Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C. 17 de marzo de 2019

LA TRANSFIGURACIÓN, PARADA EN EL CAMINO

¡Qué equivocados estamos si entendemos “el Tabor”, lugar de la transfiguración de Jesús, como un lugar de permanencia, de estar tranquilos, sin riesgos, sin hacer nada! Si esto es así, es que aún no hemos entrado en el camino.


Ahora bien, si lo entendemos como una parada en el camino hacia la Resurrección, como un momento decisivo para dejarnos enseñar por el Maestro, todo se transforma y se vive de otra manera. Aquí se confirma a Jesús en su identidad y su misión según lo que Dios quiere.
Ni ayer ni hoy se entendió el mensaje y el estilo de vida que Jesús propone. Sus discípulos no se despegan de la idea mesiánica de un Jesús poderoso, fuerte y liberador de la opresión que sufren. Es el deseo de venganza y desprecio hacia los que no piensan como ellos. Con frecuencia, Jesús, les sale al paso y le hace ver que su estilo de Mesías va por otros caminos menos espectaculares y momentáneos, pero más efectivos. Su camino es pasar por la historia implicado en los problemas y situaciones concretas que viven los hombres y mujeres que las padecen. Su condición de Hijo de Dios, “este es mi Hijo, el Elegido. Escuchadlo” (Lc 9,28b-36) no le exime de las dificultades, ambigüedades y avatares diarios, sino que más bien lo exponen frecuentemente a que dé razón de su misión; pero a él y solo a él, estamos invitados a escucharle.
“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Salmo 26) es el canto esperanzado de aquél que ha depositado su confianza en el Dios de la vida que no le puede defraudar en ningún momento. Pase lo que pase, se sabe protegido y querido, por lo que se puede uno entregar confiadamente a la misión. Así lo vivió Abraham (Gen 15,5-12.17-18) y el apóstol Pablo (Flp 3,17-4,1) y muchos más testigos hasta hoy.
Ahora, mientras seguimos nuestro camino personal de cuaresma, estamos invitados a subir con Jesús a la montaña para orar con él y descubrir la profundidad de nuestro compromiso. San Lucas, en los momentos en que va a suceder algo importante en la vida de Jesús, nos lo presenta orando, porque es, en este “apartarse,” donde va descubriendo la profundidad y el sentido de su misión.
Somos invitados, en Cuaresma, a orar para descubrir y sostener nuestro compromiso cristiano. Oramos con un sentido especial, pidiendo no instalarnos en este mundo que tanto nos atrae; pedimos comprender que, para llegar a la Resurrección, es necesario vivir la cruz, la pasión. Oramos porque no queremos sentirnos solos y desvalidos. Oramos porque no lo tenemos fácil, porque queremos encontrar sentido a lo que hacemos, porque nos sentimos frágiles y tentados por seguridades y tradiciones, sin cuestionarnos por la novedad que trae Jesús.
Subir al monte, (al Tabor) lugar privilegiado de las manifestaciones (teofanías) de Dios, es apartarse un tiempo de la cotidianeidad y buscar el sentido profundo de lo que Dios quiere de cada uno y cada una. Aquí, se nos hace testigos del auténtico mesianismo de Jesús que supera a Moisés y Elías. Aquí se nos infunde nueva esperanza porque se descubre a Jesús como el verdadero Mesías que resucitará dando vida, dejando bien claro que la muerte no tiene la victoria.
¡Qué necesarias son en nuestra vida estas “transfiguraciones”! porque nos ubican y reorientan el sentido profundo de nuestro hacer Reino de Dios, porque representan un alto en el camino para tomar nuevas fuerzas e infundirnos esperanza en los momentos que más difícil se nos hace el mantenernos fieles al camino elegido como verdadero fundamento y sentido de mi vida; porque centran la vivencia de nuestra fe y ponen el acento en el seguimiento de Jesús.

José Mª Tortosa Alarcón. Párroco de Jérez del Marquesado, Albuñán y Cogollos

PREGUNTAS:
1. ¿Dónde nos habla hoy Jesús para poder escucharlo?
2. Gesto para el camino. Recordar y agradecer las manifestaciones de Dios en mi vida, anotándolas en el camino que empezamos el domingo anterior.

 

Dibujo de Miguel Redondo. Comentario de José María Tortosa. Y preguntas para la reflexión.