza y a los miembros de la Corporación Municipal; saludo también a las dignas autoridades que nos honran con su presencia.

Hermanos y hermanas en el Señor.

  Celebramos los 525 años de la aparición de la Virgen al accitano Juan Perdernal. Si el tiempo es igual siempre, es verdad que hay fechas que adquieren un significado especial. Tanto en Baza como en Guadix, en las hermandades dedicadas a la devoción a la Virgen de la Piedad, se han querido dedicar actos de culto para celebrar estos años de amor filial a la que es madre de Dios y Madre nuestra. El encuentro de la Virgen con Juan Pedernal, fue un encuentro que el paso del tiempo no ha podido llevarlo al olvido, sino que cada año, para muchos cada día, se hace realidad. La Virgen Madre que se encuentra con su pueblo y el pueblo que acoge la imagen bendita de María como refugio y fortaleza.

  Como cada 8 de septiembre vengo ante la imagen bendita de la Virgen de la Piedad en este santuario ubicado en el centro histórico de la ciudad de Baza para darle gracias y poner a sus pies las preocupaciones de estos que somos sus hijos. Cada año en el corazón del Obispo late la vida de esta Ciudad y de esta diócesis, soy peregrino que trae consigo las esperanzas y los proyectos de cada uno de vosotros, sin olvidar vuestras preocupaciones, vuestras angustias y sufrimientos.

  Este año quiero dar gracias a la Virgen de la Piedad por la visita pastoral que tuve el inmenso gozo de realizar a las cuatro parroquias de Baza en el último trimestre del año pasado. Fueron días, semanas y hasta meses de gozo al poder ser testigo de vuestra fe, de la vida de vuestras comunidades. En este tiempo he podido comprobar que la Iglesia en Baza tiene un corazón que late, una esperanza que se quiere abrir camino en medio de este mundo, y una caridad solícita con los que más lo necesitan. Estoy convencido que la Virgen de la Piedad estuvo pendiente y acompañó nuestros pasos y será su poderosa intercesión la que haga fructificar ese momento de gracia. Gracias a todos, sacerdotes, religiosas, laicos; también a vosotros autoridades, y a todo el pueblo por la acogida. Y, gracias a ti, santísima Virgen de la Piedad, por cuidar a esta Ciudad que te reconoce como sus patrona.

  La profecía de Miqueas nos ha recordado cómo es el proceder de Dios, el modo que Dios tiene para actuar. Nada de ostentación, nada de fuerza que impresiona o coacciona. Los caminos de la presencia de Dios entre los hombres nunca están marcados por la grandeza ni el poder humano. Belén de Éfrata, una aldea entre las pequeñas de Judá es el primer escenario donde contemplamos la divinidad humanada, donde Dios se nos presenta como un niño en brazos de su madre. Es verdad que la escena despierta en cualquier corazón que sea de carne la ternura, la cercanía, el poder del amor. La madre da a luz entre medios pobres, convirtiéndose en la mayor expresión de la fortaleza. Nada hay tan fuerte como el poder de la maternidad. María muestra al niño, su fuerza misionera es infatigable. Generaciones y generaciones de bastetanos han contemplado la imagen de una Virgen mostrando a Jesús, mostrando en Él el camino de la salvación. ¿Acaso una madre se cansa de decir a su hijo cuál es el camino del bien y de la verdad? La Virgen de la Piedad no se cansará hasta el final de los tiempos de mostrarnos al fruto bendito de su vientre. Su insistencia es gesto de amor, es expresión de la que no se rinde. Es un ejemplo precioso para cada uno de nosotros, ante el bien no podemos rendirnos. No podemos permitir que el mal se apodere de nosotros ni de la sociedad; la fuerza del bien debe imperar siempre y esto es algo que está en nuestras manos, siempre con la ayuda de Dios.

  Queridos hermanos y hermanas, no nos cansemos nunca de buscar, procurar y hacer el bien. San Pablo nos lo recordaba con hermosas palabras en su carta a la Iglesia de Roma: “Sabemos que a los que aman a Dios todo le sirve para su bien”. Dios tiene un designio para cada uno de nosotros, un designio de amor, nunca de perdición. Lo único que se nos exige es el amor a Dios. El que ama a Dios es capaz de sacar bien del mal, no se deja vencer nunca por la adversidad, ni se deja engañar por las expresiones del mal que niegan el bien posible. Cuántas personas ante el mal, la injusticia o el sufrimiento piensan que no hay solución, que el hombre es un ser destinado a sufrir, destinado a la muerte. No es así, para los que aman a Dios todo les sirve para su bien, también los momentos de dificultad y los sinsentidos de la vida. La Virgen María es el signo claro de la victoria del bien sobre el mal; ella es la nueva humanidad, la de los redimidos por la sangre de Cristo, que se alza como estandarte que anuncia el gozo y la alegría de la salvación de Dios.

