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“Sé de quién me he fiado”, en el día del seminario 2013

Queridos diocesanos:

Estas palabras del apóstol San Pablo en la segunda de sus cartas a Timoteo, nos introducen este año en el día del Seminario, día que nos recuerda la importancia del ministerio sacerdotal en la vida de la Iglesia y, por tanto, la importancia que tiene, y que nosotros hemos de dar, al Seminario, escuela evangélica en que se forman los futuros pastores del pueblo de Dios.

La vocación al sacerdocio ministerial es una cuestión de fe. Sólo desde la fe se puede seguir el camino del sacerdocio. Sólo el que tiene fe, y me refiero al que se fía, puede escuchar la llamada de Dios y secundarla. El hombre abierto al misterio escucha la voz de Dios que habla al silencio del corazón y, en la más absoluta libertad, sigue la voz confiado que el que llama es fiel y siempre cumple su palabra. Seguir la vocación es conducirse en la noche con la certeza de que no estamos solos, que alguien guía mis pasos; es la experiencia de no saber dónde voy, pero la certeza que llegaré a la meta, a la felicidad.

Desde estas líneas me gustaría decir a los jóvenes que sólo es feliz el que hace la voluntad de Dios. La felicidad no es hacer lo que yo quiero sino lo que Dios quiere. No es más libre aquel que guía su vida según sus aficiones sino el que sigue el camino más íntimo del corazón, aunque muchas veces tenga que hacerse violencia a sí mismo. Este es el testimonio de muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia. Ante la llamada siempre hay un primer momento en que surge el miedo, la oscuridad, el desconcierto, la conciencia de la propia debilidad, todo esto provoca actitudes de defensa: “¿por qué yo?”, “¿qué les voy a decir?”, “no sé hablar”, “yo había pensado otra cosa para mí”. Pero, al final, siguiendo con humildad y pasión la llamada, el hombre descubre que en ese camino está su felicidad, la plenitud de su vida. Cuántos jóvenes habrá que no han encontrado la realización humana en sus vidas porque un día desoyeron la llamada del Señor.

Este año estamos convocados a renovar la fe que recibimos en nuestro bautismo. Es una oportunidad para reflexionar sobre mi fe con vistas a hacerla más viva y operante. La misma fe que profesamos nos invita a proclamarla en medio del mundo, convencidos que Dios es el amigo del hombre, que lo ama con un amor eterno. Recuperar a Dios es encontrar la fuente de agua viva en medio del desierto que avanza amenazando con la falta de sentido y esperanza a un hombre que se ha encerrado en sí mismo y que ha perdido el horizonte de la trascendencia.

No es extraño que en una situación de crisis de fe como la que vivemos hoy exista también, y como consecuencia de la misma, una crisis en las vocaciones a los distintos estados de vida cristiana, también al sacerdocio. La situación del Seminario en una diócesis es el signo de su vitalidad. Una diócesis viva tiene un seminario vivo, y al contrario. Incluso una iglesia particular expresa la fuerza del laicado en que de este surgen vocaciones para el sacerdocio y la vida consagrada. El Seminario, y lo podemos decir con toda claridad, es el corazón de una comunidad diocesana. La vida de una diócesis late al ritmo de su seminario.

Hemos de “abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante”. Hemos de propiciar encuentros del hombre con alguien; no se trata de una idea o de una opción ética, es el encuentro con una persona, con Cristo. Sólo se propiciará llamada cuando haya escucha, y sólo habrá escucha cuando el hombre sienta la fascinación por alguien que llena su vida. La vocación es encuentro, es conversión, es acogida, es desinstalación, es búsqueda de verdad, es deseo de felicidad, es gozo al beber en la fuente de la vida, es pasión que abrasa y da calor a la existencia, es entrega; en definitiva, la vocación es una cuestión de amor. Y me pregunto, ¿un joven de verdad puede renunciar a todo esto? Si escucha la llamada de Dios, ¿puede mirar a otra parte o poner excusas?.

La llamada de Dios siempre tiene un “para”. El Señor llama para enviarnos. Como dice San Pablo en la carta a los Romanos: “¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que les anuncie? Y ¿cómo anunciarán si no los envían?” (10, 14-15). La Palabra de Dios necesita quien la anuncie. Todos los bautizados estamos llamados a esta misión, pero algunos hombres lo están con un título especial, siendo presencia de Jesucristo Cabeza y Pastor de la comunidad, los sacerdotes.

Nuestro Seminario es una realidad gozosa, es el tallo tierno y débil que tiene vocación de ser árbol grande. El Seminario Menor está en marcha, ha sido un regalo que el Señor nos ha hecho, una realidad que fecunda, ya al día de hoy, la vida de nuestra iglesia. El Seminario Mayor sigue su andadura, dando sus frutos; con la gracia de Dios este año tendremos dos nuevos sacerdotes, y para el próximo curso más seminaristas. Estoy convencido que el señor nos quiere bendecir, si nosotros acogemos su gracia con una vida concorde con su voluntad y un Seminario en fidelidad a la mente de la Iglesia.

Con motivo del Día del Seminario, quiero pediros: A los sacerdotes, una vida digna de nuestra vocación, que manifieste el gozo de la entrega al Señor y a los hermanos; no olvidéis que la pastoral vocacional se hace por contagio. A los Consagrados, el testimonio de vuestra consagración que mira a la gloria de Dios, en la radicalidad y seguimiento evangélico. A las familias, generosidad, no sólo para entregar a vuestros hijos al servicio del Señor, sino para pedir que nuestro Señor los llame y para acompañarlos en este camino. A los niños, que abráis los oídos para escuchar al Señor y seáis sus amigos. A los jóvenes, valentía para decir que Sí al Señor cuando sintáis su llamada, pero para eso es necesario cultivar el campo de vuestra vida interior mediante el silencio, la oración, la participación y la adoración de la Eucaristía, la confesión frecuente de vuestros pecados y el acompañamiento espiritual, junto con una vida honesta. A los catequistas y profesores cristianos, que cultivéis y ayudéis a descubrir las posibles vocaciones. A los enfermos, que ofrezcáis vuestros dolores y sufrimientos por el aumento y santidad de las vocaciones al sacerdocio. Y a todos, que recéis, que no os canséis de pedir cada día por esta intención. Dios no es sordo y escucha a los que le piden con fe.

Queridos hermanos y hermanas, sólo me queda dejaros mi pobre testimonio. El día de mi ordenación sacerdotal, hace 27 años, le dije al Señor: me fío de ti, como san Pablo “sé de quién me he fiado”. Sí, sé bien de quien me he fiado, y os puedo confesar, que Él ha cumplido cada día su Palabra en mi vida, y Él la seguirá cumpliendo hasta el final.

En el regazo materno de la Virgen dejo nuestro Seminario. Ella, Madre de los sacerdotes y Señora de las vocaciones sacerdotales, lo cuidará y le hará tener una vida abundante.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix.