“Sus heridas nos han curado”, Carta Pastoral para la Cuaresma de 2017

“SUS HERIDAS NOS HAN CURADO”

CARTA CON MOTIVO DE LA CUARESMA

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

            Este año he querido comenzar mi carta con motivo de la Cuaresma con unas palabras de la profecía de Isaías, recogidas y repetidas por el apóstol San Pedro en la primera de sus cartas: “Tu heridas nos han curado” (Is 53,5; 1Pe 2,24).

            Son palabras que suena a paradoja. ¿Cómo pueden curar las heridas de otro? Los cánticos del Siervo en el profeta Isaías, y en el que los cristianos vemos prefigurado a cristo en su pasión, muestran al justo triturado por el sufrimiento, sin rostro humano, humillado, y, sin embargo, causa de salvación para la humanidad. El camino del sufrimiento se nos presenta como camino de sentido y de salvación. Cristo en la entrega de su vida nos cura, nos salva.

            Este texto de la Escritura, y en el tiempo de Cuaresma que nos disponemos a celebrar, me lleva a mirar las heridas de la humanidad, tantas  heridas en el corazón del hombre, que no sólo reclaman consuelo, sino también sentido.

1. El corazón del hombre está herido como consecuencia del pecado. La original inocencia con la que el hombre fue creado, la visión de un corazón limpio que le hacía ver la hermosura y la bondad de todo lo que le envolvía, se han oscurecido por el velo de la soberbia del “seréis como dioses”.

   El pecado nos ciega, nos dice el Papa en su mensaje para la Cuaresma. El mal nos engaña distorsionando la realidad del hombre y del mundo. Nos emborracha de apego a las cosas del mundo y nos lleva a olvidarnos de Dios.

   El alejamiento de Dios comienza cuando el hombre se constituye en dueño y señor de su propia vida, cuando hace de las cosas dios, y a Dios cosa. Su vida, entonces, gira en torno a lo que puede poseer, cree él que como camino de libertad, el dinero, el poder, el placer, la comodidad, la seguridad en sí mismo. Se engaña el hombre. Y lo que es más trágico: se hiere en el corazón. Las cosas no pueden darle lo que ansía el corazón. Nada en el mundo puede llenar completamente el corazón humano. Sólo Dios es capaz de llenar de sentido cualquier rincón de nuestra existencia, incluso el sufrimiento.

   Jesús con sus heridas cura el corazón del hombre. Le muestra que la salvación no está en mirarse a sí mismo para su autocomplacencia, sino mirar a Dios, y mirar a los demás. La felicidad no está en ti, sino cuando haces de tu vida un servicio generoso a los demás. La vida de Cristo, su existencia en favor de los demás, es el verdadero camino de la humanidad. Aunque pierda el rostro humano sigue siendo el Hombre, porque el secreto de la humanidad está en la mano de Dios, y no en el consenso de los hombres.

   El corazón del hombre se cura volviendo a Dios, buscando en Él su origen y su destino, para dar sentido al camino de la existencia. La vuelta a Dios es un camino fácil y seguro, porque Él siempre nos espera, nunca se cansa de perdonar. El perdón y la misericordia son la manifestación de Dios;  nuestro Dios es un Dios en salida.

   ¿Por qué no aprovechar este tiempo de Cuaresma para volver a Dios, para confesar nuestros pecados mediante el sacramento de la penitencia? Buscad el perdón de Dios y experimentar cómo Dios ya te buscaba para perdonarte. Sentir el abrazo infinito y lleno de ternura del Padre que nos restituye a la inocencia primera, y nos hace gustar el gozo de ser criatura, de ser hijo.

2. El corazón del mundo está herido como consecuencia del pecado de los hombres. Con frecuencia, al palpar la realidad del mundo, nos sentimos tristes por la situación que vemos: pobreza, marginación, violencia, intolerancia, soledad, odio….. Y la tentación: pensar en los culpables mirando siempre enfrente.

   El corazón del mundo está herido porque nuestros pecados crean estructuras de pecado. Nuestro pecado tiene consecuencias sociales, porque nuestra vida está con los otros, y nuestra conducta influye en los demás, y hasta en las estructuras sociales. Una economía asentada en el pecado que no mira el rostro de los hombres y sus verdaderas necesidades termina matando. Una ideología  que se autoafirma por encima de las leyes naturales y divinas termina condenando al hombre a la arbitrariedad de la una cultura o de una legislación. Un poder que busca en primer lugar su supervivencia frente a la dignidad de cada hombre y del bien común se convierte en un entramado de pecado y corrupción.

   El corazón herido de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo es la imagen del corazón herido del mundo. Nos estremecen, y nos tienen que seguir estremeciendo, las imágenes de hombre y mujeres –podíamos ser nosotros-, de niños enfermo, solos o muertos a las puertas del nuestro mundo del bienestar –bien podían ser los nuestros-.

   Las heridas de Cristo curan también las heridas del mundo, porque él ha roto en su cuerpo el muro del odio que nos separaba (cfr. Ef 2,14), y ha hecho amigos a los pueblos que estaban enemistados. En su rostro desfigurado se ha identificado con tantos rostros que hoy siguen desfigurados y triturados por el sufrimiento. Todo el sufrimiento del mundo ha sido asumido por el Hijo de Dios que los ha amado y se ha entregado para ser causa de salvación eterna.

   ¿No es un buen momento la Cuaresma para volvernos a los otros y  a sus necesidades? ¿Por qué no buscar un compromiso en favor de los más desfavorecidos? Podemos realizar algún gesto, o buscar algún compromiso en favor de los más pobres. No dejes que acabe la Cuaresma sin hacer algo por los necesitados. Y si es algo que no se quede sólo en Cuaresma, mejor.

3. En la Iglesia también hay heridas. El pecado también entra en la Iglesia y nos confunde y humilla con actitudes que no se corresponden con la fe que profesamos.

   La mirada a nosotros mismo y a nuestros problemas, nos impide con frecuencia mirar al mundo y a nuestra misión evangelizadora. La comodidad del que ya lo ha conseguido todo y tiene a Dios “domesticado”, nos aleja de vivir la audacia de la fe que siempre tiene riesgos, pero que nunca se cansa de llevar a Dios. Las divisiones interna nos hacen perder las energías que se nos han dado para hacer el bien. La falta de testimonio nos hace poco creíbles ante el mundo que espera de nosotros una presencia de esperanza y misericordia.

   Hemos de reconocer y pedir perdón por los pecados que también cometemos como comunidad, como Iglesia. Sólo habrá verdadera renovación en la Iglesia desde una actitud de conversión, de vuelta al Señor. No nos tiene que asustar nuestros pecados, sino la incapacidad para pedir perdón y seguir caminando.

   ¿Cómo puedo hacer más hermoso el rostro de la Iglesia? Sería muy bueno que la Cuaresma me sirviera para servir a la Iglesia, para dedicar mi tiempo y mi energía en aquello que mi parroquia, mi comunidad necesite.

        

   La Cuaresma pone, otro año más, ante nuestros ojos la imagen del Hijo de Dios que lleva su encarnación hasta el extremo del amor. Si la humanidad de Cristo es el signo del amor de Dios por los hombres, en su Pascua este amor llega a su plenitud. Dios no sólo nos da, sino que se da. Por eso, el camino cuaresmal es un camino marcado por el amor entregado que nos lleva a la cruz, pero que no se queda en la cruz sino que nos hace experimentar el gozo de la salvación. En Cuaresma todo mira a la Resurrección.

   Un signo de este tiempo santo es la conversión. Estamos invitados, por tanto, a cambiar de vida, pero no mediante una superación o una perfección en frío, abstracta, como sólo acto de la voluntad del que pretende ser mejor. La verdadera conversión cristiana es una respuesta de amor al amor primero. Es volverse a Dios, y fascinado por su amor, reconocer la pobreza del mío, y, al mismo tiempo, sentirme lanzado a corresponder más y mejor a esta gracia. “Dame tu amor y gracias, que ésta me basta”, puede ser una hermosa oración para este tiempo.

   Os invito a que cada uno piense delante de Dios cuál ha de ser el camino de su conversión, pero que no lo haga en negativo, diciendo: ¿de qué me he de convertir?, o ¿qué he de dejar de mis actitudes o acciones? Sería mejor decir: ¿cómo te puedo agradar Señor? Al final de cada día podemos preguntarle al Señor: ¿Te he agradado hoy? En este momento aparecen para mi vergüenza y dolor las faltas de correspondencia a la gracia de Dios, pero, al mismo tiempo, el deseo de amarlo más en medio de las dificultades y de la fragilidad de mi existencia.

   En este camino Cuaresmal vamos a vivir este año el gozo de la beatificación de algunos hijos de nuestra iglesia diocesana mártires de Cristo. Con su testimonio nos recuerdan que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ellos han sido testigos de la fe hasta el derramamiento de la propia sangre. Testigos de reconciliación entre los hombre. Esa reconciliación que nos viene de Dios, y que tanto necesitamos cada uno, necesita la Iglesia, y necesita el mundo.

  Que la Madre del Señor y Madre nuestra, Santa María inspire nuestro camino cuaresmal y nos acompañe hasta la Pascua del Señor. Que nos enseñe con su silencio a meditar en los misterios de la fe, y con su fortaleza nos haga testigos de Cristo en la Iglesia y en el mundo. A ella, que la recibimos como Madre al pie de la cruz, imploramos en nuestras necesidades para que nos haga compartir el gozo de la resurrección de su Hijo, nuestro Señor. 

     En el deseo de que viváis una santa Cuaresma, con afecto os bendigo.

                        + Ginés, Obispo de Guadix