Sala de prensa - Diócesis de Guadix

Tiene carácter diocesano y estará presidida por el Obispo de Guadix. Todos estamos invitados
El domingo 4 de junio la Iglesia celebra el día de Pentecostés. Recuerda, así, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia. Aquel Espíritu, que cambió y llenó de vida a los primeros cristianos, es el mismo que hoy sigue alentando y dando esperanza a la iglesia de nuestro tiempo. Por eso, por Pentecostés, la Iglesia celebra también la Jornada del Apostolado Seglar, recordando que igual que el Espíritu Santo impulsó a la primer Iglesia a anunciar el Evangelio, hoy tiene que animarnos a todos, también a los seglares, que son la mayoría en la comunidad eclesial, a ser testigos del amor y de la salvación de Dios.

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“El sacramento del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque «su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. Los esposos son por tanto el recuerdo permanente para la Iglesia de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes».

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“Quiero destacar la situación de las familias sumidas en la miseria, castigadas de tantas maneras, donde los límites de la vida se viven de forma lacerante. Si todos tienen dificultades, en un hogar muy pobre se vuelven más duras. Por ejemplo, si una mujer debe criar sola a su hijo, por una separación o por otras causas, y debe trabajar sin la posibilidad de dejarlo con otra persona, el niño crece en un abandono que lo expone a todo tipo de riesgos, y su maduración personal queda comprometida.

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“El debilitamiento de la fe y de la práctica religiosa en algunas sociedades afecta a las familias y las deja más solas con sus dificultades. Los Padres afirmaron que «una de las mayores pobrezas de la cultura actual es la soledad, fruto de la ausencia de Dios en la vida de las personas y de la fragilidad de las relaciones. Asimismo, hay una sensación general de impotencia frente a la realidad socioeconómica que a menudo acaba por aplastar a las familias [...] Con frecuencia, las familias se sienten abandonadas por el desinterés y la poca atención de las instituciones.

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