  En el evangelio hemos escuchado un episodio, que no por conocido, es actual y está lleno de un mensaje precioso para nosotros. El milagro de las bodas de Caná es el primer signo que realiza Cristo en su vida pública; y este signo es la consecuencia de la intercesión de su Madre. Es hermoso comprobar en este relato del evangelio de san Juan como la preocupación de María se hace súplica. La Virgen está preocupada por la dificultad con la que se encuentran los nuevos esposos, y en vez de dejarse vencer ante la adversidad o buscar caminos de soluciones siempre insuficientes, se convierte en Virgen suplicante ante su Hijo. Qué hermosa lección nos da la Virgen, ante las adversidades, ante los problemas que la vida nos va planteando a diario. Cuántas veces hemos dicho: no sé lo que hace, no veo luz, no hay solución; pues la Virgen nos enseña a no cerrar los brazos, sino a suplicar, a pedir luz y fuerza para vencer la adversidad. Es la confianza en la providencia de Dios que nunca nos abandona. Y hemos de suplicar con insistencia, hasta vencer a Dios en su corazón de Padre. María insiste a su Hijo para el que no ha llegado todavía la Hora. Pedir con corazón de madre es pedir sobre seguro. “María, en ese momento que se percata que falta el vino, acude con confianza a Jesús: esto significa que María reza. Va a Jesús, reza. No va al mayordomo; directamente le presenta la dificultad de los esposos a su Hijo. La respuesta que recibe parece desalentadora: «¿Y qué podemos hacer tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Pero, entre tanto, ya ha dejado el problema en las manos de Dios. Su apuro por las necesidades de los demás apresura la «hora» de Jesús. Y María es parte de esa hora, desde el pesebre a la cruz. Ella que supo «transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Evangelii gaudium, 286) y nos recibió como hijos cuando una espada le atravesaba el corazón. Ella nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseña a rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son preocupaciones de Dios” (Francisco. Homilía en Guayaquil (Ecuador) el 6 de julio de 2015).

  María, no sólo reza sino que también actúa: “Haced lo que él os diga”, les dice a los criados. Es también la invitación de la Virgen a hacer lo que Jesús quiere de nosotros. Hacer lo que Jesús quiere es vivir cómo Jesús quiere de nosotros. Queridos, el testimonio cristiano es nuestra mejor carta de presentación. No basta decir que soy cristiano, tengo que vivir como un cristiano. Mi vida, nuestra vida, tiene que ser trasparencia evangélica. ¿Puede haber un cristiano que no perdone, que no escuche, que no acepte, que no intente comprender a los otros, que no acoja? Claro que somos débiles, que nos falta mucho, pero hemos de intentarlo cada día; hemos de saber recurrir al perdón de Dios, Él nunca se cansa de perdonar. Hemos visto en el evangelio que el mejor vino estaba por venir. Es así, lo mejor en nuestra vida está por venir. No es cristiano quedarse mirando al pasado pensando que ya está todo visto. Dios siempre es actual, es joven. Su salvación sigue actuando en nosotros. Lo mejor, como el último vino de las bodas de Caná, está por venir.

  Juan Pedernal mientras picaba la piedra escuchó una palabra: Piedad. La Virgen le decía: Ten piedad. Hoy nosotros, todos y no sólo el Cascamorras, somos Juan Pedernal a los que la Virgen nos dice: Ten piedad.

  Hoy, no puedo callar un tema que supera nuestra geografía diocesana, pero que toca al corazón de cada hombre o mujer de buena voluntad, el corazón de Europa. Me refiero a los refugiados de Siria. La imagen de un niño muerto en las costas de Turquía ha roto las defensas que muchas veces se pone el corazón humano, nos ha derrumbado ver a un niño que puede ser cualquiera de nuestros niños. Una vez más una imagen se ha convertido en un desafío acusatorio para nosotros, en una gran pregunta: ¿Qué mundo estamos construyendo?.

  La experiencia de la falta de tierra, hogar, alimentos, y de todos los bienes legítimos de para vivir con dignidad vuelve a entrar en nuestras casas. Durante estos días me he preguntado ¿acaso podemos mirar para otro lado? ¿no haremos nada? ¿el Evangelio en el que hemos fundamentado nuestra vida no nos mueve a salir al encuentro de estos hombres y mujeres, de estas familias?. No, hermanos míos, no podemos quedarnos impasibles ante este drama humano que puede ser el nuestro, el de nuestros padres y hermanos, el de nuestros hijos. No permita Dios que se nos endurezca el corazón para pasar de largo ante el dolor de tantos hombres y mujeres que sufren.

  Desde aquí, a los pies de la Virgen de la Piedad, contemplando su regazo que con ternura recoge al hijo de sus entrañas, os llamo a todos a pensar y actuar a favor de estos hombres y mujeres que huyen de la barbarie de un estado que utiliza el nombre de Dios para imponer la fuerza y la sinrazón. Soy consciente que no es un problema de fácil solución, y que tendremos que colaborar con las autoridades de los estados. Ahora ofrezco la colaboración y la ayuda de la Iglesia diocesana para acoger a estos hombres. A través de Cáritas y de otras organizaciones caritativas estudiaremos nuestras posibilidades para prestar la ayuda que sea necesaria. Invito a todos los católicos, y a todos los hombres de buena voluntad, a secundar esta ayuda humanitaria y esta acogida.

  La Virgen de la Piedad sigue gritando a nuestro corazón: Ten piedad. No hagamos oídos sordos, por favor.

  En los próximos meses comenzaremos un Año Santo de la Misericordia al que nos ha convocado el Papa Francisco. Tendremos que hacer realidad el lema para este año: “Misericordiosos como el Padre”. Será un tiempo propicio para que la Iglesia haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

  “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (Bula Misericordiae Vultus, 2).

 Ojalá en este año se haga realidad el deseo del Papa para toda la Iglesia, y para cada creyente: “¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros” (Ibid, 5).

  Dejemos que la Virgen nos mire y miremos nosotros a la Virgen, y digámosle muchas veces en nuestro corazón: vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”. Que santa María de la Piedad nos mire con ojos de misericordia y nos muestre siempre a Jesús, el fruto bendito de su vientre.

                                   + Ginés, Obispo de Guadix