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"Bajo el signo de la cruz", carta con motivo de la llegada a nuestra Diócesis de la Cruz de los jóvenes y el Icono de la Virgen.

Queridos diocesanos:

Mañana, miércoles, llega a nuestra diócesis la Cruz y el icono de la Virgen María que el Beato Papa Juan Pablo II entregó a los jóvenes para que fuera signo de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Durante mucho tiempo hemos esperado este momento, lo hemos preparado con esmero e ilusión; han sido muchos los jóvenes que se han implicado, como voluntarios, para que este acontecimiento se convierta en un signo de identidad cristiana en medio de nuestra gente, especialmente entre los más jóvenes.

Estos días levantaremos la cruz sobre esta tierra que es testigo de la primera predicación apostólica; que ha contemplado los avatares de la ya larga historia de la Iglesia y ha recibido la sangre de los mártires que la hacen tierra fecunda. Después de dos mil años elevamos sobre la tierra la cruz que nos anunció Torcuato y sus compañeros, los Varones apostólicos.

La presencia de la cruz y de la imagen de la María, la Virgen nos anuncian la Jornada Mundial de la que Juventud que se celebrará D.m. en Madrid el próximo mes de agosto. Más de un millón de jóvenes de todo el mundo proclamarán con alegría que estamos “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf Col 2,7). Hacía ese acontecimiento se dirige también esta diócesis, y lo quiere hacer teniendo como bandera y estandarte la cruz del Señor, donde fue clavada la salvación del mundo.

Es una oportunidad, queridos hermanos, para contemplar el misterio y la grandeza de nuestra salvación obrada por la entrega del Hijo de Dios. La cruz es, sin duda, un signo de contradicción. No es un signo de poder ni de prestigio, no habla de éxito tal como lo entiende el mundo; aunque la llevamos encima, después la rechazamos, huimos de ella. Sin embargo, es el medio por el que Dios quiso salvar a los hombres. Ya al comienzo de la Iglesia, el gran apóstol de las gentes, San Pablo, escribía: “nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos” (cf 1Cor 1,23). Sin embargo, para todos los que hemos sido llamados, seamos de donde seamos, es “fuerza de Dios, sabiduría de Dios”. Es la locura de la cruz, locura que solo se comprende desde el amor. La cruz alcanza su sentido en el amor de Dios. Todas las cruces de la historia solo pueden tener sentido desde el amor. Se puede sufrir desde la desesperación y el rechazo a todo y a todos, y se puede sufrir amando, alcanzado así sentido hasta el mayor de los sufrimientos.

Los cristianos no nos postramos ante la cruz como signo de exterminio, sino como signo de amor. En la cruz adoramos al Crucificado; en ella encontramos luz para todas las cruces de la vida. Desde la cruz amanece la nueva vida del Resucitado, porque experimentamos que “el amor es más fuerte que la muerte”.

La cruz de los jóvenes va a recorrer buena parte de nuestra geografía diocesana. Se va a detener en nuestras calles y plazas, va a visitar tantas y tantas obras de la Iglesia y otras instituciones. En todo sitio será presencia de la gracia y derramará la gracia. Estoy seguro que los que a ella se acerquen van a recibir la gracia de Dios que fortalecerá su fe y los arraigará en Cristo para ser sus testigos en la Iglesia y en el mundo entero.

Es conmovedor pensar que delante de esta cruz y del icono de María santísima, han rezado millones de hombres y mujeres, especialmente jóvenes; y delante de estos signos, mucho han se han encontrado con el Señor y han descubierto su vocación. Es una cruz y una imagen de María marcados por la fe de tanta gente, por ilusiones y esperanzas junto con angustias y tristezas. Nuestra oración se unirá a la de toda la Iglesia, será testimonio de lo que afirmamos en el Credo, la comunión de los santos.

Desde Huéneja hasta Cuevas del Campos, viviremos y vibraremos en estos seis próximos días; y gritaremos al mundo que Cristo es el Señor. Hemos de anunciar que la vida del Resucitado ha llegado a todos, solo hemos de descubrirla, experimentarla y dejarla que actúen en nosotros y por nosotros. Estamos llamados a ser portadores de esta verdad y de esta vida. El mundo, aunque no lo sepa, necesita conocer y amar esta buena noticia.

Queridos hermanos y hermanas, os invito a uniros a esta fiesta, la fiesta de Cristo, la fiesta de la Iglesia; os convoco a acompañar a la cruz y al Icono de la Virgen; acercaros y rezar; dar gracias, contemplar, interceder por el mundo. Dejad que Dios sea grande en vuestras vidas.

Os invito a vosotros jóvenes, venid y veréis: Cristo nos os defraudará; Él os llama a ser de verdad jóvenes, a vivir en plenitud. No os conforméis con menos; Cristo lo da todo, lo llena todo.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